jueves, 16 de abril de 2015

Loló Corella


Hace unos años, en el Zoo de Madrid, una mañana verano con un sol implacable, tuve que refugiarme en el acuario huyendo del calor seco y sofocante. Al entrar en la sala noté una oleada de frescor, como si me hubiese zambullido en el agua de aquella inmensa pecera donde un sin fin de peces nadaban ajenos al agobio exterior. Fue un giro brusco y necesario de ambiente para, de alguna forma, sobrevivir a la asfixia. Esa misma sensación tuve la tarde del viernes al contemplar la obra de Loló Corella en la Galería Orfila: la placidez que parecía respirarse en una sala aislada del movimiento angustioso y violento del exterior.

El trabajo de Corella es un trabajo concienzudo y esmerado, de pincelada apenas perceptible que se esconde, por así decirlo, bajo un barniz de laca, tan perfectamente extendido, que simula un cristal protector. Me cuentan, que Loló Corella ha dado un giro a su obra. Hace dos años que ha abandonado la pintura geométrica a la que se dedicaba, que las líneas rectas se han tornado en peces y en movimiento -el pez es capaz de transmitir quietud al movimiento- y los volúmenes, cubos y esferas de proporciones áureas, se han vuelto escamas minuciosamente detalladas, -quizá sea éste uno de los rasgos que recuerde a su anterior etapa geométrica: la sistemática y concienzuda interpretación de las proporciones que componen la obra-. La causa de este cambio no la sé; tampoco lo he intentado averiguar, simplemente ha ocurrido.

Tal vez este cambio se deba a la búsqueda de un nuevo espacio, la huida de un ambiente asfixiante de líneas y geometrías duras, las que la ha empujado a sumergirse en un mundo tan lleno de peces como aquél que me llevó a mi al acuario del zoo; peces recargados, exóticos, de aletas envolventes que trasfieren una atmósfera sosegada y apacible; peces que giran en torno a sí mismos, dibujando secuencias y rutas en círculos concéntricos buceando y buscando una escapatoria imposible; peces de belleza exuberante, peces sobre un fondo de luz amortiguada, que penetran en el abismo del lienzo como si éste fuese agua. Son peces solitarios que nadan en una dirección errática; y peces en grupos que derrotan a la deriva en bancos soñados por el pescador.

Y de ese sentimiento de bancos de peces surgen dos retratos. Son dos caras infantiles que revelan algo más que dos rostros anónimos "¿Reconoces esa cara?" Me pregunta mi acompañante ocasional mientras señala a una niña que pasa frente a uno de estos lienzos.. Es la niña retratada, son los mismos ojos, la misma mirada inocente horadada de peces, peces que oscurecen los párpados y perfilan sus labios, su nariz, su pelo, que profundizan las sombras y la inquietud de un rostro infantil, atrapando, si cabe, con mayor precisión esa quietud que sólo transmite, de nuevo, el movimiento de los peces.

Mi compañero ahora anota la dificultad de la ejecución de las obras y el equilibrio de los colores, sin estridencias, una invitación tan diferente y atractiva para contemplar la obra de Loló Corella, la técnica; una invitación, en definitiva, a acercarse la galería y sumergirse en una atmósfera diferente.


Loló Corella, en Galería Orfila hasta el 30 de abril de 2015, en la calle Orfila, 3 de Madrid.



2 comentarios:

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  2. Hermosos comentarios sobre la obra de este pintor. La paz que describes y ese ambiente fresco provoca que quiera disfrutar de su pintura.

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