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martes, 26 de agosto de 2025

Signos lapidarios: Cruces y calvarios

Potro de herrar de Mingorría

En una visita al castillo de San Martín de Montalbán, en La Puebla de Montalbán (Toledo), el guía paró frente al portillo que se abre al tajo que forma el arroyo del Torcón, una caída de 100 metros; en una dovela del portillo se ve grabada una cruz sobre un monte, un calvario que según interpretó el guía, era la señal de que en aquel lugar había ocurrido un hecho violento, una muerte o una violación, un acto trágico en definitiva. Estos signos lapidarios los había visto en varios lugares, en entradas de conventos, iglesias y edificios seglares y era, cuanto menos, poco creíble la explicación que nos ofrecía el guía.

Calvario grabado en una dovela del arco del portillo del castillo de
San Martín de Montalbán en La Puebla de Montalbán (Toledo)

Busqué otras fuentes y casi todas concluían que no sabía nada. "Con seguridad, algunos de los calvarios y cruces grabados en nuestras calles debieron ser túmulos fúnebres, pero quizá fueron los menos y es posible que hayan languidecido bajo el peso del tiempo, igual que ocurrió con el recuerdo de aquellos difuntos".

Calvario grabado en el fuste de una columna de la iglesia de Mingorría

De aquella búsqueda encontré al fin una mejor explicación fundamentada, la que me proporcionó El Cotanillo en su blog, un trabajo sobre estos signos, aunque circunscrito a Baños de la Encina (Jaén),  también podría aplicarse, con cierta cautela, en Mingorría (Ávila). Fue aquí, en la iglesia de Mingorría, donde descubrí uno de estos calvarios. Fue durante la celebración de un oficio de difunto, el calvario estaba grabado en el fuste una última columna del lado de la epístola, a los pies de la nave central. 

Calvario en la jamba del número 5 de la calle María Nieto

Estas inscripciones, según El Cotanillo, lejos de tener una connotación trágica y fúnebre como nos relataba el guía de La Puebla Montalbán, poseen una clara significación protectora, no en vano, añade, "la comunidad, por su propia naturaleza" siempre ve el vaso medio lleno y se lanzó a grabar estos calvarios "con la férrea creencia de que aquello le traía salud, protegía su hacienda y le aseguraba un lugar a la vera de Cristo". El origen es incierto, no obstante, su estudio revela que las inscripciones, que tienen la fecha grabada junto al calvario, vienen a coincidir con dos fechas, el inicio de las desamortizaciones, y en concreto con la primera de ellas en 1789, la llamada la desamortización de Godoy, durante el reinado de Carlos IV, -aunque se le denomina de Godoy, la desamortización se llevó a cabo cuando el Príncipe de la Paz ya había perdido, unos meses antes, el favor real -, y el segundo hecho coincidía a su vez con la desolación que provocó la Guerra de la Independencia en 1808.

Calvario en la jamba del número 1 de la calle María Nieto

En nuestro recorrido por Mingorría, descubrimos pocos calvarios; cuatro en casas hoy particulares, dos en cada jamba de la casa número 1 de la calle María Nieto, y cuatro  en la casa número 5 de la misma calle, dos hacia el exterior y otras dos en el intradós, estando ambas casas deshabitadas en la actualidad y carecemos de datos sobre ellas. Hemos visto otras cinco relacionadas con la industria: los chocolates, los molinos de agua harineos, y un potro de herrar. Las marcas en las casas seglares que corresponde con la calle María Nieto número 1, las jambas y el dintel están pintados de blanco y es difícil distinguir los calvarios que tienen dos travesaños, cruz patriarcal similar a la cruz de Caravaca; y los del número 5, con la casa en obras, uno de los calvarios del intradós está tapado parcialmente por el cemento que consolida la puerta.

Calvario en la jamba de la fábrica de chocolates Marugán (Mingorría)

No sólo servía la inscripción para proteger la hacienda propia, también servían para proteger los negocios. La desamortización había propiciado "la entrada de capitales y población, y, consecuentemente, una vez pacificado el territorio favoreció una ola de nuevas construcciones, tanto de las relacionadas con la industria aceitera (en nuestro caso cacao y harina) como con  las viviendas solariegas", protegiendo "a los que vivían bajo el mismo techo y asegurar el éxito de sus empresas", esto es, las jambas eran el límite entre lo profano de la calle y a su vez lo íntimo y sagrado del hogar y la fábrica, "por lo que puede relacionarse con la acción de persignarse, entendiendo este acto de realizar la señal de la cruz al entrar o salir, mientras se ora o se invoca a Cristo como respuesta a promesas y ritos individuales".

Calvario elaborado en la jamba del molino de Las Juntas a orillas del Adaja

En su artículo, destaca un apartado especial para los calvarios relacionados con el agua, práctica protectora "cargada de buenaventura, ampara la abundancia y espanta las enfermedades en el caso de fuentes, abrevaderos y manantiales, (y) favorece la fertilidad de las tierras de cultivo". En nuestro caso en el molino de Las Juntas a orillas del río Adaja a su paso por el término de Mingorría, donde podemos observar en la jamba izquierda un calvario muy elaborado y en la de la derecha uno más sencillo; y en el muro de la balsa de otro molino, esta vez en la margen izquierda del Adaja en Zorita de los Molinos, anejo de Mingorría.

Calvario en la jamba derecha del molino de Las Juntas a orillas del río Adaja

Tal como concluye El Cotanillo, "la cruz adquirió connotaciones mágicas, como antes las tuvieron otros signos paganos, caso de alquerques o herraduras, y se utilizó como marca protectora para reducir las calamidades que producían las tormentas, propiciar buenas cosechas, proteger el éxito de la molienda o defender a la vecindad contra el maligno". Este último caso podemos citar el potro de herrar, lugar donde se herraban las caballerías: caballos, mulos y burros,  además de vacas y bueyes. El potro de herrar era de uso comunal y está situado junto a la fuente, en las afueras del pueblo.

Calvario en el potro de herrar rehabilitado y remarcado con pintura

Para esta entrada he consultado y podéis seguir la interesante investigación publicada en elcotanillo.blogspot.com

Calvarios en una losa del muro de la balsa de molino harinero junto al río
Adaja en Zorita de los Molinos, anejo de Mingorría

Calvario grabado en el fuste de la iglesia de Zorita de los Molinos en la 
última columna del lado de la epístola como en Mingorría 


SIGNOS LAPIDARIOS: CUEVAS DEL VALLE

Calvario en la jamba de una de las casas en Cuevas del Valle (Ávila)

Paseo por Cuevas del Valle (Ávila). En una cartela, casi al principio del pueblo, tras cruzar el puente sobre el río Pasaderas, el viajero comienza a ver marcas en las jambas de varias casas remarcadas con pintura roja. No es un  capricho, sino que, me cuenta una vecina en cuya casa se ven dos marcas, una en cada jamba, los alumnos de una escuela taller han ido recuperando del olvido. No son sólo las que están resaltadas con pintura, hay muchas más tenues y de muy variado diseño. La mujer me cuenta su teoría sobre estos signos: "hay tres teorías que circulan por el pueblo, una es que se hicieron las marcas para diferenciar las casas cristianas de las casas de los judíos, pero no creo que sea esa la razón; la segunda es que eran para proteger de las epidemias, como la peste, pero tampoco creo que sea esa la razón, y por último, un señor muy leído me dijo que eran marcas de cantero". Le conté la teoría de que señalaban una muerte violenta, pero con la gran cantidad de cruces y calvarios creía que era imposible que hubiese habido tantos muertos sólo en su calle. Entonces le conté la teoría de que eran signos de buena suerte, persignaciones de los dueños de las casas grabados en la piedra. Entonces comentó, tras un silencio que recordaba que de niña las personas mayores al salir de su casa tocaban, ponían la mano sobre la marca del calvario o la cruz y se persignaban nada más salir de su casa.

Calvario mas común tanto en Casas del Valle como en otras poblaciones
Éste se encuentra en la casa donde mantuve la conversación.

Existe una gran variedad de signos lapidarios en el pueblo. Algunos son muy esquemáticos, la cruz sola o la peana o calvario sin cruz, y otros algo más complejos.







SIGNOS LAPIDARIOS: VILLANUEVA DEL CAMPILLO

La iglesia de Villanueva del Campillo esta a una altitud de 1449 metros de altitud.  Con advocación a la Natividad de  Nuestra Señora, es un templo gótico tardío de bellisima portada. A la izquierda de la portada encontramos un signo lapidario al igual que en el derecho, éste último más débil.

Cruz con calvario a la derecha de la portada de la iglesia

Cruz con calvario a la izquierda de la portada de la iglesia

En un breve recorrido por el pueblo pudimos encontrar otros calvarios aunque, de marca tan débil, que nos fue difícil distinguirlas; dos de estas marcas se grabaron en las jambas perladas de una casa en la calle Bonilla.


SIGNOS LAPIDARIOS: CARDEÑOSA (ÁVILA)

Cardeñosa es una población con un pasado cargado de historia: tiene cerca el castro vettón de Las Cogotas; camino real que unía Arévalo con Ávila por donde pasó la comitiva funeraria con los restos de la reina Isabel La Católica. Años antes había muerto envenenado su hermano Alfonso que usaurpó el trono de su medio hermano Enrique IV provocando una guerra civil. En la población existen varios signos lapidarios que se encuentran en la calle Real:

Cruz con calvario singular en una jamba de calle Real

Dos calvarios en la jamba de una puerta de la calle Real


SIGNO LAPIDARIO: OSMA (SORIA)

Marca en el sillar del contrafuerte izquierdo de la iglesia de Santa Cristina

Bajando del castillo de Osma y cruzando el puente romano sobre el río Ucero, en viajero se enfrenta a su derecha la iglesia de Santa Cristina de espléndida portada renacentista de la segunda mitad del siglo XVI onde pudimos ver este calvario en el sillar del contrafuerte izquierdo casi a ras de suelo.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Viajando en un R7 color vainilla


Era una noche de fiestas. Yo estaba entre los asistentes sentado en un banco contra la pared de la nave que hacía de bar. La gente bailaba al son de una orquesta. digamos que animosa. Frente a los que estábamos sentados pasó un coche claro, lento, como intentando no levantar el polvo del camino. Terminaron los músicos el pasodoble; las parejas, quietas, miraban al escenario esperando la siguiente pieza. El cantante se acercó al micrófono:

- Acabo de ver pasar un coche de época -dijo sorprendido, como si en el lugar, en las fiestas de San Esteban de los Patos, que así se llama el lugar, tuviese el privilegio de contar con un coche de época  y circulando-. Un coche color crema -añadió- aunque no he visto la marca.
- No es color crema, -susurró la vecina que estaba sentada a mi lado- es color vainilla.


Pero nuestro viaje no empieza en Los Patos, sino en Mingorría, en una plaza sin nombre donde la calle de la Iglesia se divide en dos; frente a un portalón que en su día, y por el tamaño de las puertas, debió servir para guardar carros y sobre el que hay escrito: Año 1907. Podíamos haber empezado, Ángel Luis y yo, nuestros paseos en una plaza con nombre, de las muchas que tiene el pueblo, pero preferimos partir de aquí y recorrer algunos lugares que sí tienen historia, en el R7 color vainilla que los íntimos llaman "la Limusina". Montamos y en él nos marchamos hacia el cerro de la Virgen que oficialmente se llama de San Cristóbal.


En el cerro están dos imágenes emblemáticas del pueblo, el verraco vetton y la ermita donde descansa la mayor parte del año la Virgen del Rosario, el resto, y sólo durante el mes de octubre, lo pasa en la iglesia. Ambas, la ermita y la iglesia, debe ser coetáneas, según me comentó Félix un día que paseaba con su galgo muy cerca de allí, en torno al siglo XVII. Hace años la ermita fue expoliada y se llevaron varias figuras y alguna obra de arte que se guardaban en su interior:

- Los angelitos que estaban en las andas que sirven para bajar a la Virgen, alguna imagen del retablo y, lo más valioso, las puertas del Sagrario- me dijo una parroquiana mientras tomábamos el vermú en el bar de la Sindical-
-Un vermú para mi cuñada y de pincho torreznillos -gritó la camarera.
 -Más o menos a principios de 1980 porque Fernando -el anterior cura- llegó a mediados de los 70 y eso ocurrió mucho después -concluyó la parroquiana mientras cogía su vaso de vermú-.

Eso ocurrió al menos hacía 36 años, aunque Flores me aseguró, al otro extremo de la barra del bar, que sólo habían pasado unos 10 años del robo. Y es que los años pasan volando y apenas si se recuerdan fechas de hechos tan relevantes. La ermita debió tener una entrada porticada, esto se puede deducir por las piedras en forma de canes que debieron soportarla y que aún se ven sobre la entrada, y las piedras labradas que se alinean junto a la pared y que hoy sirven de asiento a los paseantes. Tiene además, en una de las esquinas, la de la izquierda mirando a la puerta y a media altura, un verraco incrustado del que se sirvieron los obreros en su día, para ahorrar en materiales, a la hora de levantar la ermita, algo más habitual de lo que puede parecer.


-A cuentas de este verraco, -me dice José Luis que es segoviano y ahora es maestro jubilado- tuvo un debate mi tío. Alguien publicó en el Diario de Ávila su descubrimiento. ¡Qué cosas! dijo su tío escribiendo la Diario: "¡si cualquiera del pueblo sabía que esta ahí!"

En fin, ahora no queda más que enseñar a los visitantes este segundo verraco del que se distinguen las orejas, el lomo y el rabo con verdadera forma de cerdo. A ese lado de la ermita, el que da al norte, hay un cercado de piedra que comienza a caerse, que según me dijeron era cementerio. Allí muy cerca, en la tierra que era de Moisés, estando éste arando, levantó una losa y descubrieron que era la tumba de un señor, del que sólo quedaba el esqueleto vestido de militar, con uno de aquellos trajes con gorra, charreteras, hombreras, polainas, botas altas, medallas y aferrado a un sable, aunque nadie supo decirme qué pasó con el esqueleto en cuestión. Pero de esto hace mucho tiempo y fue sobre lo que estuvimos hablando Ángel Luis y yo, mientras le contaba qué hacía allí, en el extremo del muro que se está cayendo y que en su día fue cementerio, una cruz de piedra inclinada sobre una peana que parece que le está grande. Pero esa historia la dejamos para la siguiente parada de nuestro viaje.

* Dos semanas después de mi conversación para averiguar cuándo fue el robo de la Ermita, alguien tuvo la feliz idea de rescatar un artículo del Diario de Ávila de 1992 con la noticia del expolio.

viernes, 12 de junio de 2015

Mingorría: El molino de Pablo


La veleta de la iglesia señala hacia levante. Sobre la pequeña espadaña que corona la iglesia la cigüeña aburrida claquetea el pico, machar el ajo que dicen por aquí, y parece dar vida más allá del canto de los tordos que  por los tejados, van de antena en antena, y el piar de gorriones, vencejos, aviones y golondrinas que cruzan el cielo zigzagueando sin parar. No hay una nube en el cielo y a lo lejos se ve volar un águila. La mañana se ha levantado fresca, es día del Corpus Christi, y no es festivo en el pueblo, pero sí en Madrid, de donde vienen unos amigos para hacer una excursión por los alrededores del pueblo. El objetivo es ir al río, al Molino de Pablo y volver para la hora de comida.

Salimos del pueblo hacia el sur, cuesta arriba por el Alto de San Blas. A mitad de la cuesta tomamos el primer desvío a la derecha, dejando la ermita de la Virgen y el verraco celtibérico aún más a la derecha. A la izquierda del camino hay unas naves y un corral donde gruñen dos cerdos blancos; a la derecha una veta de cuarzo en Rogallinas separa el camino de los sembrados. Esta veta tiene pequeñas cristalizaciones de piritas fáciles de encontrar, justo en la zona donde comienza a descender el camino, frente al aserradero de piedra, hasta llegar a la vaguada donde se remansa el agua de un manantial. Allí nos cruzamos con Félix que vuelve de pasear con su galgo, nos saludamos y seguimos el camino hasta llegar al arroyo, un pequeño reguero de agua clara que forma el manantial. A partir de aquí el paisaje se despeja, a la derecha crecen, pegadas a una pared de piedra, unas zarzas espesas, bien regadas por el arroyo que darán, seguro, moras dulces como la miel a finales de agosto, ahora apenas están en flor; a la izquierda un campo de centeno se extiende en suave cuesta hasta el horizonte.

Un  poco más adelante nos cruzamos con un Land-Rover; el conductor nos saluda desde dentro sin bajar la ventanilla, a su paso se levanta una pequeña polvareda. El zarzal, terminado el muro de piedra sobre el que crece, da paso al encinar y a los berrocales que hacen casi imposible el cultivo con el tractor. A unos cien metros se ve la entrada a una finca cercada con valla de alambre que nos acompañará todo el trayecto, y a la izquierda, en un barbecho, pace un rebaño de cabras. Es la antesala del monte, el encinar por donde campa el conejo, el zorro, el jabalí y, según me han contado, también el lobo. El viento, suave, se encrespa por momentos y nos obliga a sujetar los sombreros mientras a lo lejos el pastor que vigila el rebaño de cabras nos saluda apoyado en su garrote; a su lado un perro color canela recién esquilado que desde el camino parece un cordero. Son las once y el sol comienza a calentar.

El camino por momentos se pierde, a la izquierda quedan trozos de una pared de piedra y algún que otro mojón de las fincas abandonadas. Los excursionistas comenzamos a formar grupos sin darnos cuenta. Sobre nosotros se recorta la silueta de una cigüeña y al fondo, entre la copa de las encinas se ve la presa y su la derecha dos pequeños montículos que forman Las Cogotas, donde está el castro celta, se llama así porque semejan dos cogotes, y da nombre a la presa. Durante la charla pasamos junto a la piedra de una linde que tiene encima piedras pequeñas y una raíz reseca: "Alguien se lo llevará" dice Luisa que va a mi lado, está tan seca que ya no sirve ni para la lumbre de la chimenea", y al mirar, una lagartija levanta orgullosa la cabeza mientras se calienta al sol sobre un trozo de pizarra.

El tomillo y los berceos comienzan a apoderarse del camino y conforme avanzamos la vereda se borra y el matorral nos empuja hacia la valla de metal y afloran algunas pizarras; el suelo se torna por momentos en un pedregal incómodo que termina en una  pendiente sinuosa que nos lleva hasta el cauce seco de un arroyo. Aquí el paisaje cambia, el suelo se esponja bajo la sombra de la hojarasca de chopos y fresnos y al abrigo de farallones de granito y pizarras formando una pequeña pradera desde donde se oye correr el agua del río. Es el Adaja, como diría Machado y aunque no lo merezca, uno de los arroyos que buscan al padre Duero, que se remansa y corre dirección a Arévalo. Al entrar en la pradera, al final de la pendiente polvorienta, nos recibe un pequeño muro que sirve para encauzar el arroyo ahora seco cuando lleva agua. No tiene el muro más de un metro de altura y medio de ancho y desemboca en el canal principal que vierte en el saetín donde en su día moviera los mecanismos del molino.

A la izquierda se abre la pradera. El tronco de un chopo caído sirve de asiento a los excursionistas frente al canal que se construyó para llevar el agua al molino. La hierba mullida está salpicada de poleo y ortigas y rezuma el frescor de la corriente de agua cristalina. Bordea el canal una pared ancha y alta, de más de un metro de espesor, construida con grandes piedras sobre las que descansan losas de granito y restos de las muelas desgastadas del molino. Mientras los excursionistas comen fruta, me paseo sobre el muro, sorteando zarzas y juncos, hasta llegar a la entrada de la esclusa que da paso al agua. De ahí vuela un mirlo para perderse en la espesura de las mimbreras. Me entretengo oyendo el murmullo del agua, mirando las mariposas que revolotean nerviosas y una pareja de libélulas rojas que juegan a perseguirse.

Sobre la piedra de la entrada de la esclusa aún está parte del mecanismo que levanta la reja, ahora desaparecida, que servía de compuerta para inundar el canal; en el remanso que se forma a la entrada se refleja la orilla derecha iluminada por el sol, tiene frondosos tonos verdes con vegetación más espesa, por donde ya no pasar nadie y el encinar ha vuelto a adueñarse del monte. Sobre el remanso del río un grupo de zapateros de larguísimas patas parece patinar sobre agua. Vuelvo paseando despacio por encima de la pared, las piedras inseguras y mal asentadas amenazan con desmoronarse sobre todo en una zona que parece que en su día fue el aliviadero, hasta llegar al final del canal donde, en una boca oscura y ancha, el cubo, se vierte el agua al saetín que movería si las hubiera palas, engranajes, poleas y palancas, que abandonadas desde hace años, han desaparecido.

El molino son dos edificios construidos en mampostería. En el de la derecha, que debía ser almacén, sólo queda las paredes; mientras que el molino propiamente dicho, conserva gran parte del tejado, aunque se ha derrumbado el centro cediendo la viga central y la zona que era el primer piso. La viga aún tiene clavados algunos cabrios y parte de la tarima que fuese piso, y entre ellos aún quedan algunos nidos de pájaros. Al fondo del edificio hay una gran piedra de moler en posición vertical y algunos muebles como cajoneras y peldaños de la escalera, maderas carcomidas y semienterradas por cascotes de teja y el resto del tejado que se sostiene en difícil equilibro. Todo el tejado amenaza con derrumbarse en cualquier momento sobre las zarzas que se han adueñado del interior.
Sobre la puerta hay una zona enfoscada que debió tener un nombre o una fecha, pero ahora no se lee nada. Sólo, sobre la roca que resguarda parte del edifico que debió ser almacén, y que es de difícil acceso, hay un nombre escrito con letra inglesa "letra con la que aprendieron a escribir en los años 20" me dice Luisa; y al otro lado, hay escritas unas letras con pintura roja, pintura como la que utilizan los canteros para marcar las piedras.

La mayor parte de los excursionistas ya había abandonado el lugar. El camino de vuelta, cuesta arriba, resulta algo más difícil: "Seguro, me dice Luisa, que este camino debía estar rellenado de tierra o enlosado" porque por allí bajaban y subían las bestias, burros y mulas, cargados de harina y grano. "Y en pago, añade, dejaban la maquila al molinero", y como muestra de ese pasado no tan lejano, enterrada entre el polvo blanco, sobresale un trozo de herradura oxidada.

El sol se filtra entre las encinas que nos acompañan ahora a nuestra derecha, y algún saltamontes gris se cruza abriendo sus alas azuladas para llegar aún más lejos en el salto. El monte parece a trechos un mar verdoso de berceos dorados. Nos detenemos un momento frente a una encina que el azar ha hecho que crezca entre dos grandes bloques del berrocal. mientras al son de las esquilas se acercan ahora desperdigadas las cabras. El cabrero, la piel quemada por el sol, se ha desabotonado la camisa."Hace calor, le digo", "Ayer hizo más, contesta, al menos esta mañana ha refrescado. Pero, añade, aún va a calentar", y sigue su camino. El perro que parece un cordero nos olisquea y se marcha tras su amo.

Seguimos hasta llegar de nuevo a la entrada de la finca cercada por la valla de alambre, tomando el camino entre el campo de centeno, el barbecho donde pastaban las cabras y la pared que, rematada de zarzas, termina en el manantial que se remansa antes de subir la cuesta de Rogallinas, con su veta de cuarzo blanco y sus diminutas piritas. Y al bajar la cuesta, ya en el último corral, la pareja de cerdos blancos ya no gruñe, se ha refugiado del sol y del aire que sopla solano, a la sombra de un chamizo. Sólo faltan unos metros para llegar a los olmos que jalonan el Alto de San Blás hasta las primeras casas, el jardín de la piscina municipal y el bar donde nos esperan sentados a la sombra, desde hace un rato a Luisa y a mi, el resto de excursionistas. Y al llegar pregunté: ¿quién era Pablo, el del molino?. "Si vas a la casa pintada de blanco con el zócalo pintando de azul, como las casas de la Mancha, que está llegando al final del pueblo, igual allí te lo dicen, porque allí vivía Pablo. Cuentan que estuvo en Filipinas, fue de los últimos en volver". Esto me contestaron y con esta anécdota terminó la excursión al río y al Molino de Pablo.

lunes, 25 de agosto de 2014

La Biblioteca de Mingorría


Hay en la biblioteca de Mingorría, a la derecha de la mesa del bibliotecario, un expositor que guarda a la vista de los lectores una pequeña colección de libros, en su mayoría encuadernados en piel. Estos libros, con buen criterio, no se prestan y sólo se pueden leer en la sala. Son los 279 libros que aún quedan de los 300 del lote inicial que fue el germen de la actual colección de la Biblioteca Pública Municipal de Mingorría; biblioteca que en la actualidad se encuentra entre las mejores de la provincia de Ávila, por número de volúmenes, actualmente cuenta con 15.800, y por la excelente gestión.

Este fondo inicial de libros será el hilo conductor de esta breve historia que he podido recoger de diversas fuentes sobre la biblioteca en la que paso unas cuantas horas todos los veranos. Su origen está en la iniciativa de la II República, a través de las Misiones Pedagógicas, con un fin que, según recoge Hipólito Escolar en su Historia de las Bibliotecas, nos presenta “Manuel Bartolomé Cossío, que fue el primer director del Museo Pedagógico y del nuevo Patronato, decía que lo que principalmente se proponían las misiones era despertar el afán de leer en los que no lo sentían, pues sólo cuando todo español, no sólo sepa leer, que no es bastante, sino que tenga ansias de leer, de gozar y divertirse, sí, divertirse leyendo, habrá una nueva España.” Para llevar a cabo este objetivo, continúa Escolar, “la República perfeccionó su labor de lectura popular con la creación de la Junta de Intercambio y Adquisición de Libros para las Bibliotecas Públicas (1931), con la finalidad de modernizar las colecciones bibliográficas de las bibliotecas públicas del Estado y donar pequeños lotes de libros a instituciones privadas que desearan formar su propia biblioteca.
Un año más tarde (1932), y siendo ministro de Instrucción Pública Fernando de los Ríos, se confió a la Junta la creación de bibliotecas municipales en los pueblos, iniciadas con lotes de 150 volúmenes, que pronto pasaron a 300 más un suplemento ocasional de 150.”


El Decreto de 13 de junio de 1932 marca las pautas para la creación de las bibliotecas públicas municipales y la solicitud de fondos a las que, según el Artículo 1º del mismo, tiene derecho: “cualquier Municipio español, en cuyo término no exista Biblioteca pública del Estado, puede solicitar de la Junta de Intercambio y Adquisición de Libros para Bibliotecas públicas la creación de una Biblioteca municipal”; a este fin se deberá crear, según el Artículo 2º, una “Junta que se titulará “Junta de la Biblioteca municipal de…” con un máximo de diez Vocales” en la que estarán representados además del Ayuntamiento “las Asociaciones profesionales, de cultura y personalidades destacadas por su competencia, manteniendo la institución neutral y abierta a todos”.

Siguiendo estas directrices, el 4 de septiembre de ese año se firma el Acta de constitución de la Junta de la Biblioteca pública Municipal de Mingorría “bajo la presidencia de Sr. Alcalde Don Miguel Camarero Alonso, con objeto de dar cumplimiento a lo dispuesto en Circular nº1” de la Junta de Intercambio. En el Acta se reflejan los nombramientos de los miembros de la Junta y sus cargos: por las asociaciones profesionales se designan 2 representantes: por la Sociedad Obrera, a Juan José Vázquez y Vázquez y a Florentino García Pintos; (vocales); otros 2 por el Sindicato Agrícola, a David Gallego Ibarzabal  y Ezequiel Sastre Nieto (vocales); 2 particulares nombrados por el Ayuntamiento, Néstor Pindado Rodríguez (vicepresidente) y Mariano Cuenca Muñoz (tesorero), “así como los maestros nacionales de esta villa” Manuel Rioyo (secretario) y Benedicta Álvarez Nieto (vocal).

Enviada la solicitud a la Junta de Intercambio, ésta responde el 22 de mayo de 1933 que previo al envío de los libros deben consignar el nombre del bibliotecario, su sueldo y títulos si los tiene y el horario de apertura, además se deberá haber colocado un cartel o rotulo bien visible que diga “BIBLIOTECA PÚBLICA MUNICIPAL DE…”. Una vez resueltos estos requisitos recibirían los libros y los ficheros (uno de autores-materias y otro topográfico) por ferrocarril y a portes pagados, y “una vez que la Biblioteca esté funcionando la Junta enviará a un inspector para la organización del préstamo de libros y recoger y estimular cuantas iniciativas sirvan para el mayor éxito de la fundación”.


El 25 de mayo se reúne en sesión la Junta de la Biblioteca que “por unanimidad acuerdo designar a Don Virgilio Pindado, Bibliotecario de la misma, designándole una gratificación anual de OCHENTA pesetas, y suplente del mismo a Don Daniel Muñoz Álvarez, secretario de este Ayuntamiento”, se acuerda colocar el rótulo y “señalar las horas de lectura en dicha Biblioteca, por la mañana de diez a doce y por la tarde de siete a nueve”, dando así cumplimiento a lo solicitado.

El 23 de junio de 1933 se reciben los ficheros y el 29 del mismo mes se reúne la Junta de la Biblioteca Municipal dándose cuenta en el acta de “haberse recibido e instalado en este Ayuntamiento la Biblioteca pública municipal, concedida por la Junta de Intercambio y adquisición del libro” y “de unánime conformidad acordó quede abierta al público el día primero de julio, próximo, haciéndose saber al vecindario de esta localidad por medio de pregón” las horas de apertura al público. Se acuerda también comprar los libros de sesiones y contabilidad y abrir una suscripción voluntaria “para que las personas que lo estimen conveniente contribuyan con una cuota semestral, a fin de atender los gastos de las misma y adquisición de nuevos libros” y dar cuenta de su funcionamiento para que desde la Junta de Intercambio se organice el préstamo de libros.


El 1 de julio de 1933 se firma el “Acta de inauguración de la Biblioteca Pública municipal de esta villa de Mingorría”. El alcalde hizo constar el horario de apertura “tiempo durante el cual pueden utilizarse todos los libros de la misma haciendo presente la procedencia de su utilización en beneficio de la cultura general.” A continuación se hizo un propósito de buenas intenciones: “Por otros señores presentes se hizo uso de la palabra para expresar el mejoramiento de esta población por la instalación de la misma y la procedencia de coadyugar a su funcionamiento y amplitud, a cuyo efecto se tomarán las medidas oportunas recabando medios para obtener ingresos y nuevos libros.” “Seguidamente varios vecinos concurrentes agradecen la instalación y funcionamiento y ofrecen cooperar al sostenimiento de la misma”.

Las materias de los libros que componían los lotes asignados a las bibliotecas, según Hipólito Escolar era: “el 60 por 100 de los libros tenía carácter recreativo (poesía, novela, teatro, viajes, biografía y folklore) porque había que crear, en muchos casos, hábitos de lectura, y una biblioteca formada únicamente con libros de estudio podía alejar a los posibles lectores.” La mayoría de las obras seleccionadas eran “de fácil lectura y los autores eran los de mayor interés en aquellos días, aunque salta a la vista una gran carencia: la de libros infantiles. Su no inclusión puede deberse, quizá, a que la Junta pensaba que la lectura de los niños quedaría resuelta con las bibliotecas de misiones pedagógicas. También a la poca experiencia de sus miembros, que no valoraron la importancia que en una política de creación de lectores tiene la inculcación del hábito de la lectura en la infancia”.

El mantenimiento, gestión y adquisición de nuevos fondos para la biblioteca correspondía al Ayuntamiento, aunque la “Junta donaba el lote fundacional, facilitaba libros con el 50 por 100 de descuento, daba instrucciones para el buen funcionamiento y recomendaciones para mejorar su rendimiento cultural mediante la organización de conferencias o lecturas comentadas”. A este respecto, como se señalaba en el Artículo 4ª del Decreto de 13 junio de 1932, “La Junta hará un donativo de fundación con arreglo a la siguiente escala de población: Municipios inferiores a 1.000 habitantes, 150 volúmenes; Idem de 1.000 a 3.000 habitantes, 300 volúmenes; Idem de 3.000 en adelante, 500 volúmenes” (Mingorría por aquellas fechas contaba con una población que rondaba los 1400 habitantes, por lo que le correspondieron 300 volúmenes). Por otro lado, la Junta se comprometía a renovar los libros, que eran de su propiedad, y a incrementar los fondos en aquellos municipios que destinasen cantidades para la compra de libros.

Tal como indicaba la Junta de Intercambio en su escrito del 22 de mayo de 1933, se envió un inspector para la organización del préstamo y recogiese iniciativas para estimular el éxito de la biblioteca. El funcionario designado fue Juan Viçens, inspector de Bibliotecas Públicas Municipales en el período 1933-1936, que relata así su llegada al pueblo y hace una descripción gráfica de la villa, el local destinado a la biblioteca, el bibliotecario, la Junta que la rige y el movimiento de lectores y usuarios:

“Mingorría (Ávila)
Acceso: es la estación siguiente a Ávila.
300 volúmenes
Pueblo pobre, pero no mísero; en la fonda conseguí con dificultad que me preparan una cena tolerable.
Local modesto, pero espacioso. El encargado es un alguacil de poca cultura, pero cuidadoso. La Junta está animada de la mejor voluntad. No pudo realizarse reunión pública por causa de ser la época de mayor trabajo en los campos y en la era (cosa que me ocurrió en este viaje en todas partes). Sin embargo, anunciaron la reunión con la mejor voluntad y lo que ocurrió fue que celebré la reunión con la Junta con asistencia de unas cuantas otras personas y todos escucharon con el mayor interés.
Cobran unas cuotas voluntarias a los que quieren ayudar a la biblioteca, por no tener el ayuntamiento medios suficientes. Desde luego que eso no establece limitación alguna en el derecho a leer, paguen o no, pero acaso eso no lo sabían bien todos los habitantes y algunos creían que había que pagar para leer. Les hice ver la imperiosa necesidad de que todo el mundo sepa con toda claridad que la biblioteca es completamente gratuita y se mostraron dispuestos a poner todos los medios necesarios.
El movimiento de lectores es bastante grande, pero en el verano disminuye mucho, sobre todo en agosto, fenómeno, por lo demás natural y general a todas las localidades rurales”.


En la actualidad la utilización ha cambiado, como la vida, y es mayor en los meses vacacionales, sobre todo en agosto, por ser el mes de mayor afluencia de antiguos habitantes y otros veraneantes, ya que la población actual es poco mayor de los 400 habitantes.

La biblioteca estaba situada en el primer piso del ayuntamiento en una sala de 3,20 por 5 metros, disponía de balcón orientado al este que le proporcionaba luz natural. Tras su paso por la escuela municipal, la casa de los maestros, la colección volvió al edificio consistorial cuando después de su derribo en 1990 en su lugar se edificó el actual Ayuntamiento, donde por un breve espacio de tiempo se conservó, antes de ser trasladada a la presente ubicación en las casas del antiguo cuartel de la Guardia Civil, rehabilitado como centro de cultura tradicional y biblioteca.

Como indica Hipólito Escolar, al igual que otras muchas iniciativas, la Guerra Civil acabó con este ilusionante y ambicioso proyecto de crear 100 bibliotecas municipales cada año. El gobierno nacido tras el golpe de Estado de 1936 decreta las nuevas directrices que regirán las bibliotecas públicas y muchas de éstas desaparecerán. Se redactarán listas de libros y autores cuyas contenido serán censurados y retirados por su ideología o contenido que atentaran contra la moral y la nueva ideología. Se declaraba ilícita, por Orden de 23 de diciembre de 1936, “la producción, el comercio y la circulación de libros, periódicos, folletos y de toda clase de impresos y grabados pornográficos o de literatura socialista, comunista y libertaria, y, en general, disolventes”. A la sombra del nuevo régimen se lleva a cabo la renovación de cargos de la Junta de la Biblioteca de Mingorría.

El 14 de junio de 1938 se reúne la Junta de la Biblioteca con el fin de llevar a cabo la renovación de cargos y “cubrir vacantes producidas, por defunción unas y por cese natural en sus funciones el representante del Ayuntamiento” quedando la Junta constituida con los siguiente personas y cargos: “Presidente: D. Bienvenido Domínguez, Vicepresidente: Daniel Muñoz; Secretario: Dª Elena A. Esteban; Tesorero: Benigno Martín; Vocales. Dª Benedicto Álvarez, D. Pablo González, D. Juan José Vázquez, D. David Gallego, D. Ezequiel Sastre y D. Dionisio Cenalmor. Este último actuará además como bibliotecario”.

Los miembros de esta Junta serán los que hagan cumplimiento de las órdenes del Patronato Nacional de Fomento de Bibliotecas Públicas y redacta una Memoria sobre la situación de la biblioteca que se recoge en el Acta de sesión de junio 1939: “Que la Biblioteca ha funcionado con normalidad durante la guerra, siendo lectores asiduos niños de las cuatro Escuelas Nacionales que existen en la localidad”, y añade “La Biblioteca contaba con un total de 300 volúmenes. De ellos han sido retirados y remitidos a la Junta de Burgos los volúmenes pedidos y desaparecidos 6”. A continuación señala las dificultades que tiene la Junta de la Biblioteca para la adquisición de nuevos libros y las iniciativas que ha promovido al respecto: “dando preferencia a la literatura infantil, por carecer de ella, ha iniciado una suscripción voluntaria con un donativo, e invita a los funcionarios y demás amantes de la cultura para que contribuyan con sus aportaciones al indicado fin”.

Según el Libro de Registro de Entrada de Obras de la biblioteca, se remitieron al Ministerio 5 libros: Proceso histórico de la C. de la R.E., de Jiménez de Osúa, L; Cartas a una señora sobre temas de D.P., de Osorio y Gallardo, A.; Los cuatro jinetes del Apocalipsis y Entre naranjos, de Blasco Ibáñez, V., y La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset, J.

La Memoria redactada indica que han desaparecido 6 libros, aunque en el Libro de Registro de Obras se consignan en las Observaciones que los libros desaparecidos en 1937 son en total 10 de los que 4 se repusieron en 1952. Alguno de estos libros “desaparecidos” fue a manos de particulares cercanos a los miembros de la Junta según me confesaron personalmente. Estos libros tenían interés bien por su contenido ideológico y moral: Fundamentos del socialismo, de Amado Inchausti, P.; El Estado de los Soviets, de Schlesinger, M.L.; y Lo sexual, de Sánchez Rivera y Moset, D.; o bien por un interés práctico para “el estudio de oposiciones” de estos particulares que nunca devolvieron: Derecho usual, de Posada, A.G.; Agricultura elemental Española, de Dantín Cereceda, J.; Manual del comerciante y tenedor de l.; de Heredia, R.; y Diccionario Pedro Alcalá Zamora Francés-Español y Español-Francés; y los que fueron repuestos en 1952: El arte de leer, de Faguet, E.; Taquigrafía. Reglas y ejercicios graduados, de Martín Estala, F.; y Compendio. Gramática. Academia Esp.

Por lo que respecta a la supervivencia de los libros de la fundación de la Biblioteca hay que añadir que se anota como desaparecido en 1957: Elementos de Aviación, de Armangué, A.; y desaparecido y repuesto sin fecha: Cartilla de Automóviles, de Arias Paz, M.; fue retirado por deterioro: Hace falta un muchacho, de Cuyás y Armengol, A. y retirados por deterioro y repuestos en 1952: Obras poéticas completas, de Campoamor, R. de; y Obras completas 1º Vol., y Obras completas 2º Vol., de Gabriel y Galán, J.M.

A partir de aquí los fondos de la fundación no tuvieron más incidencias siendo la siguiente anotación de entrada de libros, a pesar de los buenos propósitos mostrados por las juntas de incrementar los fondos, el volumen 301 el 19 de junio de 1944; y la siguiente y última Acta registrada en el Libro de actas de sesiones de la Junta de la Biblioteca municipal, la del 28 de junio de 1957 sobre la renovación de cargos, siendo presidente y alcalde Dn. Isidoro Esteban Álvarez ; vicepresidente Dn. Moisés Pindado Pajares; secretario Dn. Daniel Redondo Villa; tesorero D. Ezequiel Sastre Nieto y cabe destacar la inclusión entre los vocales, del párroco Dn. Francisco José Romero, junto a Dn. Juan José Vázquez, Dn. David Gallego y los maestros Dña. Ángeles Álvarez, Dña. Laurentina Herrero y Dn. Dionisio Cenalmor Sanchidrián, que continuaba actuando como bibliotecario.


Para la redacción de esta entrada he de agradecer la colaboración imprescindible y la infinita paciencia de Moisés Esteban Rodríguez, actual bibliotecario de la Biblioteca Municipal de Mingorría, que me ha facilitado la consulta del Libro de Registro de Entradas de Obras de la Biblioteca Pública Municipal y del Libro de actas de sesiones de la Junta de la Biblioteca municipal de esta villa y todas las informaciones que le he solicitado sobre la misma. El resto de obras consultadas son:

Historia de las bibliotecas, Escolar, Hipólito. Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 3ªed. Salamanca, 1990.

Juan Vicéns, Inspector de Bibliotecas Públicas Municipales 1933-1936, en Revista Educación y Biblioteca, nº 169, Enero-Febrero 2009, de cuyo artículo he extraído las fotografías hechas por el propio Vicéns y que se encuentran en el Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares.