sábado, 19 de diciembre de 2015

María Jesús Pérez Carballo


La última exposición de María Jesús Pérez Carballo, que sencillamente la titula con su nombre, en la Galería Orfila, es una espléndida colección de dibujos, algunos coloreados con óleo o acuarela, pero la base de la muestra es el dibujo, el grafito, "el lápiz- me corrige la propia artista-", un viaje a través de los claros, las sombras y la luz, nada más. No hace mucho tiempo acudí a una muestra en la que sólo había dibujos; en ella se hacían muchas referencias al propio dibujo y cómo lo definía cada artista y, con ese hilo conductor, recordé una frase que era a la vez un consejo, aunque no precisamente de aquella exposición, de Antonio López: hay que dibujar cada día, no sé cuánto tiempo había que dedicarle, pero había que hacerlo a diario.

Con esa máxima, y de la mano de María Jesús, comentaba con ella la libertad que el dibujo permite al artista, sobre todo cuando está frente a la naturaleza, los paisajes, los árboles, y en su caso, los jardines. La inspiración no está sujeta a un canon, es pura satisfacción dibujar las ramas retorcidas de un árbol, los muros de setos, los caminos de un jardín, los árboles que se diseminan por aquí y allá y proyectan largas sombras de las que surgen, a veces, de un arbusto, si hay color, el punto bermellón de una flor. Luego queda otro mundo, el académico, las simetrías de los parterres, los encajes y volúmenes, las perspectivas y el orden con el que cada personaje se sitúa en la escena; y por fin, si el deseo o el capricho lo solicitan, el color en las flores y las hojas.

Escribía Sorolla: "Está visto que el dibujar, el pensar en cosas que jamás se realizarán es el mayor deleite de la vida". Alguien me pidió que estudiara la trayectoria de la artista; en realidad, pensé, no vale la pena sumergirse en ese proceso, sino que es preferible quedarse, en aquel momento, junto a la compleja sencillez de sus dibujos e imaginar la mano alzada trazando las ramas del almendro en flor, o acomodar la mirada en la frondosa enredadera en la que apenas está esbozado el color. Como decía Sorolla: ¡cabe mayor deleite!.

Y con esta propuesta me fui con la artista a recorrer la sala contemplando su obra y comentando con ella sus cuadros: el color de los setos, los laberintos soñados, los parques, las pérgolas y rosaledas visitadas, y franquear por último esa puerta de hierro forjado donde comienza el jardín botánico y donde se dan cita, mientras dibuja absorta, esas cosas que jamás se realizarán.
Mientras, nos apremiaban. A un lado se despliegan sillas y frente a una de las obras un atril. Se presenta un libro, el libro que condensa la trayectoria de la artista: María Jesús Pérez Carballo, Sombras nos muros.

Y, aprovechando el silencio que brinda el público, es el momento de reflexionar en torno a la obra expuesta y la obra global de la mano de Antonio Leyva, no ya por ser autor del libro y contrastado crítico de arte, sino por el profundo conocimiento que tiene de la artista y su obra. "Bien que la obra de la pintora cuya temporalidad de hechos y circunstancias nos proponemos recorrer..." comienza el libro, un trayecto jalonado de exposiciones, el paso por la academia, las obras, las amistades, los artistas que la acompañaron y aún la acompañan y el lápiz, siempre el lápiz. Es un acto entrañable, porque quizás no exista mayor satisfacción para un artista, que ver reflejado el esfuerzo y parte de la vida a través de su propia obra en el tiempo; un regalo, sin duda, emotivo.


María Jesús Pérez Carballo, dibujos en Galería Orfila, en la calle Orfila, 3, de Madrid, hasta el 5 de enero de 2016.


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