miércoles, 1 de junio de 2016

Vicente Verdú


Como un elogio a la abstracción, el tríptico de la exposición de Vicente Verdú en la Galería Orfila, comienza así: "La indagación del artista, para lo que sea en su total significado, y más en los tiempos de la modernidad, constituye por sí un icono, una resistencia hacia aquello que es convención. Crear, pensar, es viajar al centro de la pregunta, comprender, por decirlo en términos heideggerianos, que la obra de arte no ocupa un espacio determinado, sino que ella misma obedece a una confluencia de direcciones, todas coincidentes en un punto, en un lugar".


Podía parecer en un principio y a primera vista, que existe un cierto desorden en el color, incluso, un exceso del negro en alguna de las composiciones porque en ocasiones el negro es un color difícil de encajar en las obras. Quizá -hablamos mientras recorremos la sala-, sólo quizás, porque ese desorden se torna en un orden aparente, fácil de ubicar en ese punto o en ese lugar que el artista elige en la obra. Estos lugares, sin embargo, no responden a ningún orden establecido, ni son áreas concretas para cada color, son espacios que se nos presentan abiertos o cerrados. -En nuestra conversación habíamos decidido dividir la muestra entre obras abiertas y obras cerradas, según los espacios que representa cada una: finitos o infinitos-. Los espacios abiertos se escapan libres más allá de la mirada del espectador, mientras que los espacios cerrados conforman áreas bien definidas, delimitadas como si se tratara de una rayuela descompuesta y sin forma concreta, en la que cada espacio, en vez de contener un número o un arcano contiene un color. El juego visual es sencillo, es el paradigma del universo finito y contenido por un lado, o el universo inescrutable en continua expansión, por otro.


"Este buscar "novedoso", -continúa el tríptico en su tercer párrafo- esta incesante mudanza que ofrece provisionalidad a las formas, son enseñas en la pintura de Verdú, destinada, se diría, a un continuo proceso de descomposición y recomposición, cuyo fruto es la ágil movilidad de los elementos, un ir y venir de trazos y colores que genera espacios en la mente del espectador".


En este vaivén, las obras de espacios abiertos simulan una expansión que apenas el propio lienzo puede contener, provocan juegos ópticos en los que se mueve la imaginación del espectador; ése es el lugar donde es capaz de adivinar en una pincelada anaranjada la frente de un personaje, en una pincelada negra y enérgica un torso; y en un trazo oscuro y oblicuo que atraviesa la tela de lado a lado, el pelo encrespado; y en los chorreos azules, donde se amortigua y se despeja la luz y bate hacia la pupila de quien observa; es el espectador atento quien reproduce el éxtasis que provoca tal luminosidad, quien como autor ajeno se integra inconsciente en la composición hasta hacerla suya.


Es la propia abstracción quien propone imágenes al espectador. Verdú, se limita a proponer "a quien contempla o escruta las imágenes, otro escenario ajeno a toda subordinación estética, alejado de la politización a la que ha sido sometido el arte con el solo propósito de satisfacer a un público cada vez más autocomplaciente". Los espacios abiertos e infinitos parecen contener colores más vivos: verdes, rojos y amarillos, las pinceladas direcciones opuestas, trazos verticales y horizontales, líneas que semejan duda en la ejecución de una mano trémula o cansada. Los ocres, los negros y la gama de azules, invocan, dentro del espacio cerrado, en su clausura, el recogimiento, la certeza, "únicamente así es capaz de entender y asimilar cuanto no procede de un dogma", sino de la propia intuición.


Vicente Verdú, en Galería Orfila, en calle Orfila, 3 de Madrid, hasta el 14 de junio de 2016


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