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martes, 8 de septiembre de 2026

El castro de La Mesa de Miranda

El castro de La Mesa de Miranda se encuentra en la localidad de Chamartín (Ávila). Habíamos salido desde Ávila por la carretera AV-100 hacia el oeste, ruta que coincide con la Cañada Real Soriana Occidental. A unos 23 km. llegamos a Chamartín donde encontramos en una placita junto a la carretera un magnífico ejemplar de verraco, la escultura de un toro que se asocia a la cultura de los vettones, los pobladores del castro. Iniciamos desde aquí nuestra ruta a pie, cruzando el caserío dirección norte por un camino rural bien señalizado. Un agradable paseo de unos 2,5 km. nos deja en la entrada del yacimiento de La Mesa de Miranda.

El paiseje de encinas que podemos observar y disfrutar durante el recorrido

Comenzamos nuestro recorrido por el castro siguiendo las explicaciones de las cartelas informativas que el visitante encuentra en varios puntos del yacimiento, aunque ha de tener en cuenta que la cronología que va a encontrar es decreciente, o sea, que comienza por la parte más moderna del castro, el tercer recinto y según avanza hacia el norte, el segundo recinto y el primer recinto, el más antiguo. Mención aparte se hace de la necrópolis de La Osera.

Verraco vettón en la plaza de Chamartín

La Mesa de Miranda, "oppidum vettón, o de la cultura de los verracos, posee un área total de 32.6 ha. Se compone de dos elementos arqueológicos: la zona de habitación (Castillo Bajero y Castillo Cimero) constituido por tres recintos complementarios, y la Necrópolis de la Osera, en la que se han exhumado más de 2200 tumbas, ocupando parte del tercer recinto y la zona exterior al castro.

Muralla del tercer recinto y entrada a uno de los túmulos de La Osera 

El yacimiento fue descubierto en 1930 excavándose parcialmente entre 1932 y 1944. En los últimos años se han ido restaurando diferentes tramos de la muralla. Fue habitado entre los siglos V-IV y II-I a.C.  por los vettones, pueblo céltico de la Meseta.

Tras esta breve introducción, encontramos una cartela que nos propone un recorrido que puede prolongarse hasta 1 hora de duración. En ella se hace una pormenorizada explicación de cada una de las áreas que se visitan.

Ubicado en una meseta en la confluencia de dos arroyos, se compone de tres recintos amurallados, ocupando una superficie total de 29 ha. A ello se une la necrópolis, emplazada al sur del castro ocupando, también, parte del tercer recinto. La Mesa de Miranda compone, con los vecinos castros de Las Cogotas (Cardeñosa) y Ulaca (Solosancho), todos ellos en un radio de unos 25 km., una serie de núcleos de habitación vettones de considerable entidad que participaron activamente de los acontecimientos militares y políticos que terminaron en la conquista de la zona central de la península Ibérica por los romanos entre el 136 y 133 a.C.

En esta relación de castros no se cita Los Castillejos, en Sanchorreja, más antiguo que los mencionados, a tan solo 7 km al sureste de Chamartín. Este castro se abandonó antes de la conquista romana y fue referencia para datar las murallas, las suyas era más toscas, y datar la antigüedad de las esculturas zoomorfas toda vez que en él no se encontró ninguna. Siguiendo la lectura de la cartela, nos informa de los habitantes del castro: 

Los vettones fueron el pueblo prerromano que habitó estas tierras en la segunda Edad del Hierro. Su territorio fue el de las actuales provincias de Ávila, Salamanca, Cáceres y parte de Toledo. La forma de hábitat fueron los hoy denominados "castros", asentamientos de considerable extensión que constituían ciudades-estado independientes entre sí. Varias de estas ciudades-estado unidas por lengua, costumbres, pasado común y proximidad, les conferían un carácter propio como pueblo.

Zócalo de una vivienda del primer recinto

La elección del emplazamiento de este castro, calculada para utilizar sus condiciones naturales como defensa, además del reforzamiento con varios recintos amurallados, evidencia el ambiente de inestabilidad en el que se vieron envueltos estos lugares en los últimos siglos del primer milenio a.C.

Plano del castro de una de las cartelas informativas

Álvarez-Sanchís hace la siguiente cronología de la ocupación de la Mesa de Miranda:

Bronce Final/Hierro I. (Inicios del primer milenio). Sustrato indígena. No hay evidencia de muralla.
Hierro Pleno I. (Sg. VIII / VI-V a.C.). Primer recinto con campos de piedras hincadas en el sureste y suroeste junto a las puertas de acceso y foso que defiende la muralla.
Hierro Pleno II. (Sg. VI-V / III-I a.C.). Segundo recinto con campo de piedras hincadas al suroeste.
Hierro Final.  (III-I a.C. a I). Tercer recinto que invade la necrópolis.


LAS MURALLAS
 
En este punto cabe recordar que como asegura Álvarez-Sanchís, al margen de los mencionados conflictos que generaron gran inestabilidad, la fortificación del asentamiento hay que buscarla en un proceso anterior de cambio de sustrato: "se advierte en las murallas, obras de flanqueo, foso y otros mecanismos defensivos elementos evolucionados a partir de las tradiciones indígenas del bronce final", que vino propiciado por la necesidad de permanencia del grupo en el espacio ocupado "independientemente del grado de conflictividad de la época".

Sobre las murallas la cartela comenta: El castro estuvo rodeado de potentes murallas, sobre todo en los dos primeros recintos. En el tercero buena parte de su trazado parece únicamente esbozado, sin haberse llegado a consumar. En las murallas de los dos primeros recintos se utilizó piedra más pequeña que en la del tercero; en éste las piedras tienen grandes dimensiones. Construcciones de tal envergadura implicaron un trabajo muy costoso que habla del alto grado de organización imperante en todos los castros. 

Muralla del tercer recinto fabricado con piedras de grandes dimensiones

En lo que respecta a la construcción de la muralla, Manglano destaca que tanto conceptual como técnicamente, presenta cierto retraso respecto a otros pueblos contemporáneos occidentales. La muralla se construye sin atender una previa cimentación, mediante dos paramentos de mampostería en seco o trabados en seco cuyo espacio de separación se rellenaba con piedras dispuestas en horizontal, enlazadas unas con otras. Para evitar derrumbes en ocasiones se construían refuerzos "e incluso un tercer paramento como se aprecia en los castros de La Mesa de Miranda", Yeltes la Vieja y Bermellar, estos últimos en Salamanca. Su anchura oscilaba entre los 4 y los 8 metros en su base, y la altura, difícil de cálcular, podía llegar a los 6 metros y estar reforzada con tapial, enramado o empalizadas. Álvarez-Sanchís añade que los refuerzos de la muralla, cuerpos salientes, bastiones o refuerzos de planta curva, visibles en Las Cogotas, Las Merchanas y Yeltes la Vieja, y son inexistentes en Los Castillejos de Sanchorreja.

A partir de aquí el visitante se va a encontrar con un recorrido inverso en el tiempo, primero la construcción más moderna, el tercer recinto y terminará en el primer recinto. En lo que respecta a la Necrópolis de la Osera no necesariamente ha de vincularse a uno de estos recintos, siendo anterior al tercero que la invade.

Túmulo funerario en el interior del tercer recinto

TERCER RECINTO

De los tres recintos amurallados, el terecero es el más reciente, correspondiendo su construcción a la última fase de ocupación del poblado.
Tiene una superficie de 10,4 has. y complementa la protección del segundo recinto hacia el este. La orografía del terreno, favorable para la defensa natural en algunos puntos, posibilitó que no fuera necesario el cierre por el norte de este sector.

Muralla del tercer recinto

Defendiendo la entrada del tercer recinto se construye el llamado Cuerpo de Guardia como definió J. Cabré, un lienzo rectilíneo exento. Su estructura la compone un zócalo de piedras ciclópeas de diferente factura, alguna de ellas labradas. Su interior se rellena con piedras de menor envergadura. Su función era defender la entrada del tercer recinto de un ataque frontal a la puerta de acceso.

Cuerpo de Guardia, recinto exento que defiende la entrada del tercer recinto

En este recinto encontramos una de las señas de identidad de los vettones: los verracos: "Las esculturas zoomorfas representando toros y cerdos fueron un rasgo original y distintivo del pueblo vettón. Talladas en granito, con diferentes tamaños y tipologías, se creaban para situarlas dentro de los recintos más externos de los castros, en los accesos e, incluso, en zonas donde no había castros pero eran lugares con pastos importantes o caminos ya utilizados en aquella época. Representaban dos de los animales decisivos en su economía (el ganado vacuno y el porcino) y, posiblemente, constituían simbolos asociados a sus creencias, utilizables en diversos contextos aunque siempre con la misma función protectora."

Verraco en el interior del tercer recinto muy cerca a la entrada del segundo
 recinto. Muy desvastado, aún se observan los huecos de los ojos


SEGUNDO RECINTO

Adentrándonos dirección norte nos introducimos en el segundo recinto, el de menor extensión. La piedra utilizada para su construcción es de menor tamaño que la del tercero: "Este recinto junto al primero parecen ser los más antiguos del poblado. Cuenta con una extensión de 7.1 has.
El cometido de este recinto es desconocido a falta de investigaciones. En casos similares se han hallado indicios que hablan de su uso habitacional y también relativo a actividades de producción. No se descarta que en caso de asedios fueran lugares para la reclusión del ganados, como fueron interpretados por J. Cabré."

Segundo recinto y muralla del primer recinto y campo de piedras hincadas

Sobre este recinto Fabián García comenta la posibilidad de que se adosara en época previa a la conquista romana, a finales del siglo III, como respuesta a la campaña de los cartagineses que al mando de Aníbal concluyeron atacando y saqueando Salmantica (Salamanca) en 220 a.C. Destaca que este recinto "aparece como una explanada", por lo que quizá su construcción tuviese como fin completar la defensa del primer recinto. La posibilidad de uso habitacional y espacio para actividades de producción hace referencia al castro de Las Cogotas en cuyo segundo recinto se ubicaba el alfar.


SISTEMAS DEFENSIVOS

Aquí se encuentran los sistemas que defendían el poblado en su origen, la muralla del Primer Recinto, el antemuro que precedía al foso y el campo de piedras hincadas: "El flanco sur del primer recinto era el más expuesto al no contar con abruptas defensas naturales. Por ello fue dotado de mayor número de elementos defensivos, todos ellos complementarios. A la propia muralla sur se le adosaba una ante muralla, a la que seguía inmediatamente un foso (actualmente colmatado por los derrumbes de la muralla en buena parte de su profundidad, aunque apreciable por el desnivel del terreno). Donde el foso terminaba, comenzaba el campo de piedras hincadas. Todo ello servia para obstaculizar al máximo el ataque con caballos, guerreros a pie y máquinas de guerra."

Armas y herramientas de hierro encontradas en la tumba 228 de la necrópolis.
Museo Provincial de Ávila

En lo que respecta al foso, destacar el comentario del profesor Manglano que señala que la construcción del foso para reforzar la defensa de la muralla es algo excepcional "y que se da en muy pocos casos, por ejemplo en el castro de La Mesa de Miranda" toda vez que la situación del castro aprovechaba los escarpes de los ríos que hacían esta labor defensiva. El foso tenía entre 4 y 5 metros de profundidad y en la actualidad se encuentra colmatado por los derrumbes de la muralla del primer recinto. En el caso de las defensas naturales indicar que La Mesa de Miranda, está situado a una cota de 1116 m. de altitud, y desciende al llano, en la zona norte, donde están las Casas de Miranda, a los 1010 m., un desnivel uno 100 m. en una distancia de 215 m.

Muro, antemuro y la explanada donde se abría rel foso hoy colmatado

"Los 'campos de piedras hincadas' eran una forma defensiva de los castros vettones. Se trataba de concentraciones de piedras con forma normalmente puntiaguda, sólidamente clavadas en el suelo, muy juntas y sobresaliendo de la superficie entre 0,5 y 1 m. Su misión era obstaculizar el avance de la caballería y la infantería enemiga. Estaban situados en las zonas cercanas a las puertas y a las murallas principales con objeto de ser un obstáculo más para los atacantes." 

Campo de piedras hincadas. Al fondo vemos la muralla del Primer Recinto,
parte del antemuro y, con vegetación alta, el foso hoy colmatado

Álvarez-Sanchis añade que la tradicional adscripción de las murallas y otros sistemas defensivos a orígenes célticos o centroeuropeos ya han sido matizados, no así la procedencia transpirenaica de los campos de piedras hincadas, técnica defensiva que se difunde en la mitad norte peninsular no así en la zona no indeoeropea.


PRIMER RECINTO

"Se considera el más antiguo de los recintos, por el que se iniciaría la ocupación de este emplazamiento. Tiene una superficie de 11,5 has.
Todos sus contornos, excepto el sur, están protegidos naturalmente por abruptos cortados. Aún con ello se dotó a los mismos de muralla y, el meridional, de foso y campo de piedras hincadas.
En su interior se localizaba el grueso de las viviendas del castro."

Pasillo que da acceso al primer recinto


PUERTAS DE ACCESO

"Las puertas de entrada a los recintos fortificados estaban concebidas para obstaculizar el avance enemigo desde el exterior. A menudo flanqueadas por torres semicirculares o circulares, planteaban la entrada en forma de pasillo estrecho con el fin de concentrar más defensores en ciertos puntos de la muralla con los que hacer frente a los invasores."

Puerta sureste de acceso al primer recinto que fue cegada en época vettona

La puerta de acceso al primer recinto estaba situada en el extremo occidental de la muralla según se describe en la cartela anterior. En el lienzo sur hubo una segunda puerta que se cegó durante un momento incierto: "El primer recinto tenía dos puertas simétricas en el flanco sur con estructura diferente. La puerta sureste fue cegada en algún momento de la historia del castro, posiblemente para evitar tener que defenderla."

Restos de los dos cubos que protegían la puerta cegada

En el lado más septentrional del castro, desde donde se accede al llano, la actual La Moraña, hubo una tercera puerta situada en el lado noroeste, de la que no tenemos más información. Aquí debió existir un muro bajo pues lo abrupto del terreno ejercía de defensa natural tal como se comenta en una de las cartelas: "La elección del emplazamiento del castro se hizo en función de las necesidades propias del momento. La muralla de los dos primeros recintos fue concebida a partir de la topografía favorable. Allí donde las condiciones naturales no eran tan favorables, la envergadura del muro era mayor. Sin embargo donde la pendiente era muy elevada, el amurallamiento fue más discreto, detalle que puede apreciarse en todo el flanco oeste del primer recinto" donde prácticamente no se aprecia.

Extremo noroeste del castro donde se abría la tercera puerta de acceso

ECONOMÍAS COMPLEMENTARIAS

"Los habitantes de este castro participaban principalmente de dos economías complementarias: por una parte de la ganadería, utilizando el territorio serrano del sur, apto sobre todo para el pastoreo. Por otra, las tierras inmediatas hacia el norte, más bajas y más llanas, adscritas a los paisajes habituales del norte del Duero, posibilitaron un aprovechamiento basado en la agricultura. Sobre todo la agricultura y la ganadería pero también la producción de manufacturas (alfarería, herramientas de hierro... ) fueron las principales dedicaciones de los habitantes de La Mesa de Miranda."

Piedra para machacar minerales. Museo Provincial de Ávila

Fabián García nos detalla las dificultades por las que solían atravesar las poblaciones vettonas: la pobreza del terreno, la precariedad de recursos "limitados por el crecimiento demográfico, mantenían vivas las tradiciones guerreras". Cita a Diodoro y a Estrabón sobre las tribus lusitanas y vettonas que solían aliarse contra Roma y organizaban expediciones de saqueo al valle del Guadalquivir: "...las que habitaban un suelo pobre y carente de lo más necesario, habían de desear los bienes de los otros (...) La mayor parte de estas tribus han renunciado a vivir de la tierra para medrar con el bandidaje". Aunque parezca exagerada la crónica de Estrabón, apunta Fabián Gracia que esta "tuvo que implicar a las gentes de la Mesa de Miranda, emplazadas en una zona donde los recursos no son demasiado abundantes como para soportar problemas tales como sequía, guerras o bruscos aumentos de población".


NECRÓPOLIS DE LA OSERA

"Las fuentes antiguas dejaron constancia de las costumbres funerarias en los pueblos del interior de la peníncula ibérica. Los mejor considerados eran los muertos en combate, cuyo cuerpo se exponía a los buitres para que su alma fuera directamente al cielo. Los restantes eran incinerados en una pira y sus cenizas guardadas en una urna de barro que era enterrada en el suelo. Las investigaciones arqueológicas en la necrópolis de este castro, conocida como La Osera, han corroborado este ritual. J. Cabré excavó 2.230 enterramientos, cuyos ajuares muestran la estratificación social existente en el castro."

Túmulos de enterramiento y uno de los hitos que dividía los clanes

"La necrópolis estaba dividida en seis zonas diferenciadas entre sí. Probablemente cada una de ellas correspondía a las diferentes familias o clanes en los que se dividía la población del castro. Esos clanes agrupaban a un importante número de personas en torno a un antepasado común que se consideraba mítico. Cada zona estaba presidida por una piedra hincada resaltando suficientemente sobre las estelas que marcaban cada tumba. La disposición conjunta de todas estas piedras que presidían cada una de las seis zonas, tenía un significado astral como han demostrado algunos estudios recientes. De esta forma relacionaban el mundo de los muertos con su destino final en el más allá."

Urna a torno estampillada. Museo Provincial de Ávila


ASTRONOMÍA Y ARQUEOLOGÍA EN LA NECRÓPOLIS DE LA OSERA

Respecto a los hitos o estelas que configuran las demarcaciones de los clanes en los enterramientos, cabe destacar un estudio que plantea la coincidencia de estos hitos con la constelación de Orión. Comenta Fabián García, que lo más probable es que no se trate de una casualidad, toda vez que "siempre las gentes han identificado la altura que identifica el cielo con la presencia de la divinidad que siempre observa a los humanos. La reproducción en el cementerio de Orión podría significar la relación que los muertos de la Mesa de Miranda esperaban para con el más allá".

Estela zeta en a la zona IV  de enterramientos 

El estudio de Isabel Baquedano y Carlos M. Escorza, que publica la revista Complutum, lo resumen así sus autores: "Se analizan los datos arqueológicos conocidos sobre la disposición de las estelas de piedra que marcan los distintos grupos de enterramientos de La Osera, así como otros datos sobre inhumaciones singulares de cabezas cortadas. De la comparación de las alineaciones de las estelas con los puntos de salida del sol y de la constelación de Orión en la época de la necrópolis calculados informáticamente, se desprende que pudieron funcionar como marcadores de los días más importantes del calendario anual (solsticios de invierno y verano, principales fiestas célticas. Incluso la misma colocación de las estelas recuerda la disposición de Orión, lo que sugiere la importancia simbólica que tuvo esta constelación, al igual que en otras muchas culturas, y refuerza la idea de un sacerdocio institucionalizado en el mundo céltico vettón."

Estela delta de la zona IV de enterramientos

La idea de los autores del estudio es mantener que los habitantes del castro, a comienzos del siglo IV A.c., planificaron de manera integral el espacio que "conformaría su necrópolis de acuerdo con un ritual y unas creencias precisas" que la arqueología proporciona en todos los aspectos: localización de la necrópolis, de las estelas y los sacrificios humanos (los dos cráneos encontrados junto a las estelas alineados norte-sur), "trasladando al espacio físico ocupado por su necrópolis todo su universo simbólico".


DESPOBLAMIENTO DE LA MESA DE MIRANDA

El momento de abandono del castro es incierto; al respecto Fabián García propone tres fechas posibles. La más temprana sería al término de las Guerras Celtibérico-Lusitanas (155-133 a.C.), hay que recordar que los vettones eran tradicionalmente aliados de los lusitanos. En este momento Roma lleva  sus tropas desde el Guadalquivir hasta la orilla derecha del Duero tras la caída de Numancia; tesis que se apoya en parte en que el foso que defiende el primer recinto se haya colmatado por el derrumbe de la muralla -según excavaciones realizadas en 2004-, lo que indica que tuvo la posibilidad de que fuese derribada en ese momento.

Entrada al primer recinto desde el interior

El segundo momento posible es que el castro hubiese permanecido habitado hasta el fin de las Guerras Sertorianas (82 a 72 a.C.) que enfrentaron en la península a los seguidores de Sila, representante de los intereses de la oligarquía romana, y a los de Mario que representaba a las clases populares. Sertorio, partidario de este último, consiguió aglutinar bajo su mando a romanos y lusitanos, entre los que se incluiría a los vettones. La derrota de Sertorio supondría un agravante más en la historia de la Mesa de Miranda y pudo precipitar el abandono del castro.

Vista del Cuerpo de Guardia desde el cubo de entrada del segundo recinto

La tercera y última fecha propuesta para el despoblamiento del castro sería a partir de la Guerra Civil que enfrentó a César y Pompeyo en la península (49 a 44 a.C.). Será a partir de ese momento, como muy tarde, cuando los castros como la Mesa de Miranda se abandonan en favor de pequeños asentamientos en la llanura, junto a los ríos, sin necesidad de defensas naturales ni murallas. Este momento coincide con los primeros asentamientos romanos del siglo I en la zona y la romanización de los vettones.

Espada de antenas con nielado de plata y fíbula con botón cuadrado
Museo Provincial de Ávila


Para esta entrada, además de las cartelas informativas del castro, y la visita al Museo Provincial de Ávila donde se encuentran varias piezas cedidas por el Museo Arqueológico Nacional, he consultado la siguiente documentación:

Álvarez Sanchis, Jesús R., Los Vettones, Real Academia de la Historia, Madrid, 2003
Baquedano, I. y Escorza, C., Alineaciones astronómicas en la necrópolis de la Edad del Hierro de La Osera (Chamartín de la Sierra, Ávila), Complutum nº 9, Madrid, 1998, pág. 85 a 100.
Fabián García, J. Francisco, Castro de la Mesa de Miranda, Institución Gran Duque de Alba, Ávila, 2005
López Monteagudo, Guadalupe, Esculturas zoomorfas celtas de la Península Ibérica, C.S.I.C., Madrid, 1989.
Manglano Varcárcel, Gregorio Ramón, Los verracos vettones, UAM Ediciones, Madrid, 2018


lunes, 2 de noviembre de 2020

El castro vadiniense de Peña del Castro

Con la victoria de Roma en las llamadas Guerras Cántabras culminó la conquista de Hispania en tiempos de Augusto (19 a.C.). Se concluía así la conquista de la Península que se había iniciado en 219 a.C. con el asedio cartaginés a Sagunto y el desembarco, un año después, de las legiones romanas en Ampurias dando inicio a la Segunda Guerra Púnica. Como apunta González Echegaray -citando a Tito Livio- Hispania fue la provincia que primero empezó a conquistar Roma y la última en ser conquistada, las Galias tardaron 7 años en ser conquistadas, Hispania tardó 200 años. El sometimiento de los cántabros fue de tal crudeza que llevaron prácticamente a su exterminio. En una reciente visita al norte de la provincia de León tuve la oportunidad de visitar el yacimiento de Peña del Castro en La Ercina, castro de los vadinienses, una de las tribus cántabras.

Muralla y edificio cuadrado para prácticas rituales
El castro se encuentra al norte de La Ercina y se llega por un camino cómodo que a su derecha tiene encauzado un arroyo y a la izquierda un hermoso valle de robles. El camino concluye el paseo de aproximadamente 1 km. en una explanada sin árboles; aquí el camino gira a la derecha bordeando el monte. Nosotros cruzamos en línea recta la explanada y subimos las peñas campo a través por la ladera que nos dejó junto a la puerta del castro. El camino correcto, aunque mal indicado, era tomar a la izquierda y el propio camino nos deja en el yacimiento.

Casa de las Paredes Rojas con pared de doble hilada rellena de tierra. En el interior
se aprecian divisiones. Debó ser lugar de culto y rituales.
Siguiendo a González Echegaray, la tribu cántabra de vadinienses se asentaban en el extremo nororiental de la actual provincia de León con una derivación hacia el bajo Sella. La fisonomía de los cántabros tenían aspecto indoeuropeo o céltico, aunque se pueden considerar un grupo homogéneo; hasta la fecha se conocían a los Salenos, Orgenomescos, Avarigios, Concanos, Blendios, Coniacos y Valdinienses (sic). El cántabro era un pueblo de estructura matriarcal en la que tenía preponderancia el derecho femenino y de línea materna, aunque estaba regido posiblemente por varones en todos sus niveles. Algunos de los nombres más citados de los pobladores, extraídos de lápidas funerarias, son para las mujeres Anna, Amia, Aia y Dovidena; las mujeres se encargaban de la agricultura, la ganadería y la confección de enseres como cerámicas y tejidos. Los nombres más comunes entre los varones era Ambato, Bodero, Boddo, Doidero, Vado y Pentovio; éstos solían dedicar su tiempo sobre todo a la guerra: defensa de las fronteras y mercenarios -a la vez que apreciados eran muy temidos-, a la caza y tal vez a la fabricación de armas. Como pueblo guerrero tenían sus propios himnos de combate y ejecutaban danzas. La esperanza de vida rondaba los 35 años, aunque existían casos de longevidad entre los 80 y 95 años.

Dos habitaciones, cuadrada en primer plano y redonda al fondo
La economía cántabra, habitantes de una zona muy montañosa, era muy pobre; se basaba en una agricultura muy elemental con predominio del cereal, cultivaban cebada con la que elaboraban cerveza, muy apreciada por ellos, y harina, y trigo de baja calidad. La ganadería: caprino y porcino que aprovechan los bosques de robles que tienen en la bellota alimento del ganado y fabricación de harina; la cría de caballos en semilibertad similar el actual asturcón; del vacuno les proveía de leche, carne y ayuda en la labranza; y la caza tanto como complemento alimenticio como ejercicio. No obstante gran parte de sus ingresos debía provenir de su calidad de guerreros mercenarios. Puede que la explotación minera del hierro y la fabricación de armas fuese también fuente de ingresos. Vivían sobre colinas, en poblados: castros que variaban de tamaño, desde pequeños poblados de escaso valor defensivo a grandes oppida que podían servir como refugio a varias "gentilidades" en épocas de guerra, situándose éstos en altura. El castro en la zona meridional defendiendo la frontera sur contaban con muralla y foso, mientras que los poblamientos del interior eran más pobres. Las habitaciones eran de planta circular a veces con paredes de piedra y techumbre de ramaje sustentado por un poste central; adosado a la pared se podía colocar un banco corrido; también existen casos más aislados de viviendas de planta rectangular. La distribución de las viviendas en el interior del recinto amurallado carecía de todo sentido urbanístico.

La economía cántabra mantenía un intercambio de productos con sus vecinos que tendían a equilibrar sus deficiencias, truques de cereales de los que eran deficitarios por sus excedentes ganaderos y materias primas de la montaña. Con la romanización de sus vecinos: Vacceos, Turmogos y Autrigones en diferentes etapas, este equilibrio tendió a romperse y a dificultar su sistema de comercio ancestral lo que les llevó en muchos casos a aprovechar su fortaleza como guerreros  para satisfacer sus necesidades con la práctica del pillaje de las cosechas de pueblos vecinos, excusa que esgrime Roma, la defensa de sus aliados, para lanzar campañas de castigo contra Astures y Cántabros hasta la sumisión de los primeros.

Entrada al castro y muralla en la que se aprecia desprendimiento de material
En el yacimiento se pueden ver dos cartelas informativas y las imágenes que las ilustran y que a continuación transcribo y que, aunque aportan escasa información, el visitante sabe agradecer:

Hola, mi nombre es Anna de la tribu cántabra de los vadinienses.
Cuando venía a este poblado me gustaba subirme al monte que vosotros llamáis Peñotas y desde allí contemplar el ajetreo del lugar de mis antepasados.
Las casas se organizaban cerca de la muralla y de la calle que desembocaba en la puerta de la misma. Las había redondas y cuadradas, pero la más importante era la Casa de las Paredes Rojas, a la izquierda de la entrada al castro, allí se hacían nuestras ceremonias. A nosotros nos gustaba salir al camino a recibir a los agricultores y ganaderos, pero lo mejor era cuando venían visitantes de lejanas tierras con cerámicas y adornos para comerciar en el poblado.

 

Hola, mi nombre es Pentio Festio de la tribu cántabra de los vadinienses y esta era la casa de mis abuelos, donde yo solía pasar algún tiempo.
La casa tenía la parte inferior de piedra, las paredes eran de ramas entretejidas que luego se cubrían de barro y se pintaban de colores. El techo era totalmente de paja.
E en interior de la vivienda mi abuela y mi madre molían el cereal junto al fuego con unos molinos circulares, mientras que mi padre y abuelo afilaban los útiles que utilizaban para trabajar los campos.


No sabemos cuándo se despobló el castro, posiblemente antes de los últimos episodios de la guerra todas vez que se encuentra en el límite meridional del país que se sitúa en esta zona en Cistierna, por lo que pudo ser sometido muy temprano. El castro se encuentra a 1255 metros de altitud, mientras que la cumbre de la Peña del Castro, bajo la que se ubica, tiene una cota de 1328 m. En la zona excavada se pueden ver tres habitaciones -que deben ser las que se recrean en el primer dibujo, dos cuadradas y una redonda-, la principal es la Casa de las Paredes Rojas que indica la cartela, tiene construidos los muros con doble hilada de mampostería y relleno de tierra como la muralla, aunque de menor grosor, presenta divisiones en su interior. Las otras dos habitaciones de menor tamaño y sin divisiones, tiene la base de sus muros de mampostería. La muralla que defendía el castro debe tener unos 2 m. de espesor, está construido entre dos paredes de mampostería y está rellenado de tierra -en la actualidad tiene un pequeño desprendimiento en la cara externa. Entre el muro y las habitaciones el suelo está empedrado.

Peña del Castro. A mitad de la montaña y a la izquierda se aprecia la
muralla en la que se distingue el derrumbe de materiales
La historia de los Cántabros, como hemos dicho al inicio, termina con la campaña del 19 a.C. a cargo de Cayo Agripa, yerno de Augusto. Agripa toma el mando de unas tropas romanas desorganizadas y desmoralizadas, que habían sufrido más una derrota -algunos soldados llevaban 10 años de campaña-, determina que tras el acoso sin cuartel que los cántabros sometían a las legiones, no hacer prisioneros. Todos los combatientes apresados eran ejecutados al momento. González Echegaray cita al respecto a Estrabón quien recordaba "una fila interminable de cruces donde agonizaban los cántabros aún sin fuerzas para entonar sus himnos de guerra". El país fue literalmente arrasado, los castros cercados y sometidos por hambre. Los supervivientes trasladados a la llanura. Los belicosos cántabros que desde 26 a.C. se habían sublevado contra Roma en cuatro ocasiones, tres de ellas junto a los astures antes de ser sometidos éstos, prefirieron la muerte al sometimiento. El propio Agripa, afectado por la crudeza de la campaña no quiso rendir cuentas al Senado ni aceptó los honores que el propio Augusto quiso rendirle.

Robledal descendiendo del castro camino de La Ercina

Para esta entrada he consultado, además de las cartelas informativas del propio castro, la siguiente documentación:

García González, Juan José, Ordenación geopolítica del espacio centro-meridional de la Cordillera Cantábrica (Siglos IV a.C.-VI d.C.), en Poder y Sociedad en la Baja Edad Media Hispánica, Universidad de Valladolid, Valladolid, 2002
González Echegaray, Joaquín, Cantabria Antigua, Ed. Tantín, Santander 1986.


En la visita al Museo Arqueológico de Madrid en la sección de romanización de la Península nos explican brevemente el sistema de financiación de las campañas militares de Roma, en este caso las Guerras Cántabras. Con el título de Moneda y ejércitos la cartela informativa resume el sistema de financiación y conmemoración de las campañas cántabras junto a varias monedas:

Dinero y soldados viajan juntos. Salarios y gastos de organización se pagan en moneda que, a veces, se acuña expresamente para la campaña. Así ocurrió con las guerras cántabras, para las que se emitieron, en algún lugar del noroeste, bronces con la caetra, el escudo circular hispano. Algunas victorias militares son conmemoradas en las monedas mediante escenas en las que aparecen los enemigos vencidos, sus armas y sus símbolos.

Ases de Augusto para la Guerras Cántabras
Bronce. Hacia 27-23 a.C. Ceca indeterminada en el Noroeste

Denarios de Publio Carisio conmemorando las Guerras Cántabras
Plata. Hacia 25-23 a.C. Augusta Emerita (Mérida, Badajoz)