Mostrando entradas con la etiqueta Felipe II. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Felipe II. Mostrar todas las entradas

miércoles, 5 de febrero de 2025

Felipe II. Heráldica

MONASTERIO DE SAN LORENZO DE EL ESCORIAL

Escudo de armas de Felipe II en la puerta de acceso principal del monasterio

Escudo sobre a puerta de entrada principal del Monasterio de El Escorial, obra cumbre del Renacimiento español. El Real Monasterio se comienza a construir en 1562 según el proyecto de Juan Bautista de Toledo y se coloca la última piedra en 1584 aunque se da por finalizada en 1586. El monumental edificio, junto a la casa de oficios y la Compaña, estaba aislado a los pies del monte Abantos, a 1028 metros de altitud. Por iniciativa de Carlos III , para romper este aislamiento, se ordena la construcción de una pequeña ciudad cortesana a Juan de Villanueva, además de la Casa del Infante y la del Ministro de Estado.


AYUNTAMIENTO DE BAEZA (JAÉN)

Escudo de armas de Felipe II. Ayuntamiento de Baeza (Jaén)

Escudo en la fachada del Ayuntamiento de Baeza. El edificio se construye en1520 reinando y a instancias de Carlos V para albergar la cárcel de la localidad. En 1559 el edificio se amplía con la Casa del Corregidor. El escudo de armas de Felipe II está flanqueado por los emblemas del corregidor Juan de Borja y el de la propia Baeza. Junto a las armas de Aragón se incluye Jerusalén y Navarra, y el escusón con Flandes y Tirol en las armas de la casa de Austria. Aún conserva parte del colorido original; por ser anterior a 1580 aún no se ha incorporado Portugal.

UNIVERSIDAD DE SANTA CATALINA DE EL BURGO DE OSMA (SORIA)

Escudo de armas de Felipe II. Universidad de Santa Catalina en  El Burgo de Osma

El escudo de Felipe II campea sobre la fachada de la Universidad de Santa Catalina en El Burgo de Osma. Institución fundada a iniciativa del obispo de origen portugués Pedro Álvarez de Acosta, cuyos escudos flanquean al del rey, fue autorizada en 1550 por el papa Julio II por lo que adquirió el carácter de Pontificia a la vez que Real tras recibir la protección del rey Felipe II. El edificio se terminó de construir en 1549 y acogió  la universidad hasta 1751. Respecto al escudo anterior han desaparecido las armas de Jerusalén y Navarra.  


PUERTA DEL ALCÁZAR DE LA MURALLA DE ÁVILA

Puerta del Alcázar (Ávila) 1596

Este escudo se encuentra sobre la puerta del Alcázar en la muralla de Ávila. Según García-Olmedo, está atribuido a Felipe II aunque tiene varios errores heráldicos que a continuación enumera, "parece tratarse de un antiguo escudo de los Reyes Católicos que existió en este lugar y que por su deterioro fue aprovechado para labrar éste, puesto que el águila nimbada de Sam Juan, y el yugo y las flechas es símbolo de los Reyes Católicos".


La primera mitad del escudo o partido primero, sí corresponde a las armas de Isabel y Fernando a falta de la granada que se incorporó al escudo real en 1492, con la reconquista de Granada y conservado hasta nuestros días.

En la segunda mitad, primer cuartel, aparecen tres fajas que sin duda quieren interpretar Austria, sin conseguirlo correctamente (...) en el siguiente aparecen tres flores de lis, en lugar de sembrado de lises; si querían interpretar las armas de Borgoña antigua, que es lo que le corresponde a Felipe II, también podían ser las armas de la casa de Inglaterra, juntamente con el arto cuartel en que se ve una especie de león o uno de los leopardos puestos en palo que podrían ser armas de María Tudor, segunda mujer de Felipe II, lo que no sería correcto puesto que murió en el año 1558 y el escudo está hecho en 1596.

En el tercer cuartel de la misma partición, Borgoña, debería llevar una bordura de gules, y para terminar faltan las armas de Portugal que incorporó Felipe II por herencia en 1580, y que duró hasta la separación de dicho Estado en tiempos de Felipe IV.

Lo más acertado podría ser atribuido  a Dª Juana "La Loca" puesto que conservo las armas de su madre Isabel La Católica, en la primera mitad de su escudo, y en la segunda las armas de su marido el Archiduque de Austria Felipe I "El Hermoso". Es muy posible esta suposición puesto que este arco perteneció al antiguo Alcázar o palacio de Dª Juana "La Loca".

En conclusión creo que es un escudo típico de los Reyes Católicos cuartelado en cruz y contra cuartelado de Castilla León y Aragón Dos Sicilias al que se le ha quitado la segunda mitad y aprovechada para implantar de una forma un tanto arbitraria las armas de Felipe II.

García-Oviedo Tapia, José M., Heráldica Abulense, Caja de Ahorros de Ávila, Ávila, 1992

Puerta del Peso de la Harina (Ávila)

Este escudo se encuentra sobre la Puerta del Peso de la Harina en la muralla de Ávila. Esta puerta fue la última que se abrió tras modificarse la muralla para construir la capilla San Segundo, obra que había autorizado el propio Felipe II. El escudo, respecto al de la Puerta del Alcázar, incorpora las armas de Portugal en el escusón superior entre las armas de Castilla y León y las de Aragón. El escudo se encuentra entre los del Concejo de Ávila y el del apellido Carcamo, de don Alonso de Carcamo y Haro, corregidor de Ávila en 1591.

lunes, 8 de febrero de 2016

El asesinato de Juan Escobedo: un recorrido por Madrid


Existe una locución latina que dice, Siste viator, -"Párate, caminante"-. Esta locución se coloca junto a un lugar donde ha ocurrido algo digno de recordar. Siguiendo esta máxima es fácil encontrar, paseando por Madrid, placas en algunos edificios que narran episodios o recuerdan a personajes de la historia de España. Uno de estos hechos se recuerda a la entrada de la calle de la Almudena esquina con la calle Mayor: el asesinato de Juan Escobedo, secretario personal de Don Juan de Austria. Es una calle muy corta y termina en unos jardines que hay frente a la catedral. Dice la placa: "En esta calle mataron al secretario de don Juan de Austria, Juan Escobedo el 31 de marzo de 1578 noche del Lunes de Pascua".

Justo al final de esta misma calle, en la acera opuesta, y pegando a los jardines, al parecer era en estos jardines donde se encontraban las casas originales, en la esquina del actual palacio de Abrantes, un edificio renacentista sede del Instituto Italiano de Cultura, existe una segunda placa que explica: "Junto a este lugar estuvieron las casas de Ana de Mendoza y la Cerda, Princesa de Éboli y en ellas fue arrestada por orden de Felipe II en 1579".

Siguiendo la calle Mayor dirección a la Puerta del Sol, tomando el primer desvío a la derecha, se emboca la calle Sacramento. Esta desemboca en la plaza del Rollo y continúa hasta la plaza del Cordón. Aquí encontramos la tercera y última placa que hace referencia a nuestra historia. En ella se explica: "En este lugar estuvieron las casas del Cordón donde el secretario de Felipe II, Antonio Pérez, vivió desde 1575 y sufrió cautiverio hasta su fuga en 1585".

Pero nuestro relato lo iniciaremos en la calle del Príncipe, pasada la Puerta del Sol , que une la plaza de Canalejas con la plaza de Santa Ana. El Príncipe es el futuro Felipe II,  Nos trasladamos hasta aquí para iniciar la historia en 1541, 37 años antes de la muerte de Escobedo, cuando el Emperador Carlos I nombra al aragonés Gonzalo Pérez secretario personal del Príncipe, cargo que no abandonó hasta su muerte en 1566. A partir de esta fecha parte de su trabajo lo asume su hijo, Antonio Pérez, uno de nuestros protagonistas.

También fue colaborador del Príncipe, Ruy Gómez Silva. Hijo de una dama portuguesa que llegó a Castilla acompañando a la Emperatriz Isabel, madre de Felipe.  Ruy Gómez fue la sombra del Príncipe y alcanzó tal poder que era conocido como Rey Gómez. En 1553 se casó con Ana Mendoza y la Cerca cuando ésta contaba sólo 13 años. En 1559 alcanzó el título de Príncipe de Éboli, y como Gonzálo Pérez, estuvo al servicio de Felipe hasta su propia muerte en 1573. Tanto Gonzalo Pérez como Ruy Gómez formaban parte de uno de los grupos de poder que surgieron en torno al Príncipe, el llamado grupo de Éboli. Otro grupo enfrentado a ellos lo formaba el duque de Alba y el cardenal Granvela que también asesoraban al monarca en cuestiones de Estado. Sobre la importancia de estos grupos, el Emperador en 1543, en su partida a Flandes dejando como regente al Principe, -a partir de esta fecha el propio Felipe II considera que inicia su reinado- le entrega dos cartas con sugerencias en torno al buen gobierno: en ellas le pedía que no tomase consejo ni delegase en una sola persona, además que desconfiase de la ambición de muchos, entre ellos Alba. Siguiendo estos consejos el Príncipe consintió y supo gobernar oyendo diferentes opiniones, en muchas ocasiones enfrentadas.

El Príncipe, según los informes de los embajadores venecianos que lo frecuentaban era de "estatura media, su tez clara y cabello rubio, sus grandes ojos azules, el grueso labio inferior y de corta y puntiaguda barba. En general su comportamiento era sosegado, sus hábitos de vida son de un carácter tranquilo, casi siempre melancólico, y dado a la vida nocturna". Los que trataban políticamente con él le encontraban impresionante. Era minucioso, examinaba con detenimiento todos los memoriales y peticiones que recibía; en las audiencias prestaba atención aunque no miraba a la persona que le habla; "respondía con brevedad y prontitud a todas las cuestiones y cuando discutía materias graves aborrecía la vaguedad y las generalidades."

Busto de Felipe II, atribuido a Jacques Jonghelinkc, hacia 1571.
Museo de Historia de Madrid
El siguiente protagonista en rango es Don Juan de Austria. Éste era hijo del Emperador fruto de una aventura amorosa con Barbara de Blomberg, se había criado en secreto por orden de éste. Don Juan no fue presentado al Principe hasta 1559. Se crío en compañía del heredero Don Carlos y de Alejandro de Farnesio, Era casi 20 años más joven que Felipe, tenían temperamentos y caracteres muy diferentes, por lo que no congeniaban. Don Juan era "enérgico y bien parecido, de escasa barba, largos bigotes y melena rubia, vestía con elegancia y simplemente deslumbraba". Se le describe como ágil, excelente jinete, sabio, prudente, elocuente y hábil. Su gran atractivo le proporcionaba un éxito constante con las damas lo que le procuró varios hijos bastardos, entre ellos doña Ana de Austria, implicada años después en el caso del Pastelero de Madrigal. Sin embargo Felipe veía en él a un joven impetuoso en quien no podía confiar del todo, aventurero, en ocasiones hasta la irresponsabilidad, por lo que nunca dudó en poner como consejero a una persona más madura a su lado. Este consejero fue Juan Escobedo, noble cortesano integrante del grupo de Éboli. Éste fue nombrado secretario de Don Juan en 1575, y pronto congeniaron. Un año después se encontraban ambos en Italia cuando el Rey, tras la muerte del hasta entonces gobernador de Flandes, Luis de Requesens envía a Don Juan para ocupar el cargo. Sin embargo, Don Juan se presenta en Madrid para dar a conocer al Rey sus propios planes: una vez allí y como comandante de los Países Bajos invadiría Inglaterra, se casaría con María  de Escocia heredera al trono de Inglaterra, y con el tiempo gobernaría Inglaterra y los Países Bajos. De llevarse a cabo este plan culminaría con la paz en una región que tantos quebraderos estaba dando a la Corona. Éste lo escuchó con atención pero desestimó sus planes.

Calle de La Almudena desde la calle Mayor. Arriba a la izquierda está la placa
que indica el lugar donde fue asesinado Juan Escobedo. A la derecha el edificio
lugar en el que se encontraban las casas de Ana de Mendoza y donde fue detenida
La situación en Flandes era delicada. En marzo de 1576 moría Requesens, que había relevado a su vez al duque de Alba, quien había ejercido una desastrosa y cruel represión durante su mandato. Al día siguiente de llegar Don Juan a Flandes, el 4 de noviembre, las tropas, la mayoría españoles, habían desertado y sublevado por no recibir su paga, saquean Amberes matando y robando a su antojo. Se logra una paz con los Estados Generales que el Rey firma y concluye que las tropas españolas abandonen Flandes. En febrero de 1577 Don Juan se encuentra sin ejército y sin autoridad sobre el territorio, aunque para preservar un posible golpe contra España en la zona, toma la plaza de Namur y solicita al Rey el retorno de las tropas que según lo pactado habían abandonado Flandes camino de Italia. De esta forma, los Estados Generales están en guerra contra Don Juan quien acaba derrotándolos en 1578.

En plena campaña Don Juan, ante la falta de apoyo material que había solicitado al Rey, envía a Madrid en 1577 a Escobedo para averiguar por qué no eran atendidas sus peticiones. En Madrid había una clara oposición a sus planes sobre Inglaterra y a su política en Flandes. Estas diferencias coincidían con la acervada rivalidad entre Escobedo y el secretario del Rey, Antonio Pérez. que se encargaba de entorpecer la política del hermanastro del Rey. Veamos brevemente la personalidad de Pérez. Éste había tenido una carrera fulgurante en la Corte, su apariencia "de cabello oscuro, delgado, siempre impecablemente vestido, de bigote y pequeña barba aguzada, Pérez combinaba inteligencia y elegancia", aunque el Rey lo juzgada "disoluto" por lo que mantuvo con él las debidas distancias. Como ya vimos, había heredado parte del trabajo de su padre como secretario del Rey,y estaba encargado de los asuntos de Italia mientras que los de Flandes los gestionaba el Príncipe de Éboli. A la muerte de éste en 1578 Pérez se convirtió en la voz principal del grupo en la Administración.

Los planes de Don Juan no desagradaban del todo al Rey, Sin embargo Pérez juzgaba que la misión de aquél en Flandes se veía perturbada por sus planes de invasión de Inglaterra y matrimonio con María de Escocia. Así mismo, Pérez aseguraba que las aventuras beligerantes de Don Juan y Escobedo podían dar al traste con las finanzas del reino y recordaba al Rey que el objetivo principal no era otro que la lucha contra los turcos. Así comenzó una campaña de desprestigio contra Escobedo en la Corte acusándolo de espolear las ambiciones de Don Juan. Una vez en Madrid con la misión de averiguar por qué se desatendían sus peticiones, Escobedo descubre que Pérez conspiraba contra Don Juan e incluso contra el propio Rey; y antes de poder actuar al respecto,  Escobedo es asesinado en la oscuridad de noche del 31 de mayo, el Lunes de Pascua de 1578. Poco después, cuatro meses después, el 1 de octubre de ese año moría Don Juan cerca de Namur con tan solo 31 años.

Ana de Mendoza y la Cerda
Todos los rumores sobre la muerte de Escobedo apuntaban a Pérez, pero no había pruebas y el Rey tan sólo pidió averiguaciones sobre el caso. Mateo Vázquez, también secretario real, transmite al Rey sus sospechas, pero había de tenerse en cuenta que Vázquez y Pérez eran enemigos acérrimos, y que también estaba Ana de Mendoza, Princesa de Éboli. Ya habíamos dicho que la entonces viuda del Príncipe de Éboli, se caso con éste con tan solo 13 años. Él contaba con 37 y se encontraba en el extranjero con el Rey, aunque el matrimonio no se consuma hasta seis años después cuando retornan a España. Ana de Mendoza, había nacido el mismo año que Antonio Pérez, era una mujer joven, atractiva, enérgica y ambiciosa. Se lanzó a la vida social y política en la Corte, intimando incluso con al reina Isabel de Valois. Al enviudar se retiró durante 3 años tras los cuales volvió a su actividad social y cortesana. Entre sus íntimos estaba Antonio Pérez, y se rumoreaba que eran amantes, situación que al ser descubierta por Escobedo vino a ser la sentencia para éste.

Se rumoreó así mismo que también era amante del Rey. Solo es seguro que lo fue de Pérez, aunque al parecer era más una relación política que apasionada. Según un testigo pasaban demasiado tiempo juntos y sospechaba que el secretario comunicaba asuntos de su oficio a la Princesa. Otro testigo aseguró que la Princesa sabía secretos de Estado y cada vez se sospechaba más de su implicación en el asesinato. El Rey comenzó a creer que la muerte de Escobedo no era más que un asunto más dentro de los turbios negocios entre Pérez y la Éboli. En definitiva el caso se resumía en que Pérez había revelado secretos de Estado y cuando Escobedo tuvo conocimiento de ello y estaba en condiciones de poner éstos al descubierto, Pérez lo mandó matar. También había indicios de que en el asunto de la sucesión al trono de Portugal tras la muerte del sobrino del Rey, Don Sebastián, -Felipe II fue rey de Portugal desde 1580-, la Princesa confiaba en casar a una de sus hijas con el duque de Braganza lo que era una flagrante intromisión en la política portuguesa.

Castillo de Santorcaz donde estuvo recluida la Princesa de Éboli y Juan de Luna,
colaborador de Antonio Pérez. En este lugar también estuvo preso el Cardenal Cisneros
Cuando se descubrió el asesinato de Escobedo en 1578 el Rey mandó efectuar una investigación secreta a su secretario y juez Rodrigo Vázquez de Arce. En julio de 1579 el Rey estuvo totalmente inmerso en el asunto de Pérez y la Éboli, incluso había un informe sobre una amenaza de ambos contra la vida de Vázquez. La noche del 28 de ese mes Pérez estuvo trabajando con el Rey hasta las 10 de la noche; a las 11, al volver a su casa fue detenido y puesto bajo arresto domiciliario. Momentos más tarde el capitán de la Guardia Real detiene a la Princesa de Éboli y la conduce a prisión al castillo de Pinto; -también estuvo recluida en el castillo de Santorcaz- y finalmente en 1581 es trasladada a Pastrana, de donde era duquesa. En 1582 el Rey decide dividir la causa en dos y ese mismo año despacha su causa toda vez que no implicaba asuntos de Estado, mediante una resolución del Consejo Real. Una vez sentenciada, permanece recluida en unos aposentos de su palacio de Pastrana donde morirá 10 años después, en 1592.

Palacio Ducal de Pastrana. En la torre de la derecha, conocida como  Cámara de la Torre Dorada
 estuvo presa la Princesa de Éboli por orden de Felipe II  desde 1581 hasta su muerte en 1592,
desde donde sólo se podía asomar una hora.
La causa de Antonio Pérez, que había vivido su confinamiento en total libertad en Madrid, se dilatará hasta el verano de 1584 cuando se presentan los cargos contra él. Al parecer Pérez guardaba documentos que podía comprometer al Rey por lo que se actuó con cautela, aunque por temor a su huida se dicta su arresto. En enero del año siguiente, intenta huir pero es detenido y encarcelado. Durante los 4 siguientes años estuvo preso en varios lugares "aunque seguía teniendo un sorprendente grado de libertad". En 1589 se termina la benevolencia con él y se le acusa formalmente del asesinato de Escobedo. Él niega tal acusación y en 1590 es torturado. La noche del 19 de abril de ese año escapa de prisión y se refugia en Aragón cuyas leyes le protegían, -recordamos el origen aragonés de su padre-, y es alojado en la prisión del Justicia de Aragón. Entonces inicia una campaña que atrae a los aragoneses y parte de la pequeña nobleza le apoya. En aquellos momentos había cierta inestabilidad en la frontera con Francia y el Rey quiere terminar de nuevo con el asunto de Pérez por lo que insta a la Inquisición a su proceso. Al intentar su traslado de la cárcel del Justicia a la cárcel del Santo Oficio, en la Aljafería, se produce una revuelta de los partidarios de Pérez. El virrey de Aragón es herido y a los pocos días muere. Unos meses después vuelven a intentar trasladarlo al palacio de la Aljaferia y vuelve a haber otra revuelta popular que lo libera y huye a Francia.

Mientras el Rey armaba el ejército que debía acudir a la frontera con Francia. El ejército, castellano, debía cruzar Aragón, lo que el Junta de Aragón considera como una invasión y contrario a sus fueros. El Justicia y los nobles se arman para hacerle frente y, ante la imposibilidad de resistencia, los nobles aragoneses huyen. Son apresados, además del Justicia, el conde de Aranda y el duque de Villahermosa. Al primero, el Justicia, Juan de Lanuza, que contaba con 22 años, es acusado de traición y ejecutado en Zaragoza; Villahermosa y Aranda son encarcelados y ambos mueren en prisión a los pocos días por enfermedad súbita. En 1593 la Justicia estudió ambos casos y concluyeron en la absolución de los dos nobles tres años después. Antonio Pérez, tras su huida, vivió a caballo entre Francia e Inglaterra donde fue protegido por el conde de Essex, favorito de la reina de Inglaterra y partidario de la guerra contra España, Gracias a sus informes que facilitó Pérez, se propició un ataque devastador de la flota inglesa contra Cádiz en 1596. Estuvo también  al servicio Enrique IV, rey de Francia, y estimuló activamente la leyenda negra contra Felipe II. En 1611 murió arruinado en París.

Casas de la plaza del Cordón, esquina con la calle de Puñoenrostro. En este edificio
estaba la casa donde prendieron y estuvo preso Antonio Pérez hasta su fuga.
Hasta aquí he seguido práctica y literalmente el relato de los acontecimientos que hace Henry Kamen en su magnífica biografía de Felipe II, Felipe de España. Como dice en el prefacio del libro Felipe II se negó a que se escribiese una biografía suya, porque detestaba a los aduladores, lo que a la vez propició que sus detractores abundaran en su contra, como fue el caso de Antonio Pérez, adquiriendo el monarca"una reputación siniestra que, con el paso del tiempo, se ha ensombrecido aún más". Comenta Kamen, rebatiendo las sospechas de que el Rey estuvo implicado en la muerte de Escobedo, citando las anotaciones que el propio Rey en los expedientes del caso sobre su relación distante y crítica con los protagonistas, además, "A diferencia de Enrique II de Inglaterra, cuyo encono con Thomas Becket ocasionó el asesinato de éste, Felipe no padecía rabietas mortíferas" y, sobre todo destaca el hecho de que Felipe nunca ordenó la muerte de un enemigo, sino que se limitó a confirmar las sentencias dictadas siempre por tribunales, "Implicarse en algo así lo ponía en el trance de perder el respeto que requería en su calidad de Rey. Siempre declaró su renuncia a tolerar el asesinato"; de ahí su obsesión por juzgar a Pérez, bien por un tribunal en Castilla o bien a través de la Inquisición en Aragón; no obstante, apunta a la imposibilidad de probar la inocencia del Rey en este asunto.
Torreón de Pinto. Aquí estuvo presa la Princesa de Éboli durante 6 meses en 1579.
Antonio López durante 2 meses y medio en 1589; su mujer y sus dos hijos estuvieron
presos en 1590 durante 9 años.
Sobre el mismo asunto también cabe destacar la opinión de Manuel Fernández Álvarez, que recurre el estudio de Gregorio Marañón sobre Antonio Pérez, . Según relata, Pérez se había aliado con la Princesa de Éboli para vender secretos de Estrado. Señala que Pérez había deformado los despachos que remitía Don Juan hasta tal punto que había hecho creer al Rey que Don Juan deseaba hacerse con el poder en el Norte, traicionando así la Corona, y que quien espoleaba esta traición era precisamente Escobedo. De esta manera consigue el permiso real para eliminar al secretario de Don Juan. Después de un intento fallido por envenenamiento, el secretario del Rey contrata a unos sicarios que dan muerte a Escobedo. Como señalaba también Kamen, el Rey guardó silencio, lo que parecía dar cobertura al crimen. Pero, tras la muerte de Don Juan, tan sólo cuatro meses después de la de su secretario, la documentación de éste revela al Rey la inocencia de Don Juan por un lado, y la traición de Pérez por otro, con el agravante de haber involucrado al mismo Rey en el crimen. No obstante, Pérez mantenía en su poder documentación comprometedora, a lo que había que añadir la posibilidad de que caída del secretario real colapsara el funcionamiento del Estado, Felipe lo solventa llamando al cardenal Granvela que estaba destinado en Roma. El mismo día que llega éste a Madrid, son detenidos Pérez y la Princesa de Éboli. La posesión de esos documentos comprometedores es la causa por la que se dilata el proceso contra el secretario. Espoleado por el desastre de la Armada Invencible, el Rey decide poner fin al asunto de Pérez; éste confiesa su traición después de ser torturado aunque logra escapar de prisón con la ayuda de su esposa. Como vemos también Fernádez Álvarez sustenta la posible implicación del Rey en el asesinato de Escobedo.

Para esta entrada he seguido las siguientes lecturas:
Felipe de España, Kamen, Henry, Siglo XXI Editores S.A., 9ª ed. Madrid 1998.
Historia de España. 8 . Los Austrias mayores y la culminación del Imperio (1516-1598), Fernández Álvarez, Manuel y Díaz Medina, Ana, Madrid 1987.
Castillo, fortificaciones y recintos amurallados de la Comunidad de Madrid, Dir. Gral de Patrimonio Cultural de la Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, ed. Fernando Sáez Lara. Madrid, 1993.

viernes, 23 de agosto de 2013

El pastelero de Madrigal

Vista de Madrigal de las Altas Torres
Hay pueblos que por su nombre ya evocan su rango, como Madrigal de las Altas Torres. Villa amurallada en la Moraña de abulense, conserva aún 23 de sus más de 100 altas torres y sus 4 puertas, sus iglesias, entre la que destaca la de San Nicolás, con una torre de 40 metros, y el palacio de Juan II donde nació la reina Isabel la Católica, hoy convento de las Agustinas. Un conocido de Ávila, de nombre Gabriel, suele presentarse como el pastelero de Madrigal, evocando al personaje que vivió en tiempos de Felipe II, Gabriel de Espinosa, cuya historia voy a recordar.

Convento de las Agustinas
Nuestra historia comienza en la Navidad de 1576, en Guadalupe (Cáceres) en un encuentro entre el rey de España Felipe II y su sobrino, el rey de Portugal, Don Sebastián. Intentaba convencer el rey de España a su sobrino de los peligros de embarcarse en la conquista de Marruecos, entre otras cosas por no tener un heredero en el trono, pues al parecer era Don Sebastián más amante de los peligros de la milicias que de las mujeres. No sólo no consiguió su propósito Felipe II sino que accedió incluso a engrosar las filas de la expedición al norte de África con hombres y barcos.

El 4 de agosto de1578, Don Sebastián y el ejército cristiano, que incluía la flor y nata de la nobleza portuguesa, se enfrentan al ejército bereber en Alcazarquivir sufriendo una estrepitosa derrota. En la batalla, también conocida como “Batalla de los tres Reyes” muere Don Sebastián así como los dos reyes musulmanes que participaron en ella. Según algunas fuentes los nobles portugueses capturados reconocieron el cuerpo sin vida de su rey. Días después llegó la noticia a la corte de Madrid sumiendo en una profunda tristeza a Felipe II. Se eligió sucesor al tío abuelo de Don Sebastián, el cardenal Enrique, de 67 años, sordo, casi ciego y enfermo de tuberculosis. En espera de un desenlace fatal se apremió al anciano para que designara un sucesor. Muere en enero 1580, sin designarlo. A partir de entonces los pretendientes directos eran Felipe II, rey de España y  Antonio, prior del convento de Crato, sobrino de Enrique. Felipe II reclamará el trono portugués porque le correspondía en justicia.

Iglesia de San Nicolás
Para alcanzar su propósito Felipe II, ya antes de la muerte de Enrique, puso en marcha su poderosa maquinaria burocrática, diplomática y militar. Nombró un enviado especial a la corte portuguesa, Cristóbal de Moura, con la misión de ir captando adeptos entre la nobleza y el clero portugueses, e ir  comprando voluntades. Se hicieron alianzas entre la nobleza de ambos lados de la frontera desde Galicia a Andalucía. Armó una flota al mando de Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, y formó un ejército de 47.000 hombres, la mitad españoles y la otra mitad alemanes e italianos a las órdenes del un anciano Duque de Alba con 73 años. La opción militar era la última deseada por Felipe II, sobre todo vistos los resultados e impopularidad alcanzados en Flandes, aunque como argumentara el enviado Moura al propio rey: “tengo grande esperanza que con tener a punto las espadas no ha de menester echar mano a ninguna”.

Mientras, el pretendiente y prior de Crato fue proclamado Antonio I, rey de Portugal con el apoyo de numerosos portugueses. Los tercios cruzaban la frontera prácticamente sin resistencia y la armada se plantaba frente a Lisboa donde hubo una feroz resistencia. Antonio tuvo que huir hacia el norte siendo rescatado por un navío inglés que lo llevó a las Azores. El 12 de septiembre, nueve meses después de la muerte de Enrique, es aclamado Felipe II rey de Portugal. En 1582 se traerán los restos casi sin identificar de Don Sebastián y se le dan sepultura en los Jerónimos de Belém en presencia de Felipe II.

Puerta de Peñaranda
Entre los portugueses comenzó a correr la leyenda de que el desaparecido rey Don Sebastián no había muerto y que regresaría tras 7 años de penitencia. A partir de 1585 aparecieron varios sebastianes, lo que se llamó el Sebastianismo, que alimentaron las esperanzas de los seguidores de Antonio de Crato de restituir a un portugués en el trono. El más celebrado de estos sebastianes fue Gabriel de Espinosa, que apareció en 1594, conocido como el Pastelero de Madrigal. La trama, al parecer, fue urdida por el cura portugués, Miguel Dos Santos, que creyó ver en Espinosa al desaparecido Don Sebastián, y así lo aseguró hasta el mismo día de su muerte. Probablemente el asunto se hubiese despachado con rapidez de no haber estado implicada doña Ana de Austria, sobrina de Felipe II.


En Madrigal, el fraile portugués Dos Santos, que había sido confesor de Don Sebastián y conocía cosas que por su condición que sólo él sabía, creyó reconocer en el pastelero al rey. El fraile ganó la confianza de Ana de Austria , sobrina del rey que vivía en el convento de las Agustinas. La sobrina del rey tenía 26 años; era hija ilegítima de Juan de Austria, y por tanto prima de Don Sebastián. El fraile presentó al pastelero a la joven, asegurando que era su primo y que ambos, destinados a casarse, restaurarían en el trono portugués a Don Sebastián y que el mismo Felipe II no tendría reparo alguno al reconocer de nuevo en la persona del pastelero a su sobrino. El pastelero fue presentado a varios nobles portugueses y enseguida recibió el apoyo de Antonio de Crato, Antonio Pérez y Enrique IV de Francia.

Como parte de la trama, Espinosa recibió de Dª Ana joyas que, una vez vendidas, aportarían fondos a la causa. Con las joyas en su poder marchó Espinosa a Valladolid pero antes de venderlas, el incauto, se las enseñó a una mujerzuela que al verlas creyó que eran robadas. Por miedo a ser tomada por cómplice, denunció a Espinosa ante el Alcalde de Valladolid, don Rodrigo de Santillana. Éste, tras registrar los bienes de Espinosa, encontró cartas de Dª Ana de Austria y del fraile Miguel Dos Santos y en las que se le trataba de “Majestad” comenzando con ello averiguaciones sobre la visita de los nobles portugueses. Interrogado por el origen de las alhajas Espinosa dijo que las había recibido de Dª Ana. El alcalde Santillana viajó a Madrigal para interrogar a la de Austria quién respondió reconocer en Espinosa al desaparecido como Don Sebastián y le apremió a dejarlo libre si no quería ser objeto de su ira. El alcalde, lejos de amedrentarse, puso en conocimiento de la Corte el asunto recibiendo como respuesta que continuase sus averiguaciones.

La postura de Espinosa, en constante contradicción y ambigüedad, ya confesaba ser un alto personaje, ya un simple pastelero, de modales refinados y cultos, confundieron al alcalde y a los jueces que llegaron a creer que si bien Espinosa no era rey, sin duda debía ser un gran personaje. Desde la Corte, para poner fin a tanta dilación, se ordenó dar tormento a los detenidos y al cabo confesó Espinosa su impostura. Natural de Toledo, tejedor de oficio, a causa de una muerte anduvo huido por Portugal de donde volvió en 1590 con mujer y una hija, llegando a Madrigal donde ejercía de pastelero. No obstante, tan metido debía estar en su personaje que hasta el mismo momento de su muerte no dejó de mostrarse ambiguo en su identidad.

Puerta de Cantalapiedra
Tras diez meses de proceso, el 1 de agosto de 1595, Espinosa fue condenado a la horca por conspirador y usurpador, siendo ahorcado, decapitado y descuartizado; su cabeza fue expuesta en una pica frente al ayuntamiento de Madrigal y sus miembros expuestos en cada una de las cuatro puertas de la villa. El fraile Miguel Dos Santos corrió la misma suerte, aunque fue ajusticiado en la plaza Mayor de Madrid, su cabeza fue enviada a Madrigal para ser exhibida también en una pica en el ayuntamiento. Dª Ana de Austria fue recluida en estricta clausura en un convento de Ávila. Muerto Felipe II, sucesor Felipe III perdonó a Dª Ana y la restituyó en el convento de las Agustinas de Madrigal.

Para esta historia podéis consultar más detenidamente las entradas de los blog:
y los siguientes libros:
Los usurpadores, Ayala, Francisco, Alianza Editorial, 1988
Los Austrias Mayores y la culminación del Imperio (1516-1598), Fernández Álvarez, Manuel y Díaz Medina, Ana, Ed. Gredos, 1987
Felipe de España, Kamen, Henry, Siglo XXI, 1997
Vida íntima de los Austria, Díaz-Plaja, Fernando, Edaf, 1991
Madrigal de las Altas Torres, cuna de Isabel la Católica, Moreno y Rodrigo, Román, Ed. Medrano, 1949
Traidor, inconfeso y mártir, Zorrilla, José. Prólogo de la edición de Ricardo Senabre, Cátedra, 1990

sábado, 3 de agosto de 2013

Martín Muñoz de las Posadas: El Greco, Pompeio Leoni y el Cardenal Espinosa

Cuando el día se acorta y los fríos dejan Mingorría desangelado y las calles desiertas, sólo las últimas hojas de los chopos, que revolotean y se arremolinan con el viento en torno a la fuente de piedra, son el único movimiento que se percibe. Las jornadas pasan monótonas: del trabajo a casa, de allí algunas veces al bar, la charla y una partida de cartas junto a una estufa de hierro. Entonces, en coche, salgo dirección a Olmedo, hasta Martín Muñoz de las Posadas. Allí el panorama es idéntico. Pido un café, mientras miro cómo la nieve cae mansa en invierno, o la lluvia arrecia en primavera sobre el empedrado en la plaza, una plaza tan ancha que parece que las nubes y toda la tormenta están allí dentro.

La primera vez que llegué al pueblo, me sorprendió el tamaño de la iglesia, de Nuestra Señora de la Asunción, y la plaza tan amplia. 

Hay frente a la iglesia una fila de casas porticadas, donde está el ayuntamiento con sus banderas; y en la esquina, en diagonal con la iglesia, el palacio del Cardenal Diego de Espinosa. Normalmente tomo mi café y tras una charla con la dueña del bar, en quince minutos me marcho. Otras veces aprovecho y llevo alguna visita para que vean la plaza y les cuento lo mismo que estoy escribiendo ahora; otras, visitamos la iglesia, y un guía del pueblo, el primero fue uno, estudiante en Salamanca, nos explica la historia de la iglesia, del palacio, del Cardenal y de un cuadro de El Greco.

He de confesar que tardé un tiempo en conocer todo lo que había en este pueblo de Segovia, que no alcanza los 400 habitantes. Su historia gira en torno a la persona del Cardenal Diego de Espinosa, Presidente del Consejo de Castilla e Inquisidor General, entre otros cargos, durante el reinado de Felipe II, época en la que debió alcanzar el pueblo su mayor esplendor. Tiene la iglesia románica, del siglo XIII, que se amplió y restauró en estilo gótico en el XVI. Allí el Cardenal mandó construir la Capilla Mayor, con un formidable retablo, donde está enterrado él y su familia. Pero lo que más me sorprendió, sin duda, es la escultura del Cardenal en posición orante, obra de Pompeio Leoni, autor también del grupo de esculturas de la familia de Carlos V y de Felipe II de El Escorial. Sólo para ver esta obra vale la pena ir hasta Martín Muñoz. Otra cosa sobre la que suelo entretenerme son las marcas de cantero que tienen algunas piedras de la construcción románica.

Si formidable es la iglesia no lo es menos el palacio. Según consta en el catálogo que te dan en el ayuntamiento, es una obra de la Escuela de Toledo, de planta rectangular, construido en piedra, ladrillo y tejados de pizarra. Tiene un maravilloso patio renacentista de dos plantas que están comunicadas por una escalera de piedra. La galería de columnas y una sencilla balaustrada, todo en piedra, le dan una sobriedad y belleza sobrecogedoras.

Pero volvamos a la iglesia. Durante la ampliación se hicieron unas pequeñas capillas laterales. En una de estas capillas hay una Crucifixión del Greco. Este cuadro no tiene nada que ver con la historia que hasta ahora hemos contado, pero que no deja de ser singular. Lo encargó don Andrés Núñez Madrid, párroco de la iglesia de Santo Tomé de Toledo, donde está El entierro del señor Orgaz; como donante aparece rezando junto a la Virgen en el lienzo. Este don Andrés cedió en testamento el cuadro a la parroquia de Navalperal, limítrofe con Martín Muñoz. Esta población se despobló y el mobiliario de la parroquia, entre el que estaba el cuadro, pasó a Martín Muñoz. El lienzo sufrió, entre traslados y almacenamientos, un deterioro que hacía necesaria su restauración.
 Hacia 1919 el Marqués de Cedillo, según comenta un lector de este blog, fotografió el cuadro señalando como posible autor al Greco, algo que se desconocía en la localidad. Unos años más tarde un amigo del Marqués, Gerardo García Rey, erudito en la obra del Greco, investigó sobre el cuadro para confirmar el hallazgo, y es en 1930 cuando el Museo del Prado reclama la obra para su restauración, lo que originó una sublevación de los vecinos que impidieron que la obra abandonase el pueblo. Más reciente, hace unos 35 años, el Ministerio de Cultura decide restaurar la iglesia justo cuando el Estado comienza a su vez a transferir competencias a la Comunidad Autónoma. La Junta retoma las obras, pero la empresa que las realizaba presenta suspensión de pagos y éstas quedan paralizadas. Entre las obras, los andamios, el abandono del edificio a medio restaurar y con el riesgo de un mayor deterioro, el cuadro pasa a la casa parroquial y de ahí se decide dejarlo en custodia en el cuartel de la Guardia Civil. Una vez en el cuartelillo para mayor seguridad se decide encerrar el cuadro en un calabozo. Esto hecho sin más, trascendió a los medios de comunicación y varios canales de televisión presentaron la noticia como algo extraordinario dando un viso tragicómico al asunto. En la actualidad se puede contemplar el cuadro restaurado, debidamente protegido y bien documentado en la iglesia.

El viernes pasado coincidió, con mi visita veraniega a Martín Muñoz, que se está celebrando el V Centenario del nacimiento del Cardenal Espinosa, por lo que se están celebrando actos, se han organizado charlas, una pequeña exposición y una ruta guiada, todo cuidadosamente preparado. Es de agradecer el interés y esmero que tienen los habitantes de este pueblo por mantener y difundir su patrimonio que, sin lugar a dudas, es de una riqueza excepcional.


Martín Muñoz de las Posadas está en la N-601, Km. 115, muy cerca de Adanero en la A-6