miércoles, 6 de mayo de 2015

Paisajes posibles


Paisajes posibles, o la forma de ver el paisajes, debe haber muchas, pero siempre hay alguna que se nos escapa y nunca he sabido por qué, según quién capte una imagen ésta siempre cambia; y esa forma de ver, de mirar y comprender un lugar es lo que en ocasiones nos permite introducirnos de forma diferente no ya en un paisaje, sino en una porción de él: en un árbol, en una casa o el horizonte que lo conforman.

Esta sensación de cambio es lo que se transmite en la exposición Paisajes imposibles en la galería Espaciofoto. Tres visiones diferentes en forma y en el concepto, de la captación y transformación del paisaje y la naturaleza. Una personal, la de José Ramón Cuervo-Arango; donde el objeto y la luz son los protagonistas; en otra son el lugar y la espiritualidad que emana de ellos en la obra de Agustín López Bedoya; y el paisaje y la mano del hombre con la que José Quintanilla nos transporta a este lado del horizonte junto a un árbol y una casa. Y lo mejor de la muestra es que el espectador va introduciéndose en la obra de cada uno de los fotógrafos sin buscar una similitud o complementarse entre ellas, ni compararlas siquiera, simplementever cómo cada uno de ellos interpreta el paisaje.

Si hay una palabra que pueda definir la obra de José Ramón Cuervo-Arango, esa es delicadeza. Sus fotografías son de una sutileza casi oriental: equilibrio y exquisitez en la que tan sólo el oficio y los años consiguen arrancar de una sencilla rama que surge de la nieve para equipararla a la poderosa atracción de los acantilados del Cantábrico en los que un velero emerge entre la bruma y las sombras de un mar profundo. -Es Elcano, el Juan Sebastián Elcano -me comenta José Ramón- lo perseguí parte del día por toda la costa". Una alegoría del holandés errante, a la música que acompaña parte de su tiempo mientras trabaja, -toda imagen lleva implícita una melodía o un texto, o ambas cosas, me comentan mientras la mirada del espectador se emociona frente a los grises que se degradan suaves y sutiles del cielo tras las ramas de un árbol desnudo, o en el agua del remanso de un arroyo. Una visión, dice mi compañero de turno, clásica donde la técnica realza, si cabe, aún más la composición.

Agustín López Bedoya presenta una serie de fotografías que recogen un paisaje casi místico, donde parece resonar en el color del entorno, un profundo silencio. López Bedoya ha ido recorriendo una ruta los primeros cenobios donde el eremita solitario se retira a rezar y excavar el santuario en la roca, en esa misma roca donde excavará también su tumba: "El eremita se retira deliberadamente de la sociedad adentrándose en la soledad del yermo", donde naturaleza volverá a retomar el espacio robado por el hombre que la habitó una vez. Y sobre los muros encontramos inscripciones de los visitantes anónimos que han penetrado estas cuevas y han grabando en la roca cruces, iniciales, símbolos y nombres, como evoca el poema de Fray Luis de León al pie de una de las fotografías: "Que descansada vida / la del que huye del mundanal ruido / y sigue la escondida senda, / por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo / han sido".; y junto a este López Bedoya nos indica la latitud, la longitud y la altitud de cada lugar, el nombre y el punto exacto donde un día alguien decidió vivir una vida a caballo entre lo humano y lo espiritual; que gracias a este proyecto algunos de estos lugares se han rehabilitado y recuperado del abandono y el olvido.

Y frente a la plácida quietud del eremita, José Quintanilla nos introduce en un paseo por la soledad del viajero y se interna en el paisaje a través de campos y caminos deshabitados: "Nada más coger la carretera de La Roda sale un camino a la derecha, pasa por unas naves,  y va hacia el monte. A penas 1 kilómetro me he encontrado con una casa..." escribe en su cuaderno de notas que titula "Mi casa, mi árbol". Mi acompañante se pregunta en voz baja: No sé si es una proyecto iniciado desde el primer día o se ha formado sin querer ". El paisaje aquí se compone de la forma más sencilla que se pueda concebir un paisaje, tan sencillo que sobrecoge: una casa, un árbol y el horizonte profundo de La Mancha. El viajero que hay en Quintanilla busca y recorre lugares con el objetivo de encontrar una casa, una construcción en medio de la llanura donde casi siempre habrá un árbol adosado a ella: la casa de un labriego o el refugio del pastor, junto a la que crece un ciprés, un olmo o una higuera, la única sobra que da cobijo al paseante que transita el campo recién arado, la mies espigada o las rastrojeras. Más tarde, en el laboratorio, trabajará sobre el papel de impresión, lo prepara y tiñe con esmero: café, té, óxidos naturales que darán cierto aire de antiguo a las imágenes como si el tiempo se proyectase en fotografías y en unas copias que nunca serán iguales.


La intensidad y la mirada de tres fotógrafos que nos permiten introducirnos en el paisaje, en la naturaleza pura y en la intervenida por el hombre, tres trabajos magistrales que nos transportan en el tiempo y en el espacio, a través de la espiritual que se desprende de un árbol, del agua, de un templo o de una casa que una vez fueron habitados.








Paisajes posibles, de José Ramón Cuervo-Arango, Agustín López Bedoya y José Quintanilla, en Espaciofoto en calle Viriato, 53 de Madrid hasta el 23 de Mayo de 2015.

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