viernes, 19 de julio de 2013

El Marrano de la Virgen


Saliendo del pueblo, sobre un cerro, hay un verraco que mira hacia Ávila, a su derecha queda el río Adaja y no muy lejos, dirección sur, sobre un montículo en la otra orilla del río, el castro vettón de Las Cogotas. Al lado del verraco hay una pequeña ermita desde donde se domina la Moraña, una inmensa planicie que arranca desde el mismo Mingorría y abarca prácticamente desde el oeste al este por el norte. Es una llanura dominada por plantaciones de cereal, salpicada de manchas de pinares dispersos. En primavera tiene un color verde intenso; en verano un amarillo pajizo  y en otoño e invierno es un contraste de tierras pardas y ocres salpicadas de mancha verdes de los pinares. De este a oeste por el sur, es una sucesión ondulada de montes de la Sierra de Ávila de un hermoso e intenso color verde del encinar. Desde este punto, a unos 1.100 metros sobre el nivel del mar, el cielo parece estar al alcance de la mano. Pero antes de ver al verraco veamos quiénes eran los vettones.

Los vettones son grupos autóctonos que habitaban en esta parte de la Meseta, en el Sistema Central, que abarca desde Ávila hasta Tras-Os-Montes en Portugal. Eran pequeños grupos nómadas que vivían en asientos temporales. Llegado un momento abandonan el nomadismo y se asientan en poblados con recintos amurallados para la defensa, son los conocidos castros. Esto ocurre con la llegada del hierro. De la cultura vettona son características las esculturas zoomorfas llamadas verracos, esculturas que representan toros y cerdos. Son de granito y tienen  diferentes tamaños que van desde el medio metro de altura hasta los dos metros. El grupo de esculturas más conocido son los Toros de Guisando, en El Tiemblo, Ávila. Con la romanización de la Meseta los antiguos poblados desaparecen y sus pobladores son trasladados a otras zonas de mayor control. A pesar de que los castros son destruidos y abandonados muchas de las esculturas siguen en pie hasta nuestros días.

El vettón era un pueblo celta, y entendemos como celta no unas características raciales sino culturales: religión, forma de gobierno, útiles, idioma, etc. Son principalmente ganaderos y en menor medida agricultores. Muchos de estos verracos han dado nombre a algunas localidades como Toro, en Zamora, o El Oso en Ávila. El verraco de Mingorría representa un cerdo, aunque también podría ser un jabalí, a casi tamaño natural y como el resto de piezas se ignora qué función tenía, aunque se descarta su simbología religiosa o funeraria; no estaban cerca de las necrópolis y encontrándose sin embargo en los cercados del ganado y dispersos en el espacio, sobre todo en zonas de importancia económica: pastos y fuentes. En la actualidad se cree que podían servir para la demarcación de lindes de pastos. Como es de suponer sobre estas esculturas surgidas en la Edad del Hierro entre los años 400-350 a.C. hay muchas historias y a lo largo de los siglos han sufrido multitud de vicisitudes y en muchos casos su destrucción.

El verraco de Mingorría, conocido popularmente como el marrano de la Virgen, por estar como he dicho sobre el cerro junto a la ermita de la Virgen  del Rosario, dista un kilómetro escaso del pueblo. Es de granito y está bastante erosionado. Mide 174 cm de largo, una altura máxima de 88 cm y 52 cm de ancho. En el terreno está sobre una veta de cuarzo conocida como Rogallinas, por lo que es seguro que no se construyó en ese lugar. Una de las peculiaridades es que tiene la pata delantera izquierda en posición adelantada lo que da la sensación de movimiento o de acometida. Sobre el dorso tiene un agujero u oquedad que se le atribuye popularmente a prácticas libaciones y prácticas mágicas. La primera descripción que leí de él se aseguraba que se desconoce el lugar de procedencia lo que me indujo a hacer alguna pequeña investigación sobre él.

Como dije antes, estas piezas han tenido muchas vicisitudes, entre las que destaca que en tiempo del Emperador Carlos V se aseguraba que éste los había mandado construir para escarnio de los castellanos tras derrotarlos en la guerra de las Comunidades, por lo que algunos fueron destruidos; otros han sido utilizados como elemento de construcción y pueden verse incrustrados en una pared o en la misma muralla de Ávila. En un viaje por Portugal, en Bragança, vi junto al castillo un verraco sobre el que descansa un rollo, lo que me hizo pensar que el origen de la oquedad del de Mingorría tuviese la misma finalidad. En efecto, según la tesis de la especialista Pilar López Monteagudo estas esculturas fueron tomadas en su día como paganas por lo que se les cristianizó colocándoles una cruz en el dorso, lo que explicaba el hueco que tiene el de Mingorría y  también  el verraco de El Oso a unos pocos kilómetros de allí.

La noche del 27 septiembre de 2003 subí hasta el cerro de la Ermita. Aquella noche el cielo estaba totalmente raso, sin nubes ni luna, porque mi objetivo era tener a la vista la Estrella Polar para hacer las mediciones. Llevaba dos palos de metro y medio de alto que clavé, aproximadamente a un metro de distancia, por delante y por detrás del verraco. A ambos palos até una cuerda delgada que hice coincidir con el espinazo del verraco. Una vez tensada la cuerda, con la brújula comprobé la orientación. Me sorprendió la poca desviación norte-sur que indicaba la línea dibujaba y que coincidía con los tres puntos de referencia: las dos estacas y la Estrella Polar.

El resultado me indujo a pensar que la escultura estaba allí desde tiempos inmemoriales y que era su primera y única ubicación, porque nadie se hubiese tomado la molestia de dar tal precisión a la orientación en tiempos más modernos, sobre todo teniendo en cuenta el origen de la oquedad, la cristianización del verraco como objeto pagano que se le consideraba. Así que sólo me quedaba por entonces averiguar si era cierto este extremo, si había sido cristianizado, y no me costó mucho tiempo encontrar la explicación a la oquedad que había sobre su dorso. En la fachada oeste de la ermita, en el muro del cercado de la pared norte, hay una peana y sobre esta una cruz extrañamente inclinada que es muy fácil mover con una sola mano, cuando el resto de cruces de la Via Crucis que recorre el pueblo están todas perfectamente fijadas.

La mañana del 12 de octubre de ese mismo año subí con un metro metálico, papel y calculadora y me dispuse a hacer nuevas mediciones, esta vez de las oquedades del verraco y la pena de la cruz. El diámetro de la oquedad del verraco era de 17,5 cm. lo que nos da una circunferencia de 55 cm. El fuste de la cruz tenía un rebaje considerable lo que le impedía mantenerse firme y encajada en la peana. Medí el rebaje y tenía una circunferencia de 52 cm, y la altura del rebaje del fuste de la cruz  coincidía con la profundidad de la oquedad que tenía el verraco, por lo que concluí que aquella era la cruz que se había utilizado para cristianizar nuestro marrano.

De esta forma comprobé que las conclusiones que se había publicado López Monteagudo sobre la cristianización del verraco eran ciertas; además había encontrado la cruz que le pusieron en su día en el dorso. Por otro lado, comprobé la hipótesis de Alvarez Sanchis sobre la ubicación de los verracos en una zona de pastos y/o fuentes al quedar el nuestro entre dos arroyos y una zona de pastos en que actualmente se cultiva de cereal. En este caso creo que carece de las propiedades mágicas o religiosas que la creencia popular le otorga, sino que con toda probabilidad hizo funciones de linde.

Más recientemente, en la esquina derecha de la ermita se ha descubierto otro verraco integrado en la pared, está mejor conservado en apariencia, al menos en la parte visible, orejas y morro, aunque es imposible saber si conserva la peana y parte de las patas.

Para introducirse en el mundo de los vettones y las esculturas zoomorfas es recomendable la visita a los castros de Las Cogotas en Cardeñosa, aunque es de más fácil acceso desde Mingorría; La Mesa de Miranda en Chamartín y Ulaca en Solosancho, todos ellos a escasos kilómetros de Ávila y en todas las poblaciones, excepto Cardeñosa, con un verraco. Para documentarse recomiendo las siguientes obras: López Monteagudo, Guadalupe, Esculturas zoomorfas celtas de la Península Ibérica, CSIC, 1989; y Álvarez-Sanchís, Jesús R., Los Vettones, Real Academia de la Historia, 2003.


4 comentarios:

  1. Ah, pues sí que andas por el pueblo. Me alegra que decidieras no utilizar el cartel de... ya sabes. "Twitteo" este enlace con tu permiso.

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  2. El trasiego entre el pueblo y Madrid es continuo. Espero no tener que cerrar por vacaciones, algo subiré, seguro. Gracias por Twittear y difundirlo.

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  3. Así se hacen los artículos con trabajo e investigación

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  4. Gracias, en efecto me ha llevado mucho tiempo de investigación, pero el esfuerzo siempre es recompensado y ser reconocido siempre es una satisfacción.

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