miércoles, 29 de julio de 2015

El castillo de Pelegrina


Siguiendo nuestro recorrido por los castillos de Guadalajara después de visitar La Torresaviñán tomamos la carretera GU-118, dirección a Sigüenza. Esta es una carretera estrecha y sinuosa que deja atrás las llanuras de la Alcarria para internarse en el Parque Natural del Barranco del río Dulce. A unos 7 km. a la izquierda está el desvío que nos lleva a Pelegrina, una pequeña población muy cuidada entre las hoces del río Dulce y la campiña donde destacan  los restos de un castillo roquero esbelto que puede verse desde mucho antes de llegar al pueblo.


El acceso al castillo no tiene apenas dificultad y se hace por una calle que recuerda el antiguo trazado medieval bordeando la iglesia románica de la que sólo pude apreciar su ábside. El castillo se encuentra bastante deteriorado aunque mantiene en pie una puerta de ingreso entre dos formidables cubos orientados hacia río; a mitad del cerro se mantienen en pie otros tres cubos orientados al pueblo, y entre ambos restos los lienzos que se han perdido. Pregunté por la historia del castillo a lo que me respondió un visitante ocasional que aquellas ruinas no tenían historia alguna, algo sorprendente en una persona que se había molestado en llegar hasta allí. Le contesté que todos los castillos tienen una historia y que sólo había que buscarla.


El enclave de Pelegrina, estuvo poblado desde antiguo; cuenta con los restos de un cercano castro celtibérico. En época más reciente su historia va aparejada a la reconquista de Sigüenza por el obispo Bernardo de Agén en 1124 a quien el rey Alfonso VII donará Pelegrina y sus alrededores. Serán los obispos seguntinos quienes inician la obra del castillo a finales del mismo siglo XII para destinarlo a lugar de reposo en un entorno de tranquilidad y belleza, aunque bien pertrechado por la cercanía de los reinos musulmanes;, a los pies de la fortaleza se fue desarrollando la población.


Siguiendo a Jorge Jiménez Esteban,como hicimos en la historia de La Torresaviñán, nos introduce a través de un texto de Layna Serrano en la historia del castillo: "pocas noticias existen relativas a la fortaleza, sabiéndose únicamente que en el tiempo de Pedro I el Cruel fue secuestrada por éste con el pretexto de guarnecerla con tropas de confianza, dada su proximidad a la frontera de Aragón, casi siempre en guerra con Castilla y el saqueo que sufrió a finales del siglo XV por los navarros".


Siguiendo este guión nos encontramos con que la fortaleza estaba en la frontera entre reino castellano y el aragonés en el siglo XIV época  en la que mantuvieron diversas etapas de guerra durante el reinado de Pedro I el Cruel de Castilla; primero la Guerra de los dos Pedros (1356-1365) que lo enfrentó a Pedro IV el Ceremonioso, de Aragón; y posteriormente la guerra civil contra su hermanastro Enrique de Trastamara (1366-1371). Recordar que esta última se considera un episodio de la Guerra de los Cien años, un conflicto complejo siendo éste uno más dentro del conjunto de alianzas europeas que acabó propiciando el cambio dinástico en Castilla. Lo que a nosotros nos interesa es el apoyo del rey de Aragón a la causa del conde Enrique, el futuro Enrique II de Trastamara, por lo que es de imaginar que en alguna de las fases de la contienda el rey Pedro I mandase reforzar la línea defensiva en la que se encontraba el castillo ante una posible invasión desde el reino de aragonés.

Respecto al saqueo que sufrió por parte de las tropas navarras, éstas se produjeron tras la toma de Torija en 1445 por el capitán navarro Juan de Puelles al servicio de los Infantes de Aragón que los enfrentaba a Juan II de Castilla, y que duró hasta que Torija fue reconquista en 1447 o 1452. Desde allí los navarros lanzaban operaciones de saqueo por los alrededores que llegaron incluso a las puertas de Madrid.  Recordar que el infante Juan reinaría en Navarra también como Juan II, mismo nombre con el que reinaría luego en Aragón; aunque estos hechos se remontan a mediados de siglo y no a finales como nos sindica el texto de Layna Serrano.


No hay noticias del castillo hasta 1710 cuando fue incendiado por las tropas austriacas del general Guido von Starhemberg, tal como vimos en la historia de La Torresaviñán, en su retirada hacia Aragón tras la derrota que sufrieron en la batalla de Villaviciosa de Tajuña durante la Guerra de Sucesión. Posteriormente, según la mayoría de las fuentes, el castillo fue restaurado.

Un siglo después, fue testigo  de la Guerra de la Independencia  y pudo ser habitado por Juan Martín El Empecinado, jefe de la guerrilla en la zona de Guadalajara en lucha contra el ejército francés. Como medida preventiva el ejército napoleónico incendiará el castillo para evitar que fuese refugio del guerrillero, dejándolo prácticamente en las ruinas que conocemos en la actualidad.


El castillo de Pelegrina es lo que se denomina castillo roquero y domina el valle del río Dulce. Su forma es alargada ligeramente pentagonal. Cuenta con fuertes cubos y torreones  cilíndricos esquineros. Los muros tienen un espesor de metro y medio, y en la zona oeste y parte del este ya no existen en la actualidad. Tuvo torre del homenaje cuadrada, de construcción más tardía, que contaba con dos pisos y estaba adosada a la parte norte defendiendo la puerta principal. Al sur se abre una puerta secundaria, entre dos potentes torreones cilíndricos, y según se ingresa a su izquierda debió contar con barbacana.

El castillo dejó de pertenecer a los obispos de Sigüenza tras la abolición de los señoríos a principios del siglo XIX. Según Jiménez Esteban el castillo fue desamortizado, vendido a un particular y finalmente revertió en el pueblo. En la actualidad presenta en estado ruinoso. Desde él se dominan las hoces del río Dulce. un paseo muy agradable y donde el doctor Félix Rodríguez de la Fuente rodó parte de sus documentales para televisión.


Para esta entrada he consultado varias fuentes debido, sobre todo, a la disparidad de fechas y ambigüedad y generalidad de los hechos, pero sobre todo:

Castillos de Guadalajara IJiménez Esteban, Jorge, Libros Penthalon, Madrid, 1992.
Guía de Campo de los Castillos de Guadalajara, Herrera Casado, Antonio, Ed. Aache, Guadalajara, 2000.
Poder y sociedad en la Baja Edad Media Hispánica. Estudios en homenaje al profesor Luis Vicente Díaz Martín., Universidad de Valladolid, Valladolid, 2002.

También me han parecido interesantes los siguientes enlaces:
http://enlavilladeberninches.blogspot.com.es/2011/10/juan-de-puelles-y-carne-de-cabra.html
https://otraiberia.wordpress.com/2013/04/04/el-castillo-de-pelegrina-guadalajara/




jueves, 23 de julio de 2015

El doctor Zhivago


El viernes 10 de julio, camino de Ávila, nuestra pequeña Siberia, oí saliendo de Madrid con casi 40 grados, que había muerto Omar Sharif. No soy mitómano, ni de recomendar libros ni películas pero con Sharif tengo una deuda impagable, con él y con todo el mundo que rodea al Doctor Zhivago empezando, cómo no, con Borís Pasternak.

Recuerdo que cuando leí la novela de Pasternak tuve la impresión, una teoría muy personal, de que era una obra que iba a quedar dentro de mi para siempre. La teoría consiste en que al principio de la novela hay tal cantidad de nombres ajenos a nuestro idioma, nombres rusos, que me era imposible memorizarlos para reubicar a los personajes en las siguientes escenas. El ejercicio de memorizar los nombre fija la trama, los escenarios y la personalidad de cada uno de ellos que hace que, si la novela es buena, en este caso es inconmensurable, permanecen en la memoria como un hecho realmente vivido. En toda la lectura nunca puse cara a los protagonistas, de eso se encargaría después la película ni Zhivago, como Striélnikov y Lara, no tenía rostro, pero daba igual, la trama humana y el devenir de las historias de la novela dejaban a un lado lo puramente físico para introducir al lector en episodios de un belleza literaria indescriptible. Realmente la novela tiene pasajes sublimes.

Y así me dejé llevar por los personajes, sus circunstancias y sus vidas. Cuando terminé de leerla creí que si bien el protagonista es Zhivago, quien realmente mueve el argumento, la presencia casi perenne de la novela, es Lara; el amor de Zhivago por ella; es el temor del temible Striélnikov que se siente superado por ella, es en definitiva el nexo del argumento. Lara, siempre Lara, la mujer que acompaña a un hombre que es arrastrado por las circunstancias de la historia. En ocasiones creía ver en el personaje del doctor un ser pusilánime que vive entre dos bandos; entre el ejército rojo y el ejército blanco, que lucha como médico en un mundo de muerte, entre guerras y sufrimiento y busca su espacio vital entre dos mujeres y la vida burguesa que representa el amor de Lara y la poesía,

Nunca más volvía a releer la novela. Una edición más moderna descansa en un estante de mi librería, y como hago en ocasiones con La Regenta, las obras de Machado o el Libro del Buen Amor. que suelo releer, la dejo ahí, como olvidada, quizá sea por la película que, como ocurre con las películas basadas en novelas, es casi imposible que produzcan las sensaciones que la misma novela produce, pero sirvió, como decía antes, para poner rostro a los protagonistas, dejando a un lado a quien realmente es el protagonista de la película: David Lean, el director.

Es también mi propia teoría, las películas son obra de los directores. Los actores suelen ser algo secundario, una pieza más que el director mueve y coloca a su antojo, por lo que la elección de Omar Sharif para encarnar a Zhivago siempre me ha perecido más que acertada, un hombre que se deja arrastrar por las circunstancias; así como el papel del oscuro personaje de Striélnikov interpretado por Tom Courtenay y el de Julie Christie en el papel de Lara. Y es de nuevo Lara quien me cautiva en la película, Julie Christie bellísima sacude los cimientos de la revolución y la humanidad de los protagonistas; supera en su papel la belleza de los paisajes, las tomas profundas e infinitas de Lean, los silencios que se impone desde el inicio, hasta la no menos hermosa melodía que compuso Maurice Jarret, el Tema de Lara, el sonido de larguísimos trenes, troikas, balalaicas y los aterradores cañonazos que asolaban el horizonte. Nunca he sabido qué fue de Christie, ni de Courtenay, para mí se quedaron en esta película, casi al igual que Zhivago, Omar Sharif, siempre se quedó en mi memoria como los protagonistas de la novela y después del libro.

Aún tengo la película en mi disco duro junto al televisor y de vez en cuando veo trozos de 10 o 15 minutos, como hago con los libros favoritos y que no hago con ninguna otra película, y quizá esto sea pecado, no lo sé, pero es lo que hago. La película se rodó prácticamente en España, gran parte en Madrid, y en ocasiones me invitaba a jugar a intentar reconocer entre todos los personajes con los que uno se cruza por la Gran Vía madrileña, como me pasara una vez con Sara Montiel, ver paseando de la mano a Lara y a Zhivago, ahora algo imposible.

miércoles, 1 de julio de 2015

El castillo de La Torresaviñán


La Torresaviñán es una pequeña población que se encuentra a la derecha de la autovía de Madrid a Zaragoza, la A-2, dependiente de la cercana Torremocha del Campo, a unos 2 kilómetros, desde donde se puede ver los restos del castillo sobre un cerro. Destaca la torre del homenaje que parece que va a desmoronarse y que el viajero puede disfrutar, desde la distancia y durante varios kilómetros, los restos de este castillo -al que se accede por una pendiente que se inicia junto a una fuente que hay a la entrada del pueblo-, donde se conoce a la fortaleza como el castillo de la Luna.


La Torresaviñán, indica el panel informativo al pie de la fuente desde donde parte el camino que nos llevará hasta la fortaleza, formaba parte del territorio de los valles del Henares y del Tajuña que Alfonso VI conquista tras la toma de Toledo en 1085. La fortaleza fue construida por don Manrique de Lara, primer señor de Molina, quien se encargó de repoblar la zona. Su construcción es a partir de una torre árabe a la que se añadió el posterior recinto, torre "que estaría en relación con otras torres de Torremocha, que dista dos kilómetros en línea recta, Alcolea del Pinar, Barbatona, Bujarrabal, Anguita, Albalate y Luzón". Alfonso VII donó el pueblo al poderoso Obispado de Sigüenza quien lo traspasaría al Infante Don Juan Manuel, para terminar en manos de los Duques del Infantado.


El castillo lo forma una torre de planta rectangular que se une a un recinto cuadrado formado con "tres cubos cuadrados de los que falta el del ángulo sureste", nos indica Jorge Jiménez Esteban en sus Castillos de Guadalajara. La gran torre, añade, tiene una puerta en el primer piso, los sillares de la cara interior que da al patio de armas, parecen obra islámica. La torre "mide de planta treinta metros y seis con cincuenta aproximadamente y los muros tiene un grosor de uno ochenta metros. La altura llega a los dieciséis metros y en la cara que da al patio tiene varias ventanas". Cuenta la torre con cuatro pisos y carece de escalera de acceso, por lo que debió ser necesaria una escalera de mano que sería retirada desde dentro en caso de ataque. La planta baja se utilizó como prisión y se accedía a ella sólo por un agujero desde el primer piso. Las otras dos torres miden tres por tres metros de lado y están construidas en sillarejo. Según Jiménez Esteban, siguiendo a Layna Serrano, "esta torre está en la transición de torre a castillo, porque como torre cuenta con demasiadas defensas y como castillo con muy pocas al carecer de barbacana, , matacanes, puente levadizo, etc.". El recinto estaba rodeados por dos fosos circulares, en la actualidad fáciles de observar, escavados en el propio cerro y que dificultaban el acceso a la fortaleza.


Con este aspecto y completo debió llegar la fortaleza hasta 1710 cuando sufrió los efectos de la retirada de las tropas austriacas tras la Batalla de Villaviciosa de Tajuña hacia Aragón. A mediados de noviembre de 1710 las tropas aliadas austriacas e inglesas que apoyaban al archiduque Carlos de Austria en la pretensión a la corona de España, enfrentado a Felipe V, abandonan Madrid dirección a Cataluña. Lo hacen de forma ordenada y en columnas formadas por tropas de la misma nacionalidad. La nieve, la lluvia y el frío hicieron que las tropas austriacas, al mando del general Starhemberg, y las inglesas, al mando del general Stanhope, se separasen. Las tropas inglesas acamparon junto a Brihuega. Allí fueron asediadas por las tropas hispano francesas la mando de José Luis de Borbón, Duque de Vendôme. El 8 de diciembre entablaron la llamada Batalla de Brihuega donde las tropas inglesas son vencidas dejando un saldo entre los ingleses de 300 muertos y 3.000 supervivientes hechos prisioneros.

Monumento conmemorativo de las batallas de Brihuega y Villaviciosa de
Tajuña en esta última población
Desco nociendo que los ingleses habían capitulado, el general austriaco Starhemberg partió el día 9 desde Cifuentes, al mando de 14.000 soldados, dirección a Brihuega para auxiliar a Stanhope. La mañana del día 10 en una llanura frente a Villaviciosa de Tajuña, se encontró frente a las tropas hispano-francesas al mando del Duque de Vendôme compuestas de 20.000 soldados, entre los que se encontraba el propio rey Felipe V. Tras una cruenta batalla las tropas austriacas se retiran y, aunque el resultado es incierto, proclaman su victoria, no obstante "la cantidad de muertos, las decenas de heridos, piezas abandonadas y despojos de su ejército que se hallaron los días siguientes en los alrededores del campo de batalla no podían ocultar la realidad de la derrota". El 6 de enero de 1711 Guido von Starhemberg entró en Barcelona al frente de unos 6000 o 7000 soldados, habiendo perdido durante la batalla y el trayecto la mitad de sus efectivos.


En su retirada tras la Batalla de Villaviciosa de Tajuña el ejército austriaco llegó a La Torresaviñán donde volaron a cañonazos las murallas y parte de la torre del castillo y, según Layna Serrano, desde entonces presenta el aspecto ruinoso que mantiene en la actualidad que, "a pesar de la condición de Bien de Interés Cultural, presenta un deficiente estado de conservación", según denuncia el cartel informativo que hay en la entrada del pueblo.


Entre otras curiosidades, el tramo de la autovía A-2 que bordea Torremocha del Campo fue el último tramo construido para finalizar la autovía Madrid-Zaragoza justo antes de los fastos de 1992; y en la curva del km. 115, desde donde comienza a verse La Torresaviñán desde Torremocha, el mediodía del 15 de diciembre de 1993 fallecía en accidente de tráfico, el capitán general Manuel Gutiérrez Mellado. quien en 1981 se enfrentó al golpista Tejero en el Congreso de los Diputados.

La Torresaviñán desde el castillo. En primer plano se distinguen los restos
de los dos fosos que lo rodeaban.
Para esta entrada he consultado la siguiente bibliografía:

Castillos de Guadalajara I, Jiménez Esteban, Jorge, Libros Penthalon, Madrid, 1992.

Además del cartel informativo en el pueblo y reseña en la web:
 http://www.turismocastillalamancha.es/patrimonio/castillo-de-la-torresavinan-102564/visita/

También he consultado las entradas en Wikipedia sobre La Torresaviñán y las batallas de Brihuega y Villaviciosa de Tajuña. Para estas últimas se puede encontrar información más extensa en:
http://web.archive.org/web/20120204174417/http://www.ingenierosdelrey.com/guerras/1702_sucesion/1710_villaviciosa.htm




Mortero cilíndrico de 250 mm bronce fundido. 61 cm de longitud y 300 kg de peso
Pieza original de 1705. Archivo General Militar de Ávila.

viernes, 12 de junio de 2015

Mingorría: El molino de Pablo


La veleta de la iglesia señala hacia levante. Sobre la pequeña espadaña que corona la iglesia la cigüeña aburrida claquetea el pico, machar el ajo que dicen por aquí, y parece dar vida más allá del canto de los tordos que  por los tejados, van de antena en antena, y el piar de gorriones, vencejos, aviones y golondrinas que cruzan el cielo zigzagueando sin parar. No hay una nube en el cielo y a lo lejos se ve volar un águila. La mañana se ha levantado fresca, es día del Corpus Christi, y no es festivo en el pueblo, pero sí en Madrid, de donde vienen unos amigos para hacer una excursión por los alrededores del pueblo. El objetivo es ir al río, al Molino de Pablo y volver para la hora de comida.

Salimos del pueblo hacia el sur, cuesta arriba por el Alto de San Blas. A mitad de la cuesta tomamos el primer desvío a la derecha, dejando la ermita de la Virgen y el verraco celtibérico aún más a la derecha. A la izquierda del camino hay unas naves y un corral donde gruñen dos cerdos blancos; a la derecha una veta de cuarzo en Rogallinas separa el camino de los sembrados. Esta veta tiene pequeñas cristalizaciones de piritas fáciles de encontrar, justo en la zona donde comienza a descender el camino, frente al aserradero de piedra, hasta llegar a la vaguada donde se remansa el agua de un manantial. Allí nos cruzamos con Félix que vuelve de pasear con su galgo, nos saludamos y seguimos el camino hasta llegar al arroyo, un pequeño reguero de agua clara que forma el manantial. A partir de aquí el paisaje se despeja, a la derecha crecen, pegadas a una pared de piedra, unas zarzas espesas, bien regadas por el arroyo que darán, seguro, moras dulces como la miel a finales de agosto, ahora apenas están en flor; a la izquierda un campo de centeno se extiende en suave cuesta hasta el horizonte.

Un  poco más adelante nos cruzamos con un Land-Rover; el conductor nos saluda desde dentro sin bajar la ventanilla, a su paso se levanta una pequeña polvareda. El zarzal, terminado el muro de piedra sobre el que crece, da paso al encinar y a los berrocales que hacen casi imposible el cultivo con el tractor. A unos cien metros se ve la entrada a una finca cercada con valla de alambre que nos acompañará todo el trayecto, y a la izquierda, en un barbecho, pace un rebaño de cabras. Es la antesala del monte, el encinar por donde campa el conejo, el zorro, el jabalí y, según me han contado, también el lobo. El viento, suave, se encrespa por momentos y nos obliga a sujetar los sombreros mientras a lo lejos el pastor que vigila el rebaño de cabras nos saluda apoyado en su garrote; a su lado un perro color canela recién esquilado que desde el camino parece un cordero. Son las once y el sol comienza a calentar.

El camino por momentos se pierde, a la izquierda quedan trozos de una pared de piedra y algún que otro mojón de las fincas abandonadas. Los excursionistas comenzamos a formar grupos sin darnos cuenta. Sobre nosotros se recorta la silueta de una cigüeña y al fondo, entre la copa de las encinas se ve la presa y su la derecha dos pequeños montículos que forman Las Cogotas, donde está el castro celta, se llama así porque semejan dos cogotes, y da nombre a la presa. Durante la charla pasamos junto a la piedra de una linde que tiene encima piedras pequeñas y una raíz reseca: "Alguien se lo llevará" dice Luisa que va a mi lado, está tan seca que ya no sirve ni para la lumbre de la chimenea", y al mirar, una lagartija levanta orgullosa la cabeza mientras se calienta al sol sobre un trozo de pizarra.

El tomillo y los berceos comienzan a apoderarse del camino y conforme avanzamos la vereda se borra y el matorral nos empuja hacia la valla de metal y afloran algunas pizarras; el suelo se torna por momentos en un pedregal incómodo que termina en una  pendiente sinuosa que nos lleva hasta el cauce seco de un arroyo. Aquí el paisaje cambia, el suelo se esponja bajo la sombra de la hojarasca de chopos y fresnos y al abrigo de farallones de granito y pizarras formando una pequeña pradera desde donde se oye correr el agua del río. Es el Adaja, como diría Machado y aunque no lo merezca, uno de los arroyos que buscan al padre Duero, que se remansa y corre dirección a Arévalo. Al entrar en la pradera, al final de la pendiente polvorienta, nos recibe un pequeño muro que sirve para encauzar el arroyo ahora seco cuando lleva agua. No tiene el muro más de un metro de altura y medio de ancho y desemboca en el canal principal que vierte en el saetín donde en su día moviera los mecanismos del molino.

A la izquierda se abre la pradera. El tronco de un chopo caído sirve de asiento a los excursionistas frente al canal que se construyó para llevar el agua al molino. La hierba mullida está salpicada de poleo y ortigas y rezuma el frescor de la corriente de agua cristalina. Bordea el canal una pared ancha y alta, de más de un metro de espesor, construida con grandes piedras sobre las que descansan losas de granito y restos de las muelas desgastadas del molino. Mientras los excursionistas comen fruta, me paseo sobre el muro, sorteando zarzas y juncos, hasta llegar a la entrada de la esclusa que da paso al agua. De ahí vuela un mirlo para perderse en la espesura de las mimbreras. Me entretengo oyendo el murmullo del agua, mirando las mariposas que revolotean nerviosas y una pareja de libélulas rojas que juegan a perseguirse.

Sobre la piedra de la entrada de la esclusa aún está parte del mecanismo que levanta la reja, ahora desaparecida, que servía de compuerta para inundar el canal; en el remanso que se forma a la entrada se refleja la orilla derecha iluminada por el sol, tiene frondosos tonos verdes con vegetación más espesa, por donde ya no pasar nadie y el encinar ha vuelto a adueñarse del monte. Sobre el remanso del río un grupo de zapateros de larguísimas patas parece patinar sobre agua. Vuelvo paseando despacio por encima de la pared, las piedras inseguras y mal asentadas amenazan con desmoronarse sobre todo en una zona que parece que en su día fue el aliviadero, hasta llegar al final del canal donde, en una boca oscura y ancha, el cubo, se vierte el agua al saetín que movería si las hubiera palas, engranajes, poleas y palancas, que abandonadas desde hace años, han desaparecido.

El molino son dos edificios construidos en mampostería. En el de la derecha, que debía ser almacén, sólo queda las paredes; mientras que el molino propiamente dicho, conserva gran parte del tejado, aunque se ha derrumbado el centro cediendo la viga central y la zona que era el primer piso. La viga aún tiene clavados algunos cabrios y parte de la tarima que fuese piso, y entre ellos aún quedan algunos nidos de pájaros. Al fondo del edificio hay una gran piedra de moler en posición vertical y algunos muebles como cajoneras y peldaños de la escalera, maderas carcomidas y semienterradas por cascotes de teja y el resto del tejado que se sostiene en difícil equilibro. Todo el tejado amenaza con derrumbarse en cualquier momento sobre las zarzas que se han adueñado del interior.
Sobre la puerta hay una zona enfoscada que debió tener un nombre o una fecha, pero ahora no se lee nada. Sólo, sobre la roca que resguarda parte del edifico que debió ser almacén, y que es de difícil acceso, hay un nombre escrito con letra inglesa "letra con la que aprendieron a escribir en los años 20" me dice Luisa; y al otro lado, hay escritas unas letras con pintura roja, pintura como la que utilizan los canteros para marcar las piedras.

La mayor parte de los excursionistas ya había abandonado el lugar. El camino de vuelta, cuesta arriba, resulta algo más difícil: "Seguro, me dice Luisa, que este camino debía estar rellenado de tierra o enlosado" porque por allí bajaban y subían las bestias, burros y mulas, cargados de harina y grano. "Y en pago, añade, dejaban la maquila al molinero", y como muestra de ese pasado no tan lejano, enterrada entre el polvo blanco, sobresale un trozo de herradura oxidada.

El sol se filtra entre las encinas que nos acompañan ahora a nuestra derecha, y algún saltamontes gris se cruza abriendo sus alas azuladas para llegar aún más lejos en el salto. El monte parece a trechos un mar verdoso de berceos dorados. Nos detenemos un momento frente a una encina que el azar ha hecho que crezca entre dos grandes bloques del berrocal. mientras al son de las esquilas se acercan ahora desperdigadas las cabras. El cabrero, la piel quemada por el sol, se ha desabotonado la camisa."Hace calor, le digo", "Ayer hizo más, contesta, al menos esta mañana ha refrescado. Pero, añade, aún va a calentar", y sigue su camino. El perro que parece un cordero nos olisquea y se marcha tras su amo.

Seguimos hasta llegar de nuevo a la entrada de la finca cercada por la valla de alambre, tomando el camino entre el campo de centeno, el barbecho donde pastaban las cabras y la pared que, rematada de zarzas, termina en el manantial que se remansa antes de subir la cuesta de Rogallinas, con su veta de cuarzo blanco y sus diminutas piritas. Y al bajar la cuesta, ya en el último corral, la pareja de cerdos blancos ya no gruñe, se ha refugiado del sol y del aire que sopla solano, a la sombra de un chamizo. Sólo faltan unos metros para llegar a los olmos que jalonan el Alto de San Blás hasta las primeras casas, el jardín de la piscina municipal y el bar donde nos esperan sentados a la sombra, desde hace un rato a Luisa y a mi, el resto de excursionistas. Y al llegar pregunté: ¿quién era Pablo, el del molino?. "Si vas a la casa pintada de blanco con el zócalo pintando de azul, como las casas de la Mancha, que está llegando al final del pueblo, igual allí te lo dicen, porque allí vivía Pablo. Cuentan que estuvo en Filipinas, fue de los últimos en volver". Esto me contestaron y con esta anécdota terminó la excursión al río y al Molino de Pablo.