jueves, 16 de julio de 2015

Antonio Olazábal: In a silent way


Se me pasa el tiempo leyendo y viendo el libro de la exposición In a silent way de Antonio Olazábal, "de una manera silenciosa, como un desapercibido observador, -escribe en la introducción- es una buena forma de captar instantes fotográficos, registrar escenas fortuitas que puedan mostrarnos lo previsible, lo sorprendente y lo insólito de una ciudad como ésta". "De una manera silenciosa -continúa- así es como se produce esa gran contradicción entre la soledad y la multitud que nos muestra Tokyo donde si las imágenes sonaran podríamos escuchar a Miles Davis".

Quizá sea ése el sonido de la fotografía, y recuerdo que al entrar por primera vez en la galería de Antonio Olazábal, casi imperceptible para mi, oí música, jazz, bien podía ser Miles DavisJohn Coltrane o Charlie Parker. quien me acompaña en estos momentos mientras repaso la fotografía de la ciudad: un scalextric al pie de los rascacielos que jalonan el horizonte y la imagen solitaria de un cliente inmerso en la lectura de un periódico en la barra de un bar.

Yo nunca he estado en Tokyo pero me han dicho que sorprende el silencio, el silencio en todo, la paradoja de la muchedumbre que se mueve ordenada y en silencio; el silencio en las oficinas, en la recepción de los hoteles, en los salones de juego, roto sólo por el trajín incesante y metálico de máquinas y pisadas de pasos perdidos que anhelan quizá el silencio absoluto que domina el desierto. "Tokyo es así, como estas fotografías -comenta a mi lado una visitante- Yo no he visto el Caribe ni sé si tiene el color brillante que se ve en las fotografías, pero Tokyo tiene colores fríos, apagados, grises", dice mirando una de las fotografías en la que se ve el interior de un bar y señalar luego la imagen de empleado del Metro.

Tanto el silencio como el sonido no pasan desapercibidos. En ocasiones los actores de la imagen por un instante parecen observar a los que desde el otro lado, en la sala, los miran a ellos. Es ahora el autor quien explica la escena que ha capturado: "Es una azotea, una especie de mirador desde donde se domina la ciudad, claro que -recuerda- está tan protegido por los ventanales que es imposible oír nada desde allí arriba". Entonces pasa a la siguiente fotografía y explica que la gente allí habla alto, grita, que toma las fotografías y a nadie le parece extraño, como si todo el mundo estuviese acostumbrado a que lo fotografíen; y tras el comentario pasa a otra sala junto al regidor y la autoridad cultural, los invitados y el resto de visitantes, entonces los personajes retratados, como si de un juego se tratase tras haber quedado inmóviles en la imagen, continúan en su inmovilidad y recuperan, sólo, el silencio perdido.

Y mientras la comitiva acompaña al autor. Se detienen frente a la imagen de una calle vacía con caracteres de escritura japonesa en el suelo y en neones apagados; más allá un cartel con Scarlett Johansson anunciando champán y un tercero de "anuncios antiguos de cerveza" que contrastan con la imagen de un cocinero ensimismado en su trabajo o la de una mujer que parece cantar en un bar; y más al fondo aún, el compacto mundo urbano donde miles de ventanas salpican decenas de edificios sin apenas luminosos, sólo inmensas vías que trazan diagonales sobre el papel del revelado, sin un árbol, sin una sombra natural apenas que dé un toque humano a una ciudad dura, trepidante y aparentemente indiferente: "No se trata de hacer un retrato de Tokyo, ésta es "sólo" un asombroso escenario, se trata más bien de mirarse en ella"

Como decía antes, yo nunca he estado en Tokyo y me valgo de los relatos de amigos y de las imágenes  que saben recoger esos trozos de silencio que captan la quietud de la ciudad de forma nítida y sugerente, porque soy como ese espectador atento que acude a un concierto y sin saber solfeo ni música es capaz de rendirse a la armonía y a los tiempos que marca el director a la orquesta que dirige y crea cuadro a cuadro, escena a escena, hasta transformar el sonido en la imagen quebrada del silencio, en la quietud de las cosas, en sublime ausencia y en sosiego, y acomodar los personajes que surgen de la acción que ejecuta el músico virtuoso, como el fotógrafo, para introducirnos en ambientes de íntima quietud y silencios que prolongan la contemplación de la obra.

Magistral, sublime y exquisito Antonio Olazábal en esta In a silent way, una manera silenciosa de introducirnos en un asombroso escenario, como escribe Eduardo Momeñe en el libro que me entretiene y da título a la muestra, en una narración o una invitación " siempre en voz baja, apenas susurros, sin nada que explicar, sin querer convencer".


In a silent way, de Antonio Olazábal, en el Centro Cultural Anabel Segura, en Avda. Bruselas, 19 de Alcobendas (Madrid), hasta el 25 de julio de 2015.



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