viernes, 9 de agosto de 2013

El castillo de Aunqueospese


Organizar una excursión a veces es excitante: los mapas, las pequeñas historias, el lugar, qué ver, aunque sólo sea para organizar una excursión de media jornada. Escogí la visita a un castillo al que sólo se va a propósito, porque no está de paso a ningún otro lugar: el castillo de Mironcillo, más conocido por Aunqueospese: “A pocos km de Ávila, al inicio de las primeras elevaciones de la sierra sobre el valle Amblés se halla este singular y precioso castillo, edificado en sillería y mampostería granítica sobre un montículo rocoso lo que le confiere una traza irregular y original”.


El origen del castillo se remonta a la repoblación de Ávila en el siglo XI tras la conquista a los musulmanes, cuando se erigen en zonas elevadas y rocosas torres y castillos de fácil comunicación entre ellos, que permitían la defensa contra incursiones enemigas, aunque no hay vestigios de tal construcción. La actual, o reconstrucción sobre el antiguo edificio, es obra de finales del siglo XV, en época de los Reyes Católicos. y es de los más denostados por los especialistas: “En la época que se construye no tiene misión defensiva y sí palaciega o residencial, resultando poco convincente su ubicación en un lugar tan apartado”, por tanto carece de historia, anécdotas o gestas heroicas, ni más ni menos brillantes, pero sí alguna leyenda llena de romanticismo que es por la que se le conoce: “aunque o manque os pese”.


Siguiendo a F. Cobos Guerra y J.J. de Castro, el castillo "del Risco" o Aunqueospese, se engloba en el ámbito de los pequeños señoríos que surgen "las más de las veces para asegurarse el dominio de un lugar, bien sea frente a propios vasallos, bien frente a los ejércitos de las ciudades de cuyos términos se ha enajenado el nuevo señorío". En este caso señalan que el castillo se construye con el propósito de ejercer el control de las cañadas de la Mesta en la zona sur de la Meseta, por las que pugnan los aliados de los Zúñiga, que a grandes rasgos dominaban el norte de Cáceres (Miranda del Castañar, Béjar, Plasencia,...), frente a los aliados de los Alba que controlaban el sur de Ávila (Salvatierra, Coria, Piedrahita, Barco de Ávila, Aunqueospese,...), de esta manera cualquier enfrentamiento se circunscribiría a la lucha entre estos pequeños señoríos evitándose así una guerra abierta entre las grande familias.

Alfiz de la puerta de acceso con el escudo de Esteban Dávila y Toledo
La fortaleza la comienza a construir hacia 1490 Pedro Dávila y Bracamonte, marqués de Las Navas y primer conde de El Risco, capitán del duque de Alba y regidor de Ávila; y lo hace en unos terrenos que usurpó a la propia comunidad de Ávila. En esta fecha la Corona ordena la paralización de las obras y al parecer no se hizo puesto que en 1492 vuelve a repetirse la orden, recordándose incluso a los canteros que participaban en la construcción que también ellos podían ser juzgados de persistir la desobediencia. El edificio lo concluye, antes de 1504, Esteban Dávila y Toledo, cuyo escudo puede verse sobre la puerta de la barrera, hijo del promotor de la obra y capitán de los Zúñiga.

Castillo roquero, se asienta sobre un afloramiento granítico dominando el valle Amblés; está construido en mampostería y sillería; según Cooper, muy crítico e irónico con la construcción, en él se compendian muchos aspectos de la construcción de la época, su estructura la califica como escabrosa prolongación del paisaje "y carente del más mínimo sentido arquitectónico. Brotan garitas hasta en ángulos entrantes"; los lienzas de la muralla ,continúa, tienden a ser una comunión orgánica con la roca para lograr un anacrónico aparejo con la naturaleza. No defiende el castillo la torre del homenaje sino "una enorme mole de roca vigía, estriada hacia el norte como un molde de flan". Destaca que se haya excavado en la roca desagües que conducen el agua de lluvia hasta oquedades de la roca viva. Así mismo comenta la existencia de la base de una torre pentagonal abovedada de ladrillo, y la existencia de hornacinas también de ladrillo en algunas troneras "un detalle extravagante en un castillo que ostenta tantas técnicas de cantero".


Según el Catastro de Pascual Madoz, de 1845, se apunta en la encuesta sobre si existe algún castillo: “AUNQUE OS PESE. cast. arruinado, en la prov. y part. jud. de Ávila, térm. jurisd. y á 3/4 leg. al SE, de Sotalvo: sit. en la cima de una sierra elevada; fragosísima y de difícil acceso: se cree lo mandó edificar para su habitación uno de los ant. caballeros de Ávila que fue desterrado de esta c., quien para sonrojar a sus contrarios dijo: Aunque os pese no perderé de vista a mi amada patria; y efectivamente, desde él se descubre toda la c. Debió ser obra grandiosa y muy sólida según lo demuestran varios trozos que todavía se conservan”.

Para acceder al castillo desde Ávila, se toma dirección Plasencia,y a unos pocos kilómetros el desvío a Arenas de San Pedro, Niharra y Mironcillo. Desde el pueblo se toma un camino de tierra, normalmente se encuentra intransitable por el paso de coches y la lluvia, y tras recorrer unos dos kilómetros, los últimos quinientos metros hay que hacerlos a pie, un camino fácil, aunque empinado.

Garitas en un lienzo, troneras de la barrera y
merlones de reciente restauración
Durante la subida aproveché para contar la historia y la leyenda que, aparte de la que relata Madoz existen otras dos, sobre su fundación. La más conocida y que cuentan los vecinos, asegura que lo mandó construir el caballero Alvar Dávila quien fue desterrado de Ávila por su amor con la hija de D. Diego de Zúñiga, Dª Guiomar. a quien tenía previsto hacer monja, por lo que le negó licencia para casar con el Dávila a quien prohibe ver en adelante. Don Alvar juró ante su frustrado suegro que la habría de ver “aunque os pese”. Inició las obras y una vez concluido el castillo, desde las almenas hacía señales luminosas para comunicarse con su amada Dª  Guiomar. Cuentan, además, que se hizo un pasadizo que unía el castillo con Ávila, y que en alguna ocasión a los labradores del valle se les hundía el suelo y caían en un foso descubriendo galerías subterráneas que confirmaban la existencia de tal pasadizo.

Visitantes frente al castillo
La otra historia lo relaciona con los amores de Zubezé, princesa árabe, hija del caudillo Ben Mueszar  o Ben Hus Mar, que ocupaba la fortaleza en el siglo XII. La joven Zubezé se enamoró de un prisionero cristiano de nombre Aldefonso . El padre, tan contrariado como el anterior a esos amores, la obliga a partir hacia el reino de Jaén con el propósito de que se olvidara su amor, a lo que ella, negándose, replicó: “No iré, aunque os pese”.

Desde su construcción hasta 1740 el castillo perteneció a los Dávila y a partir de esa fecha a los Medinaceli. En el siglo XX era propiedad del pueblo que se lo vendió a su actual propietario quien ha restaurado y consolidado algunas partes del castillo que permanece cerrado, aunque hace pocos años su acceso era libre. Después de recorrer todo el perímetro exterior del castillo y contemplar la espectacular vista que se ofrece desde allí del Valle Amblés charlando con un vecino del lugar y recordando estas leyendas, camino de nuevo a Ávila.


Para esta entrada he consulado la siguiente bibliografía:

Castillos y Fortalezas, Cobos Guerra, Fernando y de Castro Fernández, José Javier, Edilesa, León, 1998.
Castillos Señoriales en la Corona de Castilla, Cooper, E., Junta de Castilla y León, 1991.
Castillos de Segovia y Ávila, de Bernad Remon, Javier. Ediciones Lancia, León 1990
Castillos de Ávila, Museo de Ávila, Junta de Castilla y León, Ávila, 1989
Castillos de España, Ed. Everest, León, 1997





sábado, 3 de agosto de 2013

Martín Muñoz de las Posadas: El Greco, Pompeio Leoni y el Cardenal Espinosa

Cuando el día se acorta y los fríos dejan Mingorría desangelado y las calles desiertas, sólo las últimas hojas de los chopos, que revolotean y se arremolinan con el viento en torno a la fuente de piedra, son el único movimiento que se percibe. Las jornadas pasan monótonas: del trabajo a casa, de allí algunas veces al bar, la charla y una partida de cartas junto a una estufa de hierro. Entonces, en coche, salgo dirección a Olmedo, hasta Martín Muñoz de las Posadas. Allí el panorama es idéntico. Pido un café, mientras miro cómo la nieve cae mansa en invierno, o la lluvia arrecia en primavera sobre el empedrado en la plaza, una plaza tan ancha que parece que las nubes y toda la tormenta están allí dentro.

La primera vez que llegué al pueblo, me sorprendió el tamaño de la iglesia, de Nuestra Señora de la Asunción, y la plaza tan amplia. 

Hay frente a la iglesia una fila de casas porticadas, donde está el ayuntamiento con sus banderas; y en la esquina, en diagonal con la iglesia, el palacio del Cardenal Diego de Espinosa. Normalmente tomo mi café y tras una charla con la dueña del bar, en quince minutos me marcho. Otras veces aprovecho y llevo alguna visita para que vean la plaza y les cuento lo mismo que estoy escribiendo ahora; otras, visitamos la iglesia, y un guía del pueblo, el primero fue uno, estudiante en Salamanca, nos explica la historia de la iglesia, del palacio, del Cardenal y de un cuadro de El Greco.

He de confesar que tardé un tiempo en conocer todo lo que había en este pueblo de Segovia, que no alcanza los 400 habitantes. Su historia gira en torno a la persona del Cardenal Diego de Espinosa, Presidente del Consejo de Castilla e Inquisidor General, entre otros cargos, durante el reinado de Felipe II, época en la que debió alcanzar el pueblo su mayor esplendor. Tiene la iglesia románica, del siglo XIII, que se amplió y restauró en estilo gótico en el XVI. Allí el Cardenal mandó construir la Capilla Mayor, con un formidable retablo, donde está enterrado él y su familia. Pero lo que más me sorprendió, sin duda, es la escultura del Cardenal en posición orante, obra de Pompeio Leoni, autor también del grupo de esculturas de la familia de Carlos V y de Felipe II de El Escorial. Sólo para ver esta obra vale la pena ir hasta Martín Muñoz. Otra cosa sobre la que suelo entretenerme son las marcas de cantero que tienen algunas piedras de la construcción románica.

Si formidable es la iglesia no lo es menos el palacio. Según consta en el catálogo que te dan en el ayuntamiento, es una obra de la Escuela de Toledo, de planta rectangular, construido en piedra, ladrillo y tejados de pizarra. Tiene un maravilloso patio renacentista de dos plantas que están comunicadas por una escalera de piedra. La galería de columnas y una sencilla balaustrada, todo en piedra, le dan una sobriedad y belleza sobrecogedoras.

Pero volvamos a la iglesia. Durante la ampliación se hicieron unas pequeñas capillas laterales. En una de estas capillas hay una Crucifixión del Greco. Este cuadro no tiene nada que ver con la historia que hasta ahora hemos contado, pero que no deja de ser singular. Lo encargó don Andrés Núñez Madrid, párroco de la iglesia de Santo Tomé de Toledo, donde está El entierro del señor Orgaz; como donante aparece rezando junto a la Virgen en el lienzo. Este don Andrés cedió en testamento el cuadro a la parroquia de Navalperal, limítrofe con Martín Muñoz. Esta población se despobló y el mobiliario de la parroquia, entre el que estaba el cuadro, pasó a Martín Muñoz. El lienzo sufrió, entre traslados y almacenamientos, un deterioro que hacía necesaria su restauración.
 Hacia 1919 el Marqués de Cedillo, según comenta un lector de este blog, fotografió el cuadro señalando como posible autor al Greco, algo que se desconocía en la localidad. Unos años más tarde un amigo del Marqués, Gerardo García Rey, erudito en la obra del Greco, investigó sobre el cuadro para confirmar el hallazgo, y es en 1930 cuando el Museo del Prado reclama la obra para su restauración, lo que originó una sublevación de los vecinos que impidieron que la obra abandonase el pueblo. Más reciente, hace unos 35 años, el Ministerio de Cultura decide restaurar la iglesia justo cuando el Estado comienza a su vez a transferir competencias a la Comunidad Autónoma. La Junta retoma las obras, pero la empresa que las realizaba presenta suspensión de pagos y éstas quedan paralizadas. Entre las obras, los andamios, el abandono del edificio a medio restaurar y con el riesgo de un mayor deterioro, el cuadro pasa a la casa parroquial y de ahí se decide dejarlo en custodia en el cuartel de la Guardia Civil. Una vez en el cuartelillo para mayor seguridad se decide encerrar el cuadro en un calabozo. Esto hecho sin más, trascendió a los medios de comunicación y varios canales de televisión presentaron la noticia como algo extraordinario dando un viso tragicómico al asunto. En la actualidad se puede contemplar el cuadro restaurado, debidamente protegido y bien documentado en la iglesia.

El viernes pasado coincidió, con mi visita veraniega a Martín Muñoz, que se está celebrando el V Centenario del nacimiento del Cardenal Espinosa, por lo que se están celebrando actos, se han organizado charlas, una pequeña exposición y una ruta guiada, todo cuidadosamente preparado. Es de agradecer el interés y esmero que tienen los habitantes de este pueblo por mantener y difundir su patrimonio que, sin lugar a dudas, es de una riqueza excepcional.


Martín Muñoz de las Posadas está en la N-601, Km. 115, muy cerca de Adanero en la A-6

viernes, 19 de julio de 2013

El verraco de Mingorría


Saliendo del pueblo de Mingorría, sobre un cerro, hay un verraco que mira hacia Ávila, a su derecha queda el río Adaja y no muy lejos, dirección sur, sobre un montículo en la otra orilla del río, el castro vettón de Las Cogotas. Al lado del verraco hay una pequeña ermita desde donde se domina la Moraña, una inmensa planicie que arranca desde el mismo Mingorría y abarca prácticamente desde el oeste al este por el norte. Es una llanura dominada por plantaciones de cereal, salpicada de manchas de pinares dispersos. En primavera tiene un color verde intenso; en verano un amarillo pajizo  y en otoño e invierno es un contraste de tierras pardas y ocres salpicadas de mancha verdes de los pinares. De este a oeste por el sur, es una sucesión ondulada de montes de la Sierra de Ávila de un hermoso e intenso color verde del encinar. Desde este punto, a unos 1.100 metros sobre el nivel del mar, el cielo parece estar al alcance de la mano. Pero antes de ver al verraco veamos quiénes eran los vettones.


Los vettones son grupos autóctonos que habitaban en esta parte de la Meseta, en el Sistema Central, que abarca desde Ávila hasta Tras-Os-Montes en Portugal. Eran pequeños grupos nómadas que vivían en asientos temporales. Llegado un momento abandonan el nomadismo y se asientan en poblados con recintos amurallados para la defensa, son los conocidos castros. Esto ocurre con la llegada del hierro. De la cultura vettona son características las esculturas zoomorfas llamadas verracos, esculturas que representan toros y cerdos. Son de granito y tienen  diferentes tamaños que van desde el medio metro de altura hasta los dos metros. El grupo de esculturas más conocido son los Toros de Guisando, en El Tiemblo, Ávila. Con la romanización de la Meseta los antiguos poblados desaparecen y sus pobladores son trasladados a otras zonas de mayor control. A pesar de que los castros son destruidos y abandonados muchas de las esculturas siguen en pie hasta nuestros días.

El vettón era un pueblo celta, y entendemos como celta no unas características raciales sino culturales: religión, forma de gobierno, útiles, idioma, etc. Son principalmente ganaderos y en menor medida agricultores. Muchos de estos verracos han dado nombre a algunas localidades como Toro, en Zamora, o El Oso en Ávila. El verraco de Mingorría representa un cerdo, aunque también podría ser un jabalí, a casi tamaño natural y como el resto de piezas se ignora qué función tenía, aunque se descarta su simbología religiosa o funeraria; no estaban cerca de las necrópolis y encontrándose sin embargo en los cercados del ganado y dispersos en el espacio, sobre todo en zonas de importancia económica: pastos y fuentes. En la actualidad se cree que podían servir para la demarcación de lindes de pastos. Como es de suponer sobre estas esculturas surgidas en la Edad del Hierro entre los años 400-350 a.C. hay muchas historias y a lo largo de los siglos han sufrido multitud de vicisitudes y en muchos casos su destrucción.


El verraco de Mingorría, conocido popularmente como el marrano de la Virgen, por estar como he dicho sobre el cerro junto a la ermita de la Virgen  del Rosario, dista un kilómetro escaso del pueblo. Es de granito y está bastante erosionado. Mide 174 cm de largo, una altura máxima de 88 cm y 52 cm de ancho. En el terreno está sobre una veta de cuarzo conocida como Rogallinas, por lo que es seguro que no se construyó en ese lugar. Una de las peculiaridades es que tiene la pata delantera izquierda en posición adelantada lo que da la sensación de movimiento o de acometida. Sobre el dorso tiene un agujero u oquedad que se le atribuye popularmente a prácticas libaciones y prácticas mágicas. La primera descripción que leí de él se aseguraba que se desconoce el lugar de procedencia lo que me indujo a hacer alguna pequeña investigación sobre él.

Como dije antes, estas piezas han tenido muchas vicisitudes, entre las que destaca que en tiempo del Emperador Carlos V se aseguraba que éste los había mandado construir para escarnio de los castellanos tras derrotarlos en la guerra de las Comunidades, por lo que algunos fueron destruidos; otros han sido utilizados como elemento de construcción y pueden verse incrustados en una pared o en la misma muralla de Ávila. En un viaje por Portugal, en Bragança, vi junto al castillo un verraco sobre el que descansa un rollo, lo que me hizo pensar que el origen de la oquedad del de Mingorría tuviese la misma finalidad. En efecto, según la tesis de la especialista Pilar López Monteagudo estas esculturas fueron tomadas en su día como paganas por lo que se les cristianizó colocándoles una cruz en el dorso, lo que explicaba el hueco que tiene el de Mingorría y  también  el verraco de El Oso a unos pocos kilómetros de allí.

La noche del 27 septiembre de 2003 subí hasta el cerro de la ermita. Aquella noche el cielo estaba totalmente raso, sin nubes ni luna, porque mi objetivo era tener a la vista la Estrella Polar para hacer las mediciones. Llevaba dos palos de metro y medio de alto que clavé, aproximadamente a un metro de distancia, por delante y por detrás del verraco. A ambos palos até una cuerda delgada que hice coincidir con el espinazo del verraco. Una vez tensada la cuerda, con la brújula comprobé la orientación. Me sorprendió la poca desviación norte-sur que indicaba la línea dibujaba y que coincidía con los tres puntos de referencia: las dos estacas y la Estrella Polar.

El resultado me indujo a pensar que la escultura estaba allí desde tiempos inmemoriales y que era su primera y única ubicación, porque nadie se hubiese tomado la molestia de dar tal precisión a la orientación en tiempos más modernos, sobre todo teniendo en cuenta el origen de la oquedad, la cristianización del verraco como objeto pagano que se le consideraba. Así que sólo me quedaba por entonces averiguar si era cierto este extremo, si había sido cristianizado, y no me costó mucho tiempo encontrar la explicación a la oquedad que había sobre su dorso. En la fachada oeste de la ermita, en el muro del cercado de la pared norte, hay una peana y sobre esta una cruz extrañamente inclinada que es muy fácil mover con una sola mano, cuando el resto de cruces de la Vía Crucis que recorre el pueblo están todas perfectamente fijadas.

La mañana del 12 de octubre de ese mismo año subí con un metro metálico, papel y calculadora y me dispuse a hacer nuevas mediciones, esta vez de las oquedades del verraco y la pena de la cruz. El diámetro de la oquedad del verraco era de 17,5 cm. lo que nos da una circunferencia de 55 cm. El fuste de la cruz tenía un rebaje considerable lo que le impedía mantenerse firme y encajada en la peana. Medí el rebaje y tenía una circunferencia de 52 cm, y la altura del rebaje del fuste de la cruz  coincidía con la profundidad de la oquedad que tenía el verraco, por lo que concluí que aquella era la cruz que se había utilizado para cristianizar nuestro marrano.


De esta forma comprobé que las conclusiones que se había publicado López Monteagudo sobre la cristianización del verraco eran ciertas; además había encontrado la cruz que le pusieron en su día en el dorso. Por otro lado, comprobé la hipótesis de Álvarez Sanchís sobre la ubicación de los verracos en una zona de pastos y/o fuentes al quedar el nuestro entre dos arroyos y una zona de pastos en que actualmente se cultiva de cereal. En este caso creo que carece de las propiedades mágicas o religiosas que la creencia popular le otorga, sino que con toda probabilidad hizo funciones de linde.

Más recientemente, en la esquina derecha de la ermita se ha descubierto otro verraco integrado en la pared, está mejor conservado en apariencia, al menos en la parte visible, orejas y morro, aunque es imposible saber si conserva la peana y parte de las patas.

Para introducirse en el mundo de los vettones y las esculturas zoomorfas es recomendable la visita a los castros de Las Cogotas en Cardeñosa, aunque es de más fácil acceso desde Mingorría; La Mesa de Miranda en Chamartín y Ulaca en Solosancho, todos ellos a escasos kilómetros de Ávila y en todas las poblaciones, excepto Cardeñosa, con un verraco. Para documentarse recomiendo las siguientes obras: 

Esculturas zoomorfas celtas de la Península Ibérica, López Monteagudo, Guadalupe, CSIC, 1989;
Los Vettones, Álvarez-Sanchís, Jesús R., Real Academia de la Historia, 2003.



sábado, 22 de junio de 2013

Un fresno a orillas del Canalillo

 El Cerro de los Locos está en el parque de la Dehesa de la Villa, en Madrid. Es una lengua de tierra que forma un codo en el camino del Canalillo y se eleva unos cinco metros sobre él. Desde allí hay unas vistas impresionantes, desde Moncloa hasta las últimas estribaciones de Guadarrama y El Escorial hasta Somosierra. Este codo de tierra está rodeado por el Canalillo, un ramal del Canal de Isabel II que se ha techado para hacer un paseo sobre él. A ambos lados del canal quedan restos de los árboles de ribera, sobre todo fresnos. Entre el Canalillo y el Cerro aún hay vestigios de las trincheras de la guerra civil; de hecho el Canalillo formaba parte de la tercera la línea de defensa de Madrid y desde allí se cruzaba fuego de artillería con la Casa de Campo, desde donde respondían las tropas franquistas. Si bajas por las escaleras  te das de narices con el Instituto Meteorológico, donde ponen y quitan nubes, colocan rayos, soles y borrascas; llegas a la Ciudad Universitaria, cruzas el Manzanares, atraviesas la Casa de Campo y te plantas en Toledo.



Una mañana me quedé mirando las escaleras que subían hasta el Cerro. Tuve la sensación de que faltaba algo. Pasé de largo y a la vuelta, media hora después, tuve la misma sensación. Notaba un vacío, un exceso de luz, quizás. Subí las escaleras y seguí sin ver nada extrañó. Será, pensé, esas raras percepciones que tenemos de vez en cuando y no sabemos qué son. Decidí bajar de nuevo y retomar el paseo. Fue entonces cuando lo vi, mejor dicho, cuando no lo vi. No vi el nido del picapinos, el nido donde esa primavera habían criado las ardillas, no vi el fresno que se debatía entre la vida, con unos botones verdes y escasas hojas, y la muerte de unas ramas secas y renegrecidas por las heladas, porque ya no estaba allí. Habían cortado el fresno del talud, a un metro escaso del Canalillo. Aún quedaba un poco de serrín pegado a los peldaños.

- Hombre, Tomás, ¡cómo habéis cortado el fresno!
- Era un peligro, estaba muerto.
- No estaba muerto, tenía ramas verdes.
- Estaba carcomido y  corría peligro de caerse, ¿sabes lo que pude pasar si le cae un árbol de 1500 kilos a una persona?

Angelo (se pronuncia Anllelo) tiene un pequeño teatrillo de guiñol, es asiduo al Cerro de los Locos... Bueno, el Cerro de los Locos es un lugar muy singular. Allí se reúnen un grupo de personas que plantan, riegan y cuidan los árboles, hay un solarium donde toman el sol en bañador en cualquier época del año. No es moda, están allí desde principios del siglo pasado, gimnastas, boxeadores, gente del barrio; estaban con la República, con Franco y sin Franco.  Pues en esto estaba Angelo en bañador y me enseñó aquel fresno: "hace tres años le cayó un rayo y lo partió casi por la mitad, hasta ahí -señaló el tronco a unos dos metros de altura-. Este año ha hecho nido el pitorreal", me dijo señalando en la rama principal, seca, un agujero perfecto que se camuflaba un poco entre otras ramas con pocas hojas. Recuerdo que al año siguiente, cuando crió allí una ardilla, era divertidísimo ver las crías asomar las orejas por el agujero. Bueno, esto no lo sabía Tomás, además, irle con estos problemas a Tomás era enfermarlo un poco, porque cada árbol es un trozo de él mismo.

-La semana pasada se cayó un pino -me dijo mirando la pantalla de su ordenador buscando una fotografía. -Tomás guarda un archivo fotográfico de todo lo que ocurre en el parque-.
-Lo sé, lo he visto. Ya le hice fotos. Una pena, era de los grandes, de los viejos.
-115 años le conté por los anillos.
-Debía ser de la plantación de 1890, de los pocos que quedan.

Antes de 1890 la Dehesa de la Villa no tenía prácticamente un solo árbol. Había sido campo de prácticas de caballería y artillería durante muchos años. En esa fecha se hizo una plantación masiva de pinos. Durante la guerra civil volvió a quedar arrasada, pero quedarían unos cuantos ejemplares que ahora tienen un tronco formidable y, poco a poco, se van cayendo los días de viento, de nieve o porque algunos, que enterraron a medio tronco, se pudren.

Los fresnos que quedan a lo largo del Canalillo tienen la mayoría el tronco deteriorado, medio podrido y casi hueco, pero perviven porque seguro que el agua que aún corre debajo del paseo los mantiene alimentados. Algunos, los más frondosos, sirven de nido a los pájaros, otros, los ejemplares más jóvenes, parecen aprendices de árbol, lustrosos y delgados que aún esperan la oportunidad para ser el soporte de otras vidas.