miércoles, 1 de julio de 2015

El castillo de La Torresaviñán


La Torresaviñán es una pequeña población que se encuentra a la derecha de la autovía de Madrid a Zaragoza, la A-2, dependiente de la cercana Torremocha del Campo, a unos 2 kilómetros, desde donde se puede ver los restos del castillo sobre un cerro. Destaca la torre del homenaje que parece que va a desmoronarse y que el viajero puede disfrutar, desde la distancia y durante varios kilómetros, los restos de este castillo -al que se accede por una pendiente que se inicia junto a una fuente que hay a la entrada del pueblo-, donde se conoce a la fortaleza como el castillo de la Luna.


La Torresaviñán, indica el panel informativo al pie de la fuente desde donde parte el camino que nos llevará hasta la fortaleza, formaba parte del territorio de los valles del Henares y del Tajuña que Alfonso VI conquista tras la toma de Toledo en 1085. La fortaleza fue construida por don Manrique de Lara, primer señor de Molina, quien se encargó de repoblar la zona. Su construcción es a partir de una torre árabe a la que se añadió el posterior recinto, torre "que estaría en relación con otras torres de Torremocha, que dista dos kilómetros en línea recta, Alcolea del Pinar, Barbatona, Bujarrabal, Anguita, Albalate y Luzón". Alfonso VII donó el pueblo al poderoso Obispado de Sigüenza quien lo traspasaría al Infante Don Juan Manuel, para terminar en manos de los Duques del Infantado.


El castillo lo forma una torre de planta rectangular que se une a un recinto cuadrado formado con "tres cubos cuadrados de los que falta el del ángulo sureste", nos indica Jorge Jiménez Esteban en sus Castillos de Guadalajara. La gran torre, añade, tiene una puerta en el primer piso, los sillares de la cara interior que da al patio de armas, parecen obra islámica. La torre "mide de planta treinta metros y seis con cincuenta aproximadamente y los muros tiene un grosor de uno ochenta metros. La altura llega a los dieciséis metros y en la cara que da al patio tiene varias ventanas". Cuenta la torre con cuatro pisos y carece de escalera de acceso, por lo que debió ser necesaria una escalera de mano que sería retirada desde dentro en caso de ataque. La planta baja se utilizó como prisión y se accedía a ella sólo por un agujero desde el primer piso. Las otras dos torres miden tres por tres metros de lado y están construidas en sillarejo. Según Jiménez Esteban, siguiendo a Layna Serrano, "esta torre está en la transición de torre a castillo, porque como torre cuenta con demasiadas defensas y como castillo con muy pocas al carecer de barbacana, , matacanes, puente levadizo, etc.". El recinto estaba rodeados por dos fosos circulares, en la actualidad fáciles de observar, escavados en el propio cerro y que dificultaban el acceso a la fortaleza.


Con este aspecto y completo debió llegar la fortaleza hasta 1710 cuando sufrió los efectos de la retirada de las tropas austriacas tras la Batalla de Villaviciosa de Tajuña hacia Aragón. A mediados de noviembre de 1710 las tropas aliadas austriacas e inglesas que apoyaban al archiduque Carlos de Austria en la pretensión a la corona de España, enfrentado a Felipe V, abandonan Madrid dirección a Cataluña. Lo hacen de forma ordenada y en columnas formadas por tropas de la misma nacionalidad. La nieve, la lluvia y el frío hicieron que las tropas austriacas, al mando del general Starhemberg, y las inglesas, al mando del general Stanhope, se separasen. Las tropas inglesas acamparon junto a Brihuega. Allí fueron asediadas por las tropas hispano francesas la mando de José Luis de Borbón, Duque de Vendôme. El 8 de diciembre entablaron la llamada Batalla de Brihuega donde las tropas inglesas son vencidas dejando un saldo entre los ingleses de 300 muertos y 3.000 supervivientes hechos prisioneros.

Monumento conmemorativo de las batallas de Brihuega y Villaviciosa de
Tajuña en esta última población
Desco nociendo que los ingleses habían capitulado, el general austriaco Starhemberg partió el día 9 desde Cifuentes, al mando de 14.000 soldados, dirección a Brihuega para auxiliar a Stanhope. La mañana del día 10 en una llanura frente a Villaviciosa de Tajuña, se encontró frente a las tropas hispano-francesas al mando del Duque de Vendôme compuestas de 20.000 soldados, entre los que se encontraba el propio rey Felipe V. Tras una cruenta batalla las tropas austriacas se retiran y, aunque el resultado es incierto, proclaman su victoria, no obstante "la cantidad de muertos, las decenas de heridos, piezas abandonadas y despojos de su ejército que se hallaron los días siguientes en los alrededores del campo de batalla no podían ocultar la realidad de la derrota". El 6 de enero de 1711 Guido von Starhemberg entró en Barcelona al frente de unos 6000 o 7000 soldados, habiendo perdido durante la batalla y el trayecto la mitad de sus efectivos.


En su retirada tras la Batalla de Villaviciosa de Tajuña el ejército austriaco llegó a La Torresaviñán donde volaron a cañonazos las murallas y parte de la torre del castillo y, según Layna Serrano, desde entonces presenta el aspecto ruinoso que mantiene en la actualidad que, "a pesar de la condición de Bien de Interés Cultural, presenta un deficiente estado de conservación", según denuncia el cartel informativo que hay en la entrada del pueblo.


Entre otras curiosidades, el tramo de la autovía A-2 que bordea Torremocha del Campo fue el último tramo construido para finalizar la autovía Madrid-Zaragoza justo antes de los fastos de 1992; y en la curva del km. 115, desde donde comienza a verse La Torresaviñán desde Torremocha, el mediodía del 15 de diciembre de 1993 fallecía en accidente de tráfico, el capitán general Manuel Gutiérrez Mellado. quien en 1981 se enfrentó al golpista Tejero en el Congreso de los Diputados.

La Torresaviñán desde el castillo. En primer plano se distinguen los restos
de los dos fosos que lo rodeaban.
Para esta entrada he consultado la siguiente bibliografía:

Castillos de Guadalajara I, Jiménez Esteban, Jorge, Libros Penthalon, Madrid, 1992.

Además del cartel informativo en el pueblo y reseña en la web:
 http://www.turismocastillalamancha.es/patrimonio/castillo-de-la-torresavinan-102564/visita/

También he consultado las entradas en Wikipedia sobre La Torresaviñán y las batallas de Brihuega y Villaviciosa de Tajuña. Para estas últimas se puede encontrar información más extensa en:
http://web.archive.org/web/20120204174417/http://www.ingenierosdelrey.com/guerras/1702_sucesion/1710_villaviciosa.htm




Mortero cilíndrico de 250 mm bronce fundido. 61 cm de longitud y 300 kg de peso
Pieza original de 1705. Archivo General Militar de Ávila.

viernes, 12 de junio de 2015

Mingorría: El molino de Pablo


La veleta de la iglesia señala hacia levante. Sobre la pequeña espadaña que corona la iglesia la cigüeña aburrida claquetea el pico, machar el ajo que dicen por aquí, y parece dar vida más allá del canto de los tordos que  por los tejados, van de antena en antena, y el piar de gorriones, vencejos, aviones y golondrinas que cruzan el cielo zigzagueando sin parar. No hay una nube en el cielo y a lo lejos se ve volar un águila. La mañana se ha levantado fresca, es día del Corpus Christi, y no es festivo en el pueblo, pero sí en Madrid, de donde vienen unos amigos para hacer una excursión por los alrededores del pueblo. El objetivo es ir al río, al Molino de Pablo y volver para la hora de comida.

Salimos del pueblo hacia el sur, cuesta arriba por el Alto de San Blas. A mitad de la cuesta tomamos el primer desvío a la derecha, dejando la ermita de la Virgen y el verraco celtibérico aún más a la derecha. A la izquierda del camino hay unas naves y un corral donde gruñen dos cerdos blancos; a la derecha una veta de cuarzo en Rogallinas separa el camino de los sembrados. Esta veta tiene pequeñas cristalizaciones de piritas fáciles de encontrar, justo en la zona donde comienza a descender el camino, frente al aserradero de piedra, hasta llegar a la vaguada donde se remansa el agua de un manantial. Allí nos cruzamos con Félix que vuelve de pasear con su galgo, nos saludamos y seguimos el camino hasta llegar al arroyo, un pequeño reguero de agua clara que forma el manantial. A partir de aquí el paisaje se despeja, a la derecha crecen, pegadas a una pared de piedra, unas zarzas espesas, bien regadas por el arroyo que darán, seguro, moras dulces como la miel a finales de agosto, ahora apenas están en flor; a la izquierda un campo de centeno se extiende en suave cuesta hasta el horizonte.

Un  poco más adelante nos cruzamos con un Land-Rover; el conductor nos saluda desde dentro sin bajar la ventanilla, a su paso se levanta una pequeña polvareda. El zarzal, terminado el muro de piedra sobre el que crece, da paso al encinar y a los berrocales que hacen casi imposible el cultivo con el tractor. A unos cien metros se ve la entrada a una finca cercada con valla de alambre que nos acompañará todo el trayecto, y a la izquierda, en un barbecho, pace un rebaño de cabras. Es la antesala del monte, el encinar por donde campa el conejo, el zorro, el jabalí y, según me han contado, también el lobo. El viento, suave, se encrespa por momentos y nos obliga a sujetar los sombreros mientras a lo lejos el pastor que vigila el rebaño de cabras nos saluda apoyado en su garrote; a su lado un perro color canela recién esquilado que desde el camino parece un cordero. Son las once y el sol comienza a calentar.

El camino por momentos se pierde, a la izquierda quedan trozos de una pared de piedra y algún que otro mojón de las fincas abandonadas. Los excursionistas comenzamos a formar grupos sin darnos cuenta. Sobre nosotros se recorta la silueta de una cigüeña y al fondo, entre la copa de las encinas se ve la presa y su la derecha dos pequeños montículos que forman Las Cogotas, donde está el castro celta, se llama así porque semejan dos cogotes, y da nombre a la presa. Durante la charla pasamos junto a la piedra de una linde que tiene encima piedras pequeñas y una raíz reseca: "Alguien se lo llevará" dice Luisa que va a mi lado, está tan seca que ya no sirve ni para la lumbre de la chimenea", y al mirar, una lagartija levanta orgullosa la cabeza mientras se calienta al sol sobre un trozo de pizarra.

El tomillo y los berceos comienzan a apoderarse del camino y conforme avanzamos la vereda se borra y el matorral nos empuja hacia la valla de metal y afloran algunas pizarras; el suelo se torna por momentos en un pedregal incómodo que termina en una  pendiente sinuosa que nos lleva hasta el cauce seco de un arroyo. Aquí el paisaje cambia, el suelo se esponja bajo la sombra de la hojarasca de chopos y fresnos y al abrigo de farallones de granito y pizarras formando una pequeña pradera desde donde se oye correr el agua del río. Es el Adaja, como diría Machado y aunque no lo merezca, uno de los arroyos que buscan al padre Duero, que se remansa y corre dirección a Arévalo. Al entrar en la pradera, al final de la pendiente polvorienta, nos recibe un pequeño muro que sirve para encauzar el arroyo ahora seco cuando lleva agua. No tiene el muro más de un metro de altura y medio de ancho y desemboca en el canal principal que vierte en el saetín donde en su día moviera los mecanismos del molino.

A la izquierda se abre la pradera. El tronco de un chopo caído sirve de asiento a los excursionistas frente al canal que se construyó para llevar el agua al molino. La hierba mullida está salpicada de poleo y ortigas y rezuma el frescor de la corriente de agua cristalina. Bordea el canal una pared ancha y alta, de más de un metro de espesor, construida con grandes piedras sobre las que descansan losas de granito y restos de las muelas desgastadas del molino. Mientras los excursionistas comen fruta, me paseo sobre el muro, sorteando zarzas y juncos, hasta llegar a la entrada de la esclusa que da paso al agua. De ahí vuela un mirlo para perderse en la espesura de las mimbreras. Me entretengo oyendo el murmullo del agua, mirando las mariposas que revolotean nerviosas y una pareja de libélulas rojas que juegan a perseguirse.

Sobre la piedra de la entrada de la esclusa aún está parte del mecanismo que levanta la reja, ahora desaparecida, que servía de compuerta para inundar el canal; en el remanso que se forma a la entrada se refleja la orilla derecha iluminada por el sol, tiene frondosos tonos verdes con vegetación más espesa, por donde ya no pasar nadie y el encinar ha vuelto a adueñarse del monte. Sobre el remanso del río un grupo de zapateros de larguísimas patas parece patinar sobre agua. Vuelvo paseando despacio por encima de la pared, las piedras inseguras y mal asentadas amenazan con desmoronarse sobre todo en una zona que parece que en su día fue el aliviadero, hasta llegar al final del canal donde, en una boca oscura y ancha, el cubo, se vierte el agua al saetín que movería si las hubiera palas, engranajes, poleas y palancas, que abandonadas desde hace años, han desaparecido.

El molino son dos edificios construidos en mampostería. En el de la derecha, que debía ser almacén, sólo queda las paredes; mientras que el molino propiamente dicho, conserva gran parte del tejado, aunque se ha derrumbado el centro cediendo la viga central y la zona que era el primer piso. La viga aún tiene clavados algunos cabrios y parte de la tarima que fuese piso, y entre ellos aún quedan algunos nidos de pájaros. Al fondo del edificio hay una gran piedra de moler en posición vertical y algunos muebles como cajoneras y peldaños de la escalera, maderas carcomidas y semienterradas por cascotes de teja y el resto del tejado que se sostiene en difícil equilibro. Todo el tejado amenaza con derrumbarse en cualquier momento sobre las zarzas que se han adueñado del interior.
Sobre la puerta hay una zona enfoscada que debió tener un nombre o una fecha, pero ahora no se lee nada. Sólo, sobre la roca que resguarda parte del edifico que debió ser almacén, y que es de difícil acceso, hay un nombre escrito con letra inglesa "letra con la que aprendieron a escribir en los años 20" me dice Luisa; y al otro lado, hay escritas unas letras con pintura roja, pintura como la que utilizan los canteros para marcar las piedras.

La mayor parte de los excursionistas ya había abandonado el lugar. El camino de vuelta, cuesta arriba, resulta algo más difícil: "Seguro, me dice Luisa, que este camino debía estar rellenado de tierra o enlosado" porque por allí bajaban y subían las bestias, burros y mulas, cargados de harina y grano. "Y en pago, añade, dejaban la maquila al molinero", y como muestra de ese pasado no tan lejano, enterrada entre el polvo blanco, sobresale un trozo de herradura oxidada.

El sol se filtra entre las encinas que nos acompañan ahora a nuestra derecha, y algún saltamontes gris se cruza abriendo sus alas azuladas para llegar aún más lejos en el salto. El monte parece a trechos un mar verdoso de berceos dorados. Nos detenemos un momento frente a una encina que el azar ha hecho que crezca entre dos grandes bloques del berrocal. mientras al son de las esquilas se acercan ahora desperdigadas las cabras. El cabrero, la piel quemada por el sol, se ha desabotonado la camisa."Hace calor, le digo", "Ayer hizo más, contesta, al menos esta mañana ha refrescado. Pero, añade, aún va a calentar", y sigue su camino. El perro que parece un cordero nos olisquea y se marcha tras su amo.

Seguimos hasta llegar de nuevo a la entrada de la finca cercada por la valla de alambre, tomando el camino entre el campo de centeno, el barbecho donde pastaban las cabras y la pared que, rematada de zarzas, termina en el manantial que se remansa antes de subir la cuesta de Rogallinas, con su veta de cuarzo blanco y sus diminutas piritas. Y al bajar la cuesta, ya en el último corral, la pareja de cerdos blancos ya no gruñe, se ha refugiado del sol y del aire que sopla solano, a la sombra de un chamizo. Sólo faltan unos metros para llegar a los olmos que jalonan el Alto de San Blás hasta las primeras casas, el jardín de la piscina municipal y el bar donde nos esperan sentados a la sombra, desde hace un rato a Luisa y a mi, el resto de excursionistas. Y al llegar pregunté: ¿quién era Pablo, el del molino?. "Si vas a la casa pintada de blanco con el zócalo pintando de azul, como las casas de la Mancha, que está llegando al final del pueblo, igual allí te lo dicen, porque allí vivía Pablo. Cuentan que estuvo en Filipinas, fue de los últimos en volver". Esto me contestaron y con esta anécdota terminó la excursión al río y al Molino de Pablo.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Castillos: por tierras de Guadalajara


Hacía un tiempo que organizamos unos amigos un viaje por tierras de Guadalajara. Mi deseo era hacer de la visita una pequeña ruta de castillos por esta parte de la provincia. En principio era una visita a Sigüenza y aprovechamos el trayecto para desviarnos a otros pueblos por el camino, de los muchos que hay en la provincia, que tienen interés. Como son tantas las fortalezas y tan rica su historia, llevé conmigo como guía el libro Castillos de Guadalajara, de Jorge Jiménez Esteban, de un valor innegable y de gran ayuda cuya información pude complementar con las guías de las Oficinas de Turismo, la conversación con paisanos y los carteles que ilustran al pie de cada monumento su historia. Como hice en el Paseo por los castillos de Valladolid, iré desgranando, dentro de mis posibilidades, en entradas individuales la historia de cada uno de estos lugares.

El viaje lo iniciamos saliendo de Madrid por la carretera de Barcelona, la autovía A-2, el viernes 15, día de San Isidro, patrón de Madrid, que era fiesta local. La predicción del tiempo era excelente, caían la temperatura en torno a los 22 grados, aunque se preveía viento. La ruta programada comenzó con una breve parada en La Torresaviñán, en la Salida 118 antes de tomar la carretera local GU-118 dirección a Sigüenza.

Castillo de La Torresaviñán
La parada de La Torresaviñán fue breve, junto a la fuente desde donde sale el camino que lleva hasta el castillo. La fortaleza, de origen árabe, fue destruida en parte por las tropas del general Starhemberg en 1710 durante la Guerra de Sucesión. Tras esta breve parada tomamos la carretera GU-118, dirección Sigüenza, una vía estrecha y sinuosa que atraviesa el Parque Natural del Barranco del río Dulce. A unos 7 km. a la izquierda está el desvío a la siguiente parada, Pelegrina.

Castillo de Pelegrina
Pelegrina es una pequeña población muy cuidada entre las hoces del río Dulce y la campiña. Tiene los restos de un castillo esbelto y visible desde mucho antes de llegar al pueblo. La primera visita fue a las hoces del río Dulce. un paseo muy agradable con dos rutas posibles para hacer a pie. Hicimos la más corta, de unos 3,5 kilómetros, llegando hasta el lugar donde el doctor Félix Rodríguez de la Fuente rodó parte de sus documentales.

De vuelta al pueblo, la ascensión al castillo que domina el pueblo no tiene apenas dificultad. El castillo se encuentra bastante deteriorado aunque mantiene en pie la puerta de ingreso entre dos formidables cubos orientados hacia río, y a mitad del cerro otros tres cubos orientados al pueblo. Entre ambos restos se han perdido los lienzos. El castillo, frontera entre los reinos de Castilla y Aragón vivió diversas etapas de guerras: entre Pedro I y Enrique II en el siglo XIV; el asediado de las tropas navarras de los Infantes de Aragón en el XV; incendiado por las tropas austriacas del general Starhemberg, al igual que en La Torresaviñán, en el XVIII y posteriormente por las tropas francesas en la guerra de la Independencia en el XIX.

Catedral de Sigüenza
Desde Pelegrina seguimos por la misma carretera rumbo a Sigüenza, a 11 km. Entrando por esta carretera se tiene una impresionante vista del castillo que más tarde visitaremos. Primero fue la comida, y después la primera visita: a la Catedral. Un edificio es de origen románico cisterciense y cuenta con características de fortaleza. Construido a partir de 1124 por orden Bernardo de Agén, obispo aquitano que en esa fecha conquistó plaza a los árabes, terminó construyéndose en gótico tardío habiendo sufrido posteriores modificaciones en época del renacimiento, plateresco barroco y neoclásico. Destaca la capilla del Doncel representado en la inusual postura del caballero leyendo un libro; y la Sacristía de las Cabezas obra de Alonso de Covarrubias  del siglo XVI, Cuenta también con un lienzo de El Greco demás de una formidable colección de tapices flamencos del siglo XVII.

Castillo de Sigüenza
El otro gran edificio es el castillo, originariamente fue castro romano, fortaleza visigoda y alcazaba musulmana. Desde su conquista por Bernardo de Agén en 1124, fue residencia episcopal hasta finales del siglo XIX cuando pasó a ser casa asilo y casa cuartel y en ruinas desde la Guerra Civil en el XX, para convierte en Parador Nacional de Turismo tras una profunda reforma en 1972. Se puede visitar del interior sólo el patio de armas y la barbacana, que se ha transformado en aparcamiento. Es un edificio impresionante que se puede circundar por el exterior sin mucha dificultad.

Sigüenza cuenta con un casco histórico muy cuidado y de esta época mantiene restos de la antigua muralla, de la que se conservan cuatro puertas. También tiene dos iglesias románicas del siglo XII, San VicenteSantiago, esta última en restauración.

Puerta de acceso en la muralla de Palazuelos
A la mañana siguiente, después de muchas dificultades para encontrar un lugar donde desayunar, salimos dirección a Atienza por la CM-110. Al despedirnos de la ciudad, existe un momento en que la panorámica es excelente, pero como ya ocurriese en la entrada y posteriormente nos pasará en Jadraque, es imposible parar el coche para contemplarla. A 6 km. tomamos el primer desvío a la izquierda por una carretera local para hacer la primera parada del día en Palazuelos.

Castillo de Palazuelos
Palazuelos conserva prácticamente completa una muralla del siglo XV. mantiene así mismo los cubos semicirculares y cuatro puertas. Al noreste, integrado en la muralla, se levanta el castillo. Toda la obra -murallas y castillo-, los comenzó a construir el marqués de Santillana, don Íñigo López de Mendoza, a mediados del XV. El castillo tiene planta cuadrada y torre del homenaje, aunque carece de saeteras y ventanas, y a principios del siglo XIX fue saqueado por los franceses. En la actualidad es de propiedad particular y se está restaurando como vivienda. Posee también Palazuelos un rollo jurisdiccional y picota.

Iglesia del Salvador en Carabias
Por la misma carretera, a 4 km., está Carabias, nuestra siguiente parada. Es una pequeña población que cuenta con la iglesia románica del Salvador, joya del siglo XIII, y que posee una espectacular y hermosa galería porticada. Aquí la parada fue breve pues no encontramos quién nos abriese la iglesia por lo que hicimos el camino a la inversa para tomar la carretera CM-110 dirección a Atienza.

Salinas de Imón
A partir del cruce, a unos 9 km. a la derecha se puede ver a unos 4 km. de distancia el castillo de Riba de Santiuste justo antes de llegar a nuestra próxima parada, Imón. En este pueblo hay unas salinas que datan de época romana. La explotación, a partir del siglo XII, se hace al aire libre por sistema de evaporación. El colorido de las aguas estancadas del río Salado -rojizo, amarillo y blanco- hacen de las salinas un lugar singular en un entorno considerado microrreserva natural.

Castillo de Atienza
A media mañana llegamos a Atienza, población que se levanta al pie del cerro que domina un impresionante castillo roquero, punto estratégico entre ambas Castillas. Su historia que se remonta a la época prerromana. En la Edad Media los árabes hacen de Atienza un enclave principal y levantan una fortaleza sobre la roca; en la actualidad el acceso a pie es fácil y está bien acondicionado, aunque el fuerte viento ofrecía cierta dificultad para alcanzar la puerta de ingreso. La fortaleza pasó alternativamente de manos árabes a cristiana; frente a sus muralla "a siniestro deixan   Ati(enca), una peña muy fuert", pasó Don Rodrigo Díaz, del Cid camino del destierro. Es de destacar también los restos de la muralla que rodeaba la villa y varias iglesias románicas: Santa María del Rey y San Bartolomé, también es de gran belleza la plaza porticada del Trigo o del Mercado y la plaza de España donde está el museo etnográfico, muy completo, en la llamada Posada del Cordón.

Castillo de Jadraque
Después de la comida tomamos de nuevo la carretera CM-110 dirección a Sigüenza; a unos 5 km. tomamos la CM-101 dirección a Jadraque, que sería una parada improvisada, a unos 30 km. Una vez en el pueblo tomamos la CM-1000 dirección Miralrío. El castillo de Jadraque, conocido también como del Cid,  aunque sin relación con El Campeador, se encuentra en las afueras del pueblo, sobre una colina de la que ocupa todo su trazado. Nos costó llegar a él porque está en obras y se ha retirado el cartel, si es que lo había, que indica el acceso, y si se pasa ese punto se han de recorrer unos pocos kilómetros para poder dar la vuelta, porque no hay un lugar apropiado donde parar, ni siquiera para fotografiarlo. Una vez en el castillo, al que se accede por una cuesta muy empinada, coincidí con un paisano que me contó que las obras de pavimentación del terreno que rodea el castillo antes no existía, sino que los lienzos y las torres se asentaban directamente sobre la ladera del monte. Esta actuación, a modo de camino de ronda exterior, facilita dar la vuelta casi completa a toda la fortaleza. No puede entrar, aunque al parecer el Ayuntamiento facilita el acceso previa cita, sin embargo sí se puede ver el interior desde diversas aberturas en el lienzo oeste; no obstante, según Jiménez Esteban, "Interiormente, el castillo está vacío", éste nos recuerda la existencia de dos aljibes. El castillo perteneció a la familia Mendoza y a los duques del Infantado, en la actualidad es de propiedad municipal.

Y contemplando Jadraque a nuestros pies, el vasto valle del Henares hasta donde se alcanza a ver, como nos asegura Jiménez EstebanCastilblanco, Carrascosa, Bujalaro, Cendejas de la Torre y Cogolludo, además de las atalayas de Congosto y La Toba, salimos camino de Madrid con el sol aún alto para terminar nuestra ruta después de 334 km.

Valle del Henares desde el castillo de Jadraque

domingo, 29 de marzo de 2015

Castillo de Mombeltrán


Después de la visita al castillo de La Adrada de vuelta a Ávila lo hacemos por el Valle de las Cinco Villas, hasta llegar a Mombeltrán. Aquí comienza a serpear la calzada romana que culmina en el puerto del Pico. En esta villa se encuentra el tercer castillo de la vertiente solana de la sierra de Gredos, la última parada del viaje que iniciamos con la visita a Arenas de San Pedro. El castillo de Mombeltrán se encuentra en un paraje frondoso y de gran belleza; ha estado unido a los duques de Alburquerque desde que lo mandase construir Beltrán de la Cueva, I duque de Alburquerque, titulo creado para él por el rey Enrique IV en 1464. Desde entonces y hasta nuestros días han mantenido la propiedad de la fortaleza. El castillo no cuenta con hechos de guerra desde su construcción, aunque sí estuvo bien pertrechado durante las revueltas de las Comunidades; no obstante el lugar, Colmenar, como se llamaba originariamente, fue testigo y vivió algunos hechos durante la guerra civil que enfrentó a Pedro I el Cruel y Enrique de Trastamara futuro Enrique II


La tradición atribuye a Pascual Peláez la fundación de la villa, en tiempos de Fernando IV (1285-1312), al instalarse allí con sus colmenas, llamándose Colmenar de Pascual Peláez aunque otras fuentes lo denominan Colmenar de la Ferrería. En 1355, durante la guerra civil que enfrentó a Pedro I el Cruel con su hermanastro el conde Enrique de Trastamara, éste se disponía a cruzar con sus tropas el puerto del Pico para dirigirse a Ávila ciudad que se mantenía fiel al rey Pedro. Antes de cruzar el puerto el conde fue víctima de una emboscada por los habitantes los del lugar, partidarios del rey, obligándole a huir y retornar a Talavera desde donde había partido. Desde allí el de Trastamara tomará represalias contra Colmenar y sus gentes, y según cuenta la crónica"destruyó el logar de Colmenar, e quemole e morio alli mucha gente del dicho logar".


Colmenar estaba incluida en el alfoz de Ávila hasta que Enrique III en 1393 segrega el lugar y le otorga el título de Villa. Dos años más tarde lo dona al condestable Ruy López Dávalos, quien intenta construir allí un castillo "y que esta villa no se lo consintió hacer", por lo que decidió construirlo en Arenas de San Pedro. Durante el enfrentamiento de los Infantes de Aragón y el nuevo rey, Juan II , el condestable López Dávalos toma partido por los Infantes y en 1422 el lugar pasa a poder de don Juan, uno de los infantes, futuro rey de Navarra, rey de Aragón y padre de Fernando el Católico. Derrotados los infantes por don Álvaro de Luna y exiliado López Dávalos en Aragón, el lugar es confiscado en 1431 por Juan II  que lo dona a su favorito el condestable don Álvaro de Luna. El lugar se mantiene en poder de don Álvaro, hasta su caída en desgracia y posterior ejecución en 1453. El rey otorga entonces el lugar a doña Juana de Pimentel, la viuda de don Álvaro, aunque poco después y tras morir el rey, en 1461 el nuevo monarca, Enrique IV se lo quitará para donarlo a su favorito, don Beltrán de la Cueva, primer duque de Alburquerque, que dará nombre a la población, a partir de 1462, de Mombeltrán.


Beltrán de la Cueva fue el promotor de la obra principal de fortaleza, el recinto interior que tiene forma cuadrada formado por tres cubos circulares en las esquinas y un cuarto que supera en altura a los demás y que ejerce funciones de torre del homenaje, aunque  al parecer este último nunca llegó a terminarse. Las torres angulares están rematadas con merlones cuadrados y ménsulas que al parecer tienen una función simplemente decorativa a pesar de su traza militar del conjunto. La obra construida en sillería y mampostería de granito debió llevarse a cabo entre 1462 y 1474, puesto que en la entrada se encuentran los escudos de armas de su primera mujer, doña Mencía de Mendoza madre del primogénito Francisco de la Cueva, el futuro II duque de Alburquerque, con quien que estuvo casado hasta la muerte de ésta en 1476.


Dos años antes, en 1474, muere el rey Enrique IV y Juana de Pimentel reclamará a la sucesora en el trono, la reina Isabel la Católica sus derechos sobre el lugar alegando que le habían sido incautados injustamente por orden del anterior rey. Mientras se resuelve el pleito Beltrán de la Cueva llega a un acuerdo, tanto con Juana de Pimentel como con Juan II de Aragón que también reclama sus derechos. En 1476 la reina Isabel confirmará el señorío en favor de Beltrán de la Cueva.


Durante estos tiempos de tensión, y tal vez por motivos políticos, Beltrán de la Cueva se casa de nuevo en 1476, con Mencía Enríquez de Toledo, hija del duque de Alba, y terminará las obras del castillo reforzandolo con una barrera artillera en la que aparece el escudo de su segunda mujer. También funda, en 1477, un nuevo mayorazgo por privilegio de Fernando el Católico en el que dotaba Mombeltrán a un futuro heredero, al margen de los derechos de su primogénito; pero en 1479 fallece Mencía Enriquez de Toledo sin dejar descendencia.

En 1482 Beltrán de la Cueva contrae de nuevo matrimonio. Su tercera esposa es María de Velasco, viuda de Juan Pacheco e hija del condestable de Castilla. Otorga un nuevo mayorazgo con Mombeltrán a favor de los hijos que pudriera tener con ésta, aunque según declara el propio don Beltrán, en contra de "su voluntad", y en detrimento nuevamente de su primogénito.


En 1492 muere don Beltrán de la Cueva y su viuda ocupa la fortaleza en defensa de los derechos del hijo de ambos, Cristóbal de la Cueva. El primogénito, Francisco de la Cueva, II duque de Alburquerque, para conservar en su poder Mombeltrán se verá obligado a permutarla por la villa de Roa. Durante las revueltas provocadas durante guerra de las Comunidades (1520-1522), "los de la villa de Mombeltrán e su tierra comenzaron a hacer las alteraciones" lo que obligó a Francisco de la Cueva a desplazar tropas y piezas de artillería a la fortaleza hasta el apaciguamiento de la zona en 1521.Obra suya será el refuerzo de la barrera exterior, levantará un contrachapado que forma una galería intramuros y una barbacana semicircular delante de la puerta de la barrera.

A partir de 1734, ya en tiempos del XI duque de Alburqueque, Francisco Fernández de la Cueva, la fortaleza es de nuevo remodelada. El duque se vio obligado a vivir en el campo por enfermedad, probablemente le obligo a estas reformas para acondicionar y hacer más confortable la antigua fortaleza medieval. Reforma el patio del palacio interior y la puerta de la barbacana a la que dota de unos elegantes torrecillas. Tanto aquí como en el patio interior aparece el escudo del XI duque y el de su esposa Agustina Ramona de Silva con quien casó en 1734. En 1749 el duque renuncia a sus cargos palatinos al servicio del rey Fernando VI por motivos de salud y permanecerá en Mombeltrán hasta su muerte en junio de 1757.


En la obra del castillo, según el estilo, pudo haber intervenido el arquitecto francés Juan Guas. La fortaleza está jalonada por detalles de residencia señorial similares a los que aparecen en los castillos de Manzanares el Real, en Madrid, y la de Belmonte, en Cuenca, así como la disposición de la berrera sin torres que se adapta al perímetro del recinto interior, unidad de estilo del denominado "tipo Guas".  El patio de armas, que no pude ver, conserva restos de pilares, crujías y escaleras pertenecientes al conjunto palaciego. En la actualidad no tiene asignada ninguna utilidad, y como decíamos al principio, pertenece al actual XIX duque de Alburquerque.


Para esta entrada he consultado y reproducido extractos de los siguientes libros:

Castilla y León. Castillos y fortalezasCobos Guerra, F. y Castro Fernández, J.J. de, Ed. Edilesa, León, 1998
Castillos de Castilla y León, Gutiérrez, José Manuel , Ed. Edical, Valladolid, 2007.
Los castillos y fortalezas de Castilla y LeónMartín Jiménez, Carlos M. Ed. Ámbito, 2003
Castillos, fortificaciones y recintos amurallados de la Comunidad de Madrid, varios autores, Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, Madrid, 1993
Una lectura demográfica de la Crónica de Pedro I, en Poder y sociedad en la Baja dad Media, (T.1), González Mínguez, CésarUniversidad de Valladolid, Valladolid, 2002.

Torre del homenaje
Panorámica del castillo de Mombeltrán con la Gredos al fondo