jueves, 20 de octubre de 2016

Castillo de Poza de la Sal: castillo de los Rojas


Lo más singlar del castillo de Poza de la Sal es su ubicación, construido sobre una cresta rocosa que lo hace prácticamente inaccesible, cualidad que señalan la mayoría de las fuentes que he consultado; tanto es así que al pie de la fortaleza, a la que se accede por una pared prácticamente vertical con escalones excavados en el piedra, hay un cartel del ayuntamiento que advierte de su peligro.


Con esta visita al Castillo de los Rojas iniciamos un paseo por las Merindades a donde llegamos desde el Páramo de Masa, por la carretera BU-502. El castillo se encuentra bajando la carretera, en un escalón natural entre el páramo y la extensa llanura de La Bureba, desde el que se tiene un amplio dominio visual del territorio. A los pies y detrás de la cresta rocosa donde descansa el castillo, se extiende Poza de la Sal, enclave habitado desde época prerromana por la existencia de las salinas, explotadas desde entonces, que le dan nombre a la población. Durante la Reconquista el lugar fue repoblado en el siglo IX por el conde Diego Rodríguez Porcelos, fundador de Burgos, construyéndose aquí una fortaleza que "como otros castillos de esta época seguramente se trataría de una torre principal rodeada de algunos muros y barbacanas".


"A mediados del siglo X aparece en manos de Fernán González. Muy al principio del XI era centro de un pequeño alfoz formando parte, como toda la Buereba, del reino de Navarra". Tras varias tenencias, en 1135 Alfonso VII le concede fueros a la villa. Años más tarde su fortaleza formó "parte de las arras concedidas por Alfonso VIII a su mujer" doña Leonor de Inglaterra. En 1298 el rey Fernando IV  otorga el señorío de Pozas a Juan Rodríguez de Rojas en compensación de los estragos que éste había sufrido en sus propiedades "por su apoyo a la corona en algunos episodios bélicos". Los Rojas construirán el actual castillo de trazas góticas entre los siglo XIV y XV, presumiblemente sobre la primitiva fortaleza románica de la que no quedan restos.


Durante el reinado de Carlos I el castillo es utilizado como prisión, ordenando éste encarcelar entre sus muros a los embajadores de la Liga Clementina o de Cognac, liga que estaba formada por Francia, Inglaterra, Milán, Florencia, Venecia y Roma junto con el papa Clemente VII , de ahí su nombre, contra el Emperador por los recelos que suscitó su creciente poder tras la victoria en Pavía en 1525 sobre el ejército francés. En el castillo permanecerán los embajadores entre el 22 de enero y el 19 de mayo de 1528. Poco después, en 1530, el mismo Carlos I otorga el Marquesado de Poza a Juan de Rojas.


Además de prisión, la fortaleza tuvo funciones de vigilancia hasta su abandono en el siglo XVIII. Ya en el siglo XIX, durante la Guerra de la Independencia adquiere un carácter defensivo cuando las tropas francesas la rehabilitan y donde resistirán los ataques de la guerrilla al mando del vizcaíno Francisco de Longa y Juan de Mendizabal que, en 1813, con unos cuatro mil guerrilleros estuvieron a punto de aniquilar por sorpresa la División Palombini del ejército napoleónico, integrada por soldados italianos, la que se conoce como Acción de Poza. Durante las Guerras Carlistas fue foco del levantamiento en favor de los derechos sucesorios de Carlos María Isidoro, como Carlos V, frente a Isabel II en 1833, aunque el castillo sólo se utilizó para labores de vigilancia.


En la actualidad sólo quedan dos torres semicirculares que protegen la entrada al patio de armas y los restos de una coracha que protege uno de los cubos de la barbacana al sur; según explica el cartel informativo. Debió tener foso aunque prácticamente no se aprecia. La fortaleza así mismo debía tener forma triangular adaptándose al roquedo y al mínimo espacio llano existente en la cresta sobre la que se asienta; y siguiendo la descripción que del edifico se hace en Castillos del Olvido, es la razón por la que "sólo tiene lienzos en su lado Norte y Oeste formando ángulo" y dado lo escarpado del asentamiento no precisó de más defensa ni al Este ni al Sur, construyéndose en los extremos cubos defensivos. Para acceder a lo alto hay que hacerlo por unos escalones estrechos labrados en la misma roca hasta llegar a la puerta de acceso de arco ojival. Desde aquí se accede a través de ella a un sótano excavado en la roca, un espacio que debió ser aljibe o bodega, y tras atravesar un pequeño arco se llega a un gran sótano cubierto de bóveda de unos 16 metros de longitud que desemboca en una escalera que nos permite subir a una "terraza muy amplia de unos 36 metros de largo por 12 metros en su lugar más ancho". Desde aquí "puede apreciarse el extraordinario tamaño de los macizos cubos en los extremos opuestos de la fortaleza. Existen también dos torreoncillos apoyados en modillones, uno en el ángulo norte y otro más pequeño en el punto en que tuerce el paramento mayor". No tiene almenas ni matacanes; los muros sobrepasan los 2 metros de espesor y la mayor parte del edificio está construida en mampostería.


Quizá tenga razón Martín Jiménez cuando asegura que "el conjunto resulta más atractivo por su emplazamiento privilegiado que por sus escasos restos desmembrados que ha conservado", eso si no consideramos la construcción del sótano, aunque para mí lo más excitante fue, además de elaborar esta historia, subir hasta lo más alto del castillo, todo un pequeño reto. Señalar por último que en Poza de la Sal nació el naturalista y gran divulgador Félix Rodríguez de la Fuente a quien ya mencionamos en nuestra visita al castillo de Pelegrina en Guadalajara.

Poza de la Sal y valle de La Bureba desde el castillo
Para esta entrada he consultado la siguiente bibliografía además de la información que ofrece la web del Ayuntamiento de Poza de la Sal y la información turística además de los paneles informativos que hay en la fortaleza:

Castillo de Poza de la Sal, Vargas, Pedro Mª, en castillosdelolvido.com
Los castillos y fortalezas de Castilla y LeónMartín Jiménez, Carlos M. Ed. Ámbito. Valladolid, 2003.
Carlos V, el César y el Hombre, Fernández Álvarez, Manuel, Espasa Calpe, Madrid 1999.
Diario de Burgos, Entrevista a Javier Urcelay, 2008, en www.diariodeburgos.es,

Puerta de acceso a la terraza de la fortaleza
Cubo de la zona Norte
Cubo Sur y paseo de ronda
Buharderas enrejadas y acceso al aljibe en la terraza
Castillo y cubos de acceso al patio de armas desde el Sur

viernes, 7 de octubre de 2016

El jardín del Museo Cerralbo

Esculturas de Júpiter y bustos de dos emperadores reflejadas en el estanque
Todos los museos tienen sus señas de identidad, y en el Museo Cerralbo, tras mi primera visita hace unos años, no fue difícil descubrir su propio sello, la idiosincrasia que lo hace diferente al resto. El primero fue la gran cantidad de objetos que se exponen; en ocasiones es casi imposible fijar la mirada en uno determinado, es la sensación rotunda del horror vacui que se percibe en alguna de sus salas, salas todas ellas espléndidas y algunas excepcionales como la magnífica  biblioteca con sus 7.000 volúmenes que me pareció demasiado oscura; su maravillosa colección de armaduras; el deslumbrante salón de baile, la gran cantidad de esculturas que posee, y un cautivador jardín.

Jabalí - Florencia, Siglo XVII. Mármol
Tuve la suerte que la primera vez que entré en el jardín me encontré con dos restauradoras que estaban trabajando en una de las estatuas a la orilla del pequeño estanque que hay en el jardín y charlé brevemente con ellas. Estaban entre una escultura de Júpiter y una Diana, -obra que estaban limpiando-; junto a éstas se encontraba la de un jabalí a cuyos pies brota de un pequeño caño el agua que nutre el estanque. Me explicaron que esta escultura procedente del que fue palacio de los duques de Medinaceli en Madrid, un edificio derruido en 1890, y que según el cuaderno-catálogo que entregan con la entrada, había pertenecido "a la colección de esculturas clásicas de Per Afán de Ribera, virrey de Nápoles. Copia del jabalí romano de la galería florentina de los Uffizi, que a su vez reproduce una obra helenística". Como anécdota añadir que una escultura similar se encentra en los jardines del Capricho de la Alameda de Osuna.

Escultura de emperador romano
Pero nada mejor que sentarse en uno de los bancos a la sombra de los arbustos y leer el catálogo. Lo hice en un banco que hay frente al monumental belvedere -un templete que anteriormente fue una gruta- disfrutando de dos excepcionales columnas de granito que hay en la entrada y junto a cada una de las columnas una escultura de Cronos a la izquierda y otra, a la derecha, que no supe identificar; mientras leía tranquilamente la historia del jardín: "La apariencia actual del jardín es una recreación de 1995. Del original no se conserva apenas documentación, salvo un apunte del propio Marqués de Cerralbo. Ese proyecto preveía un eje transversal que dividía el espacio en dos triángulos y unía la fachada del palacio con el ángulo del belvedere o templete-mirador, situado en el esquinazo de la valla, y en el centro un amplio espacio irregular, bordeado de caminos curvos". La reforma la llevó a cabo la paisajista italiana Lucía Serredi basándose en los dibujos que en 1880 bosquejó el propio Marqués.  En el interior del belvedere hay dos bustos de emperadores y el capitel corintio de una columna romana procedente de las excavaciones que el mismo Marqués llevó a cabo en la ciudad celtibéricoromana de Arcobriga entre 1908 y 1911 en Monreal de Ariza (Zaragoza).

Esculturas y columnas de granito del templete-mirador o belvedere
El cambio de estética se debió a que en los años cuarenta del siglo pasado se construyó un pabellón a imitación del palacio para uso exclusivo del Museo, lo que rompió la estética ideada por el marqués con tal profundidad que las recientes reformas no han podido recuperar su espíritu; "Sin embargo la intervención practicada nos permite disfrutar hoy de un espacio ajardinado de corte clásico-romántico en el que se adivina la intención del Marqués", dotando al jardín en la actualidad de dos ambientes distintos y complementarios.


El primer ambiente gira en torno al estanque: "El espacio central se interpretó como un estanque, a modo de espejo de agua, en el que se reflejan varias esculturas, que junto con los bustos de varios emperadores romanos, adosados al muro de la valla y del palacio, logran una ambientación propia de ciertos jardines italianos adornados con elementos clásicos." Aquí destaca la figura de Júpiter al que es fácil de identificar por el águila que hay a sus pies.

Diana a orillas del estanque
El segundo espacio, breve pero exquisito, lo conforman los "senderos curvos y la vegetación espesa (que) nos acercan al jardín melancólico de estilo inglés". Es un pequeño paseo alrededor del estanque en el que, como dice el texto, se refleja las esculturas del jabalí, de Júpiter, Diana y algunos de los emperadores romanos. Las esculturas proceden, a excepción del jabalí, del palacio que la Marquesa de Cerralbo poseía en Santa María de la Huerta (Soria) donde la familia tenía su residencia de verano "y donde el Marqués estudiaba los materiales arqueológicos de los yacimientos que excavó en la zona del Alto Jalón", Aunque escasa, y a la vez densa, la vegetación permite que algún pájaro, casi siempre un gorrión, revolotee entre las ramas y que el visitante pueda abstraerse por momentos del ruido procedente del exterior y recrear en lo posible el ambiente bucólico que se pretende.

Busto de mujer romana - Italia, siglo XVII-XIX. Márnol
El suelo está muy cuidado -a primera hora y sin huella alguna me recordó el aspecto de un jardín japones-, y es precisamente el suelo el único impedimento que puede encontrar el visitante ya que en época de lluvia cuando está mojado y húmedo, no se permite el acceso al jardín. Para terminar, recomendar al visitante que eche un vistazo desde alguna sala del piso superior que dé al jardín porque tendrá una perspectiva diferente del mismo, aunque ha de hacerlo a cierta distancia pues no es posible acercarse a las ventanas,

Parte superior del Templete-mirador visto desde el exterior del Museo
Para esta entrada he consultado y utilizado los textos del catálogo que el Museo entrega a los visitantes, además de consultar la página web del mismo Museo: http://www.mecd.gob.es/mcerralbo
y el excelente artículo de Lourdes Morales Fanfán sobre el Museo en la página Una Ventana desde Madrid: http://www.unaventanadesdemadrid.com/madrid/museo-cerralbo.html

viernes, 16 de septiembre de 2016

Confidencias en la piscina


Fue, entrando en el recinto de la piscina, cuando vio a las dos mujeres tumbadas a la sombra de sendas sombrillas. Hablaban. Buscó a su alrededor con la mirada pero no estaba ella, y creyó que precisamente entre las dos mujeres, aunque no lo supo, estaban hablando de la ausencia de ella. Confidencias extrañas. Había cruzado la calle, una calle ancha y corta que unía el gran paseo del barrio, un paseo que habían convertido en vulgar al suprimir un bulevar de acacias; sin embargo se había respetado en esta calleja ancha y corta, quizá por olvido, una hilera de palmeras que bordeaba la acera que lindaba con la piscina. Entró en el edificio. Hacía calor, en el interior se condensaba una humedad insufrible y hasta el pasillo que llevaba a los vestuarios llegaba un intenso y profundo olor a pachuli que hacía, si cabe, más insoportable la estancia. El empleado del guardarropa se quejó aunque nadie parecía oírlo. Entró en el recinto y al ver a las dos bañistas tumbadas, ajenas al sol del mediodía, el pelo aún seco, murmurando una muy cerca de la otra, fue cuando recordó, al no encontrarla, el viaje absurdo de la mañana anterior.

La mañana comenzó de hecho nada más sonar el silbato que anunciaba el cierre de puertas y la partida del tren. No recordaba por qué razón bajaron en aquella estación aunque lo supo nada más cerrarse las puertas y percibir la bofetada agria del olor a grasa y el chirriar de las ruedas deslizándose sobre los raíles oxidados por el salitre. Apenas percibió el cansado y lento caminar de los vagones alejándose dirección sur; en aquel instante tuvo la sensación de haberse equivocado, a sabiendas de que aquella no era la estación, de que allí no les esperaba nadie, ni había nadie con quien encontrarse y menos aún que estuviese ella.


El paisaje, las plantas y el suelo, yacían bajo una capa de polvo que se extendía desde la cercana planta de cemento que carcomía lentamente la montaña que estaba a sus espaldas. Tras cruzar las vías llegaron a una escaleras de traviesas viejas. Intuyó, por el sonido, que al último vagón del tren del que acababan de apearse, entraba en el túnel que atravesaba la montaña. A su derecha crecía un grupo de pitas que se confundía con el gris polvoriento del paisaje que se abría a un acantilado por el que se deslizaba la escalera hasta llegar a la playa. Desde allí el mar era un plano azul plomizo donde se reflejaba un sol que apenas reverberaba en unas olas prácticamente inexistentes. Bajaron en silencio. Desde la playa el mar se había tornado en una línea gris metálica y monótona hasta un horizonte desprovisto de barcos; la playa, desierta sin bañistas ni arena, era una llanura de guijarros que hacían lastimoso el caminan. Sobre ellos, sin distinguirse ya el trazado de las vías, se oyó el silbo de un tren saliendo del túnel.

Avanzaban sobre los guijarros que conforme se acercaban a los acantilados se tornaban en grandes bloques. Al cruzar el primer espigón natural, el polvo grisáceo de la cantera comenzó a diluirse y las rocallas blanquecinas a iluminarse entre las copas de los algarrobos que parecían colgados sobre los farallones de cal crecidos entre pitas y espinos. Una quietud obsesiva inundaba el entorno, el mar casi no se oía. A su derecha caía un hilo de agua desde el acantilado, una minúscula catarata que formaba un arroyo casi invisible atravesando la playa. Se habían quitado las camisas y el pantalón haciendo un hatillo con las toallas. Continuaron a trechos cortos a pie, otras nadando para sortear los entrantes rocosos afilados como navajas que penetraban en el mar, y mientras avanzaban, el recuerdo de ella en ocasiones parecía borrarse como si se tratara de un espejismo para diluirse al son de las olas. Y entre los cortantes, el agua mansa dejaba al retirarse una espuma blanquecina de la que surgía un cangrejo asustadizo y algún erizo. El avance era cada vez más lento hasta que la playa desapareció tras los acantilados. Ante ellos se presentaba un paredón del que surgían gaviotas con gran estruendo, que volvían a desaparecer de nuevo tras el perfil de las rocas más altas.


Retrocedieron hasta la última cala que habían dejado atrás y comenzaron la ascensión de la quebrada hasta las vías del tren. El horizonte que dibujaba el mar comenzaba a ensancharse de nuevo. El sol, cada vez más alto, golpeaba los hombros desnudos y el sudor comenzaba a brotar; ya no oía el mar, ni las gaviotas, tan solo su propia respiración. Llegaron a la vía del tren. En su camino atravesaron dos túneles; en el tercero se cruzaron con uno de los trenes que al pasar junto a ellos lanzó un silbido violento mientras se agazapaban contra el muro de roca. Sintieron el vértigo, la velocidad y el desasosiego de estruendo metálico que les atenazó hasta los dientes. Cuando les rebasó el tren arreciaron el paso hasta vislumbrar, tras un último túnel, la playa llena de bañistas donde se integraron, como absorbidos, en el enjambre humano, con el silencio perdido, el vértigo controlado y la sensación de anonimato que propiciaba aquella muchedumbre. Buscaron con la mirada gente conocida entre los bañistas hasta encontrar al grupo de amigos. Extendieron las toallas y se tumbaron en la arena, se bañaron entre risas y comentaron la pequeña odisea del viaje a través de los túneles. Ella tampoco estaba allí.

Ella, a fin de cuentas, no participó en la conversación y su presencia volvió a desvanecerse entre las risas y el baño con la misma inconsistencia que lo hizo mientras ascendían los acantilados. No estuvo en la piscina, igual que la mañana anterior no llegó a ir a la playa; quizá, pensó, ni supo del paseo por los túneles ni que su recuerdo desapareciera tras la violenta sacudida del tren que los empujó contra las paredes de piedra, ni sabría, quizá tampoco sabría, que la había estado buscando en la playa y en la piscina, ni sabría, como él tampoco supo que años después recordaría aquel episodio como quien recuerda un sueño lejano, que probablemente nunca volvería a recuperar ni a revivir como nunca más volvió a verla.


La obra que ilustra este relato se titula Historias en la piscina, (2015). Acrílico en papel de alto gramaje, obra de la pintora Paz Barreiro que expuso recientemente en la Galería Orfila de Madrid.

viernes, 2 de septiembre de 2016

El castillo de Caudilla


Tras nuestra visita al castillo de Maqueda salimos dirección Torrijos, continuando nuestro viaje a Alcabón por la provincia de Toledo, con la intención de visitar el castillo de Novés tomando el desvío de Val de Santo Domingo; pasada esta última población, a poco más de 2 kilómetros, está Caudilla, un despoblado con los restos de un castillo que no esperábamos encontrar. Entramos al pueblo por el último acceso, frente a la iglesia que tiene aspecto de abandono y desde allí hasta un  lugar intermedio entre el pueblo y los restos del castillo.

El lugar tiene cierto encanto; las casas se mantienen en pie, los tejados limpios; una bandada de perdices que caminaba sin prisa por la calle del pueblo y revoloteó para meterse en los corrales y volver a salir de ellos sin tensión alguna. Todo daba a entender que en el lugar no vive nadie. Me adentré en la tierra recién arada fotografiando lo que quedaba en pie del edificio intentando evitar el contraluz de un sol que comenzaba a estar demasiado alto. El peligro de derrumbe es evidente razón por la cual lo que queda del edificio está cercado por una valla de alambre entre el sembrado y los restos de los muros ya caídos que se acumulan dirección norte. Destaca sobre el edificio la figura de un Cristo similar a un Sagrado Corazón.


La descripción que hace Amador Ruibal en su libro-guía de Castillos de Toledo es esquemática describiendo así los restos aún en pie: "Castillo señorial tardío, rodeado por un foso del que se conserva el frente norte, con una altura de unos 20 metros, con la torre del homenaje de cuatro cuerpos, un lienzo de cortinas con la puerta y una torre angular cilíndrica con almenas"; conviene señalar que en las fotografías del libro al igual que otras no muy antiguas, este lienzo aún estaba en pie y a través de ellas es fácil la explicación que hace del interior del edificio, por lo que es de suponer también que su derrumbe es bastante reciente. Continúa Ruibal con la descripción del interior: "Es obra de mampostería por hiladas reforzada en los ángulos por sillares, con muros de 2 metros de grosor, pero alcanza casi los 3 en la torre del homenaje, que conserva cuatro plantas, la inferior tuvo bóveda de cañón y los pisos segundo y tercero techo de madera. El cuarto nivel era la terraza almenada. Tiene ventanas en la tercera y segunda planta de la torre del homenaje y saeteras en la torre cilíndrica. Tiene escudo del reformador".


Según algunos datos que se pueden constatar por esta red el castillo lo manda construir el Mariscal de Castilla, Don Hernando de Rivadeneira, nombre por el que es conocido también: castillo de Rivadeneira, a medidos del siglo XV (1449-1450). Sobre la historia Ruibal, al igual que el resto de referencias en la red, la cita de forma bastante esquemática dejando en el aire algunas incógnitas para el lector: "en tiempos de Juan II permaneció fiel al rey en su enfrentamiento con las fuerzas de Don Álvaro de Luna",-es de imaginar que se debe referir a Juan II rey de Aragón y Navarra, uno de los Infantes de Aragón, enfrentado a su homónimo Juan II de Castilla de quien Álvaro de Luna era valido. Posteriormente paso a poder de Don Pedro de Rivadeneira a quien se debe su reforma. Concluye que de aquí "salió hacia Toledo con cien caballeros Enrique IV para someter la ciudad partidaria del infante rebelde Don Alfonso", es de suponer también que se refiere a los hechos posteriores de la Farsa de Ávila en la que algunos nobles castellanos depusieron a Enrique y nombraron rey a su medio hermano Alfonso en 1465. Alfonso, hermano de la futura Isabel la Católica, fue coronado con el nombre de Alfonso XII y moriría poco después en 1468, se cree que envenenado, en Cardeñosa, en la provincia de Ávila.


El edificio, como se puede comprobar, está en total ruina y si me he decidido a indagar sobre su historia y publicar esta entrada ha sido para mostrar el abandono en el que se encuentra parte de nuestro patrimonio histórico y cultural, y porque si no se toman las medidas necesarias el edificio terminará derrumbándose por completo, futuro que comparte la iglesia del despoblado, edificio este último que según pude leer tiene restos de su fábrica del siglo XII y pinturas murales. No pude terminar el reportaje fotográfico ni entrar en la iglesia por un accidente que sufrí en el mismo lugar, por lo que queda pendiente de actualizar esta entrada tanto en este aspecto como el relacionado con su historia.

Para esta entrada he consultado y reproducido los siguientes textos de la siguiente bibliografía:

Castillos de ToledoRuibal, Amador, Ediciones Lancia, León, 1992.