martes, 23 de junio de 2015

Al Taylor



La fascinación por lo desconocido. Quizás sea esa la razón. No conocía la obra de Al Taylor ( 1948-1999) al entrar en la sala que la Galería Cayón tiene en la calle Blanca de Navarra. No la visitaba la galería desde la exposición que dedicaron a José Guerrero a principios de año. así que decidí tomarme mi tiempo después de hacer un recorrido breve por la sala contemplando con sólo cierto detalle las obras; después leí la hoja informativa sobre la obra y los breves apuntes que se dan del artista. De Taylor me atrajeron dos cosas; primero los apuntes o bocetos expuestos, la obra enmarcada son hojas de cuaderno de apuntes, en los que preparaba las composiciones antes de su ejecución por lo que es de imaginar que no es obra de la improvisación; y la segunda es una frase sobre la ejecución de la obra: ésta estaba inspirada "en la manera en que los niños de África construían juguetes a partir de la basura, y animado por cierta falta de liquidez económica".

La exposición está dividida en dos series, ésta, en el espacio blanca, donde se muestras los bocetos y esculturas que denomina "Pass the Peas", "investigaciones de Taylor acerca del interior y exterior de las formas circulares así como sus posibilidades multidimensionales". Utiliza hula-hoops, anillos de tapones de botellas de plástico, restos de tuberías, macarrones y cables eléctricos con los que sugiere el movimiento circular y elíptico, dibujando la trayectoria que de una serie de átomos en torno a un núcleo o un átomo invisible. Todo ese juego me sugería la representación del conjunto de fuerzas centrífugas y centrípetas que tantos problemas me daban en los estudios de física, la traslación, rotación y atracción de partículas atómicas representadas ahora en hipotéticos "guisantes acrobáticos".

En el espacio de la calle Orfila, la obra giraba en torno a la serie titulada "Shrunken Heads with Vision", en la que Taylor trabaja con representaciones de unas cabezas reducidas de jíbaros de plástico con las que construye móviles y, como la anterior, muestra tanto los bocetos previos como la obra ejecutada. Los jíbaros cosían boca, nariz y ojos de sus enemigos muertos para que la expresión de del valor del difunto se mantuviese siempre dentro de su cabeza reducida. Taylor utiliza unas cabezas de plástico que encontró en un viaje, como base de la obra y realizará con ellas móviles tridimensionales, "a su vez, siguiendo la ironía y la contradicción inicial, rompe con la tradición indígena y abre los ojos de las cabezas para insertarles unas barras de aluminio que las conectan entre ella. La obra cuestiona así la intensidad de la mirada del espectador y sugiere la posibilidad de una mirada capaz de atravesar objetos", según nos indica la información de la galería.

Abundancia y escasez. Ideas, proyectos y la imperiosa necesidad de desarrollarlos más allá de la precariedad de medios que empujan al artista "a servirse de otro tipo de materiales para explorar sus múltiples inquietudes formales como su relación con el mundo o las múltiples posibilidades de su experiencia visual".
A partir de ahora, el resto de sugerencias y sobre todo la visita, interesante sin duda, a las salas de la Galería Cayón y la interpretación de la obra de Al Taylor, queda en la voluntad de quien lea estos apuntes para convertirse en un nuevo espectador.


Pass the Peas and Shrunken Heads, en Galería Cayón, en calle Blanca de Navarra, 7 y calle Orfila, 10 de Madrid, hasta el 11 de julio de 2015.

viernes, 19 de junio de 2015

Miguel Bergasa: Miradas en Latinoamérica


Hace casi dos semanas que inauguró Miguel Bergasa su exposición Miradas en Latinoamérica en la galería EspacioFoto. Vi el montaje de la exposición y unos días después la muestra completa pero no puede estar en la inauguración. He repetido alguna vez la frase de uno de los fotógrafos con quien suelo coincidir en esta sala, Ángel López-Soto, para quien las obras deben provocar sensaciones en las ve; y si no las provocan no es que la obra sea mala ni buena, sencillamente se ignora. En este sentido la obra de Miguel Bergasa es un cúmulo de sensaciones, tan intensas y sorprendentes que, en sentido literal, hechizan y apasionan al espectador, y quizá sea por la carga humana que se desprenden de ellas.. Y nada mejor que, aunque sea una paradoja, haber faltado al estreno de la exposición porque la percepción de estas sensaciones en la íntima soledad del espectador me ha hecho ver las fotografías de una forma sosegada, y como en una metáfora, me ha permitido penetrar a través de sus miradas al alma de los protagonistas.

Al principio tomé la muestra como un viaje de ida y vuelta a través de esas miradas que nos sugiere el título. Las miradas que el espectador capta en los personajes, en ocasiones con una intensidad tal que se sorprende uno ante la imposibilidad de mantener la mirada al personaje. Este es el primer paso para introducirse en la exposición, reconocer no solo la belleza de las imágenes y su perfección técnica, sino la carga humana que desprende la sencillez de los protagonistas para luego poder iniciar el viaje de vuelta a través del territorio, la sociedad y los lugares donde se mueven y conviven estos personajes.

Quizá juegue con cierta ventaja sobre los espectadores que no vieron la anterior exposición de Miguel Bergasa: Mennonitas, donde no sólo descubrí esa sensación de la existencia real del retratado y su entorno, sino que incluso, aunque de forma indirecta, conocí al propio protagonista. Entonces descubrí que al contrario de otras exposiciones, sus fotografía no son producto de un proceso técnico, ni pretenden por ejemplo exaltar la luz o el color si lo tuviese, sino que quien interesa en realidad es el personaje, el verdadero protagonista de cada imagen: el marinero apoyado en la frágil barandilla de la borda oxidada de un barco; los vaqueros armados y embarrados de una sencillez extraordinaria o el grupo de niños en la ribera del río o del lago que miran como sólo los niños miran con ojos claros y mirada pura; esto por citar sólo las imágenes del catálogo de presentación. Todos tienen en común esas miradas claras y sinceras de personajes que no buscan protagonismo en su pose sino que dejan translucir a través de ellas lo que son, hombres y niños, sus vidas y su entorno.

Este es el misterio que se desprende de estos protagonistas tan anónimos como reales, que se repite sucesivamente en el grupo de escolares y el maestro en una escuela rural donde, ni en la profundidad del aula, se pierde la intensidad de la mirada del último niño, tan intensa como la de la adolescente del primer plano. Tal vez sea ésta una de las fotografías más atractivas, tal vez en la que más tiempo me he parado, pero hay también otra en la sala que transmite este diálogo entre los personajes y su entorno, la de una pareja sentada frente a tres jarras de barro. Están en una estancia de techos tan altos que los empequeñece; la pared manchada, del techo cuelga una bombilla moderna sin lámpara, a su lado una silla sin parte del respaldo y tres carteles publicitarios como decoración de la escena; y queda aún una obra en la que Bergasa se permite prescindir de los personajes y capta sólo su esencia a través del retrato del héroe, el familiar o el ídolo que los representa y con quien se identifican.

Una vez presentados los personajes, personas sencillas en lugares sencillos, las miradas nos trasladan al espacio en  donde desarrollan sus vidas: el altiplano y el minero que extrae un bloque de sal; el patio del colegio donde unos niños juegan a la pelota; el paisaje del río que corta el plano por la mitad donde la selva y las palmeras se reflejadas en el agua aparentemente remansada; la soledad dibujada en la figura del adolescente que practica boxeo; en la quietud de un caballo que pastan junto a los restos de una fábrica de ladrillo que hace tiempo dejó de funcionar, y como antagonistas de la pareja que posaba en la sala de techo alto que veíamos antes, un grupo de camareras que sonríen tras la barra de un bar en la que se puede leer "Viva nuestra revolución socialista"; y el grupo de chicos de elegante gravedad que contrasta con la mirada fugaz de la mujer que pasa frente a un ídolo pagano que parece vigilar la calle desde un ventanal.

Y de nuevo volvemos al inicio de la exposición, al centro de la sala, para ver el conjunto y confundir nuestra mirada con la mirada de los personajes, para sentirlos todos vivos, dueños cada uno de si y de su entorno. Entonces ya no es necesario cerrar los ojos ni preciso concentrar la mirada en de ellos para comprender, y entender si cabe, la compleja sencillez con la que estas imágenes nos atrapan. Y tan sólo me queda, para completar este recorrido, copiar un párrafo del catálogo: "Miguel Bergasa tamiza este íntimo artificio de la mirilla y el espejo. Coloca a sus personajes frontalmente, posando solemnes o naturales, observando directamente al ojo que los convierte en figuras. Hombres y mujeres callados se enfrentan al fotógrafo desde el otro lado de la escena y le sostienen, por un instante y para siempre, la mirada". Ticio Escobar (Asunción Paraguay). La mirada sencilla y formidable que nos ofrece de Latinoamérica un magistral Miguel Bergasa.


Miradas en Latinoamérica, de Miguel Bergasa, en la galería EspacioFoto, en calle Viritato, 53 de Madrid; se desarrolla dentro del evento PhotoEspaña2015 y es un recorrido por el archivo fotográfico del autor desde 1983, cuando inicia sus viajes a Lastinoamérica y que ha continuado de forma regular hasta la actualidad, visitando Paraguay, Bolivia, Brasil, Perú, Ecuador, Cuba, Chile, Uruguay, Panamá y México, Hasta el 31 de julio de 2015.


domingo, 14 de junio de 2015

Pepe Sevillano: Espíritu de metal


Al entrar en la sala de la galería no deja de sorprender la obra de Pepe Sevillano y lo difícil que puede resultar catalogarla o ubicarla en un estilo concreto, aunque sí en un contexto bastante actual y amplio en torno al cómic, al diseño e incluso al tatuaje o al graffiti y, como dice el pequeño programa de la exposición, en una especie de "fusión de estilos y técnicas" y, sobre todo, una vuelta al Renacimiento.

Hace años mi hijo me pidió un disco de un grupo que se llamaba Ars Amandi. un grupo desconocido de chicos de un pueblo que sonaban por Ávila y que había tenido la osadía de llamarse como la obra de Ovidio. No sé si Ovidio se hubiese molestado por ello y ni siquiera si fue inspiración para alguna de las obras del disco, como el caso del Blade Runner de Burroughs del que Ridley Scott sólo tomó el título para su película, y quizá sea en este mundo futurista, entre Burroughs y Scott, el más idóneo para ubicar la obra de Pepe Sevillano, este Espíritu de metal, un mundo que evoluciona hacia y sobre la robótica, donde los personajes sobreviven en una atmósfera tan idílica como degradada en la búsqueda, como el replicante de Scott, de un sentimiento mecánico y artificial.

La evocación del Renacimiento es, como hicieron los chicos de Ávila tomándose la licencia de utilizar el Ars Amandi, un poco exagerada pero cabe conceder el mismo privilegio a Sevillano y comprar su obra con el estilo del Quattrocento: la minuciosidad, el detalle con que se prodiga en los retratos que no dejan de recordar un rostro de Bramantino, el perfil exquisito de Giovanna Tornabuoni de Ghirlandaio o el paisaje idílico en forma de castillo con una obra de El Bosco; pero hay uno más sugerente aún, un San Jorge de Uccello tan vivo e intenso al que te transporta ese diablo rojo que parece precipitarse a los infiernos de un espacio sin fondo.

Pepe Sevillano crea su mundo particular al que nos transporta a través de la fantasía, en el que no hay que buscar más significados que los que las mismas obras sugieren, desde un mundo de pesadillas y monstruos que fluyen y se evaporan de un frasco de cristal de cuyas esencias se tornan seres demoníacos, garras, dientes afilados, manos exentas, ojos sanguinolentos y un fuego que atiza más si cabe la hedionda evocación del diablo como en un juego de rol; hasta la minuciosa exaltación de una hormiga de vivos colores protagonista única y exclusiva de un pequeño lienzo.

No es el Triunfo de la muerte ni El Jardín de las delicias, ni Brueghel ni El Bosco. Tal vez las comparaciones sean excesivas, que lo son sin duda, pero en la obra de Pepe Sevillano descansa cierta ironía y hay que celebrarla con humor y la simpática evocación de un submundo de héroes mecánicos, nuevos Prometeo, Lanzarote y reinas Ginebra que los primeros ya nos anticiparon; junto a replicantes, Hal 9000 y C3PO de la iconografía de un hombre que ya ha pisado la Luna; una nueva épica que nos recuerda de las epopeyas que narra Ovidio en su arte amatoria: "Las Sirenas eran unos monstruos marinos, que con su voz melodiosa detenían las naves, aunque hubiesen sido lanzadas a toda vela;..." o la descripción apocalíptica de un retrato en el Blade Runner de Burroughs : "Retrato a tamaño natural de un chico desnudo con la polla tiesa. Sandalias aladas y casco de centurión. Predominan en el cuadro los tonos chillones en rosa y azul que contrasta con el dorado del elaborado marco. El chico posa delante de un fondo de ciudades en llamas".


Espíritu de metal, óleos y esculturas de Pepe Sevillano en Galería Orfila, en calle Orfila, 3 de Madrid hasta el 23 de junio de 2015.

viernes, 12 de junio de 2015

Mingorría: El molino de Pablo


La veleta de la iglesia señala hacia levante. Sobre la pequeña espadaña que corona la iglesia la cigüeña aburrida claquetea el pico, machar el ajo que dicen por aquí, y parece dar vida más allá del canto de los tordos que  por los tejados, van de antena en antena, y el piar de gorriones, vencejos, aviones y golondrinas que cruzan el cielo zigzagueando sin parar. No hay una nube en el cielo y a lo lejos se ve volar un águila. La mañana se ha levantado fresca, es día del Corpus Christi, y no es festivo en el pueblo, pero sí en Madrid, de donde vienen unos amigos para hacer una excursión por los alrededores del pueblo. El objetivo es ir al río, al Molino de Pablo y volver para la hora de comida.

Salimos del pueblo hacia el sur, cuesta arriba por el Alto de San Blas. A mitad de la cuesta tomamos el primer desvío a la derecha, dejando la ermita de la Virgen y el verraco celtibérico aún más a la derecha. A la izquierda del camino hay unas naves y un corral donde gruñen dos cerdos blancos; a la derecha una veta de cuarzo en Rogallinas separa el camino de los sembrados. Esta veta tiene pequeñas cristalizaciones de piritas fáciles de encontrar, justo en la zona donde comienza a descender el camino, frente al aserradero de piedra, hasta llegar a la vaguada donde se remansa el agua de un manantial. Allí nos cruzamos con Félix que vuelve de pasear con su galgo, nos saludamos y seguimos el camino hasta llegar al arroyo, un pequeño reguero de agua clara que forma el manantial. A partir de aquí el paisaje se despeja, a la derecha crecen, pegadas a una pared de piedra, unas zarzas espesas, bien regadas por el arroyo que darán, seguro, moras dulces como la miel a finales de agosto, ahora apenas están en flor; a la izquierda un campo de centeno se extiende en suave cuesta hasta el horizonte.

Un  poco más adelante nos cruzamos con un Land-Rover; el conductor nos saluda desde dentro sin bajar la ventanilla, a su paso se levanta una pequeña polvareda. El zarzal, terminado el muro de piedra sobre el que crece, da paso al encinar y a los berrocales que hacen casi imposible el cultivo con el tractor. A unos cien metros se ve la entrada a una finca cercada con valla de alambre que nos acompañará todo el trayecto, y a la izquierda, en un barbecho, pace un rebaño de cabras. Es la antesala del monte, el encinar por donde campa el conejo, el zorro, el jabalí y, según me han contado, también el lobo. El viento, suave, se encrespa por momentos y nos obliga a sujetar los sombreros mientras a lo lejos el pastor que vigila el rebaño de cabras nos saluda apoyado en su garrote; a su lado un perro color canela recién esquilado que desde el camino parece un cordero. Son las once y el sol comienza a calentar.

El camino por momentos se pierde, a la izquierda quedan trozos de una pared de piedra y algún que otro mojón de las fincas abandonadas. Los excursionistas comenzamos a formar grupos sin darnos cuenta. Sobre nosotros se recorta la silueta de una cigüeña y al fondo, entre la copa de las encinas se ve la presa y su la derecha dos pequeños montículos que forman Las Cogotas, donde está el castro celta, se llama así porque semejan dos cogotes, y da nombre a la presa. Durante la charla pasamos junto a la piedra de una linde que tiene encima piedras pequeñas y una raíz reseca: "Alguien se lo llevará" dice Luisa que va a mi lado, está tan seca que ya no sirve ni para la lumbre de la chimenea", y al mirar, una lagartija levanta orgullosa la cabeza mientras se calienta al sol sobre un trozo de pizarra.

El tomillo y los berceos comienzan a apoderarse del camino y conforme avanzamos la vereda se borra y el matorral nos empuja hacia la valla de metal y afloran algunas pizarras; el suelo se torna por momentos en un pedregal incómodo que termina en una  pendiente sinuosa que nos lleva hasta el cauce seco de un arroyo. Aquí el paisaje cambia, el suelo se esponja bajo la sombra de la hojarasca de chopos y fresnos y al abrigo de farallones de granito y pizarras formando una pequeña pradera desde donde se oye correr el agua del río. Es el Adaja, como diría Machado y aunque no lo merezca, uno de los arroyos que buscan al padre Duero, que se remansa y corre dirección a Arévalo. Al entrar en la pradera, al final de la pendiente polvorienta, nos recibe un pequeño muro que sirve para encauzar el arroyo ahora seco cuando lleva agua. No tiene el muro más de un metro de altura y medio de ancho y desemboca en el canal principal que vierte en el saetín donde en su día moviera los mecanismos del molino.

A la izquierda se abre la pradera. El tronco de un chopo caído sirve de asiento a los excursionistas frente al canal que se construyó para llevar el agua al molino. La hierba mullida está salpicada de poleo y ortigas y rezuma el frescor de la corriente de agua cristalina. Bordea el canal una pared ancha y alta, de más de un metro de espesor, construida con grandes piedras sobre las que descansan losas de granito y restos de las muelas desgastadas del molino. Mientras los excursionistas comen fruta, me paseo sobre el muro, sorteando zarzas y juncos, hasta llegar a la entrada de la esclusa que da paso al agua. De ahí vuela un mirlo para perderse en la espesura de las mimbreras. Me entretengo oyendo el murmullo del agua, mirando las mariposas que revolotean nerviosas y una pareja de libélulas rojas que juegan a perseguirse.

Sobre la piedra de la entrada de la esclusa aún está parte del mecanismo que levanta la reja, ahora desaparecida, que servía de compuerta para inundar el canal; en el remanso que se forma a la entrada se refleja la orilla derecha iluminada por el sol, tiene frondosos tonos verdes con vegetación más espesa, por donde ya no pasar nadie y el encinar ha vuelto a adueñarse del monte. Sobre el remanso del río un grupo de zapateros de larguísimas patas parece patinar sobre agua. Vuelvo paseando despacio por encima de la pared, las piedras inseguras y mal asentadas amenazan con desmoronarse sobre todo en una zona que parece que en su día fue el aliviadero, hasta llegar al final del canal donde, en una boca oscura y ancha, el cubo, se vierte el agua al saetín que movería si las hubiera palas, engranajes, poleas y palancas, que abandonadas desde hace años, han desaparecido.

El molino son dos edificios construidos en mampostería. En el de la derecha, que debía ser almacén, sólo queda las paredes; mientras que el molino propiamente dicho, conserva gran parte del tejado, aunque se ha derrumbado el centro cediendo la viga central y la zona que era el primer piso. La viga aún tiene clavados algunos cabrios y parte de la tarima que fuese piso, y entre ellos aún quedan algunos nidos de pájaros. Al fondo del edificio hay una gran piedra de moler en posición vertical y algunos muebles como cajoneras y peldaños de la escalera, maderas carcomidas y semienterradas por cascotes de teja y el resto del tejado que se sostiene en difícil equilibro. Todo el tejado amenaza con derrumbarse en cualquier momento sobre las zarzas que se han adueñado del interior.
Sobre la puerta hay una zona enfoscada que debió tener un nombre o una fecha, pero ahora no se lee nada. Sólo, sobre la roca que resguarda parte del edifico que debió ser almacén, y que es de difícil acceso, hay un nombre escrito con letra inglesa "letra con la que aprendieron a escribir en los años 20" me dice Luisa; y al otro lado, hay escritas unas letras con pintura roja, pintura como la que utilizan los canteros para marcar las piedras.

La mayor parte de los excursionistas ya había abandonado el lugar. El camino de vuelta, cuesta arriba, resulta algo más difícil: "Seguro, me dice Luisa, que este camino debía estar rellenado de tierra o enlosado" porque por allí bajaban y subían las bestias, burros y mulas, cargados de harina y grano. "Y en pago, añade, dejaban la maquila al molinero", y como muestra de ese pasado no tan lejano, enterrada entre el polvo blanco, sobresale un trozo de herradura oxidada.

El sol se filtra entre las encinas que nos acompañan ahora a nuestra derecha, y algún saltamontes gris se cruza abriendo sus alas azuladas para llegar aún más lejos en el salto. El monte parece a trechos un mar verdoso de berceos dorados. Nos detenemos un momento frente a una encina que el azar ha hecho que crezca entre dos grandes bloques del berrocal. mientras al son de las esquilas se acercan ahora desperdigadas las cabras. El cabrero, la piel quemada por el sol, se ha desabotonado la camisa."Hace calor, le digo", "Ayer hizo más, contesta, al menos esta mañana ha refrescado. Pero, añade, aún va a calentar", y sigue su camino. El perro que parece un cordero nos olisquea y se marcha tras su amo.

Seguimos hasta llegar de nuevo a la entrada de la finca cercada por la valla de alambre, tomando el camino entre el campo de centeno, el barbecho donde pastaban las cabras y la pared que, rematada de zarzas, termina en el manantial que se remansa antes de subir la cuesta de Rogallinas, con su veta de cuarzo blanco y sus diminutas piritas. Y al bajar la cuesta, ya en el último corral, la pareja de cerdos blancos ya no gruñe, se ha refugiado del sol y del aire que sopla solano, a la sombra de un chamizo. Sólo faltan unos metros para llegar a los olmos que jalonan el Alto de San Blás hasta las primeras casas, el jardín de la piscina municipal y el bar donde nos esperan sentados a la sombra, desde hace un rato a Luisa y a mi, el resto de excursionistas. Y al llegar pregunté: ¿quién era Pablo, el del molino?. "Si vas a la casa pintada de blanco con el zócalo pintando de azul, como las casas de la Mancha, que está llegando al final del pueblo, igual allí te lo dicen, porque allí vivía Pablo. Cuentan que estuvo en Filipinas, fue de los últimos en volver". Esto me contestaron y con esta anécdota terminó la excursión al río y al Molino de Pablo.

lunes, 1 de junio de 2015

Museo Thyssen Bornemisza: Miradas cruzadas


Siempre he imaginado que la función principal de un museo no es acumular obras, además de exhibir sus fondos y su mantenimiento: limpieza, restauración, adquisiciones, etc. también está la labor didáctica. Uno de los museos que más visito es el Museo Thyssen-Bornemisza, que además de su formidable colección, por la que el visitante pude hacer un recorrido por la historia del arte desde el románico hasta la actualidad, suele organizar exposiciones temporales extraordinarias, -en la actualidad Paseo por el amor y la muerte de Paul Delvaux- además de actividades propias de una gran pinacoteca: cursos, conferencias, librería, servicio de reproducciones y hasta una seductora cafetería.

Pero en el Thyssen hay algo que lo hace más atractivo, y son sus pequeñas muestras que titulan miradas cruzadas, en la primera planta del museo, de acceso libre y que no son otra cosa que clases magistrales de historia del arte. Cada clase, diría, consiste en una selección de obras, que casi nunca llegan a 10, en torno a un tema en común, que acompañan de un folleto explicativo. Hace un tiempo este folleto tenía una edición muy cuidada con fotografías y texto, ahora, por el momento de crisis, imagino, éste se resume a un una hoja, en español o en inglés, en la que en breves pinceladas se resume la esencia de la muestra, de manera sencilla y accesible para el espectador sin dejar de ser rigurosa.

Ahora se puede ver la décima muestra de estas miradas cruzadas con el título: El artista y su imagen AUTORRETRATOS, con obras de Rembrandt, Beckmann, Steen, Schiele, Freud,… El texto que acompaña la exposición nos presenta al autorretrato como un “género que ha interesado a los artistas de todos los tiempos por muy diversas razones. A unos para dejar constancia de sus estados de ánimo y evidenciar el paso del tiempo” como es el caso de Rembrandt y “A otros para conseguir esa intemporalidad tan ansiada en el ser humano, retratando la fugacidad de la vida” como el caso de Egon Schiele,… El origen de “Esta tradición procede del norte de Italia… existen precedentes en el arte antiguoaunque el autorretrato no se generalizó hasta el siglo XV…” en Italia y Flandes y en él, señala el folleto, “subyace un cierto componente narcisista como afirma John Pope-Hennesy:…”. Entre los instrumentos imprescindibles para su ejecución, está la figura del espejo, lo que provoca una “cierta simbiosis entre el espejo en el autorretrato y el rostro como espejo del alma”.

Son, como digo, pequeñas exposiciones con obras del propio museo y prestamos, en torno a un tema. De memoria, y de los que aún guardo el pequeño catálogo, está la reciente de Van Gogh por el 125 aniversario de su muerte, Juego de interiores, la mujer y lo cotidiano y Orientalismosentre las primeras que se realizaron y la sexta, Reflejos, una de las más impresionantes con una obra maravillosa de Van Eyck. Es una forma de ver y comprender el arte a través de esas miradas cruzadas en las que convergen estilos, técnicas y artistas que nos permiten jugar en su tiempo y sus costumbres. En definitiva, una propuesta excelente, seductora y de acceso libre. Un verdadero regalo.

Miradas cruzadas, en el Museo Thyssen Bornemisza, hasta el 7 de junio de 2015, en Paseo de Recoletos, 8 de Madrid.