domingo, 26 de abril de 2015

Líneas del Sur: de André Lützen y Julian Röder


Esta exposición la vi a mediados de junio del año pasado, en 2014, pero me ha rondado la cabeza desde entonces. Se titulaba Líneas del Sur y se realizaba dentro de PHotoEspaña 2014, con obras de los fotógrafos alemanes André Lützen y Julian Röder en el Goethe-Institut Madrid. Las vacaciones se echaban encima y la entrada se quedó en el tintero y nunca he sabido por qué no la retomé antes. Las fotografías que hice de la muestra no eran las mejores, desde luego, -el reflejo en los cristales de la enmarcaciones las hacían poco atractivas-, después perdí la nota de prensa que tenía en papel y finalmente, antes de acabar el año, decidí pedir al Instituto Goethe que me enviaran cualquier referencia sobre la exposición, lo que hicieron con suma amabilidad.

¿Qué tenía de interesante aquellas imágenes, la exposición en conjunto? He de confesar que al principio me decepcionó por completo porque al protagonista principal no supe descubrirlo en su momento y aunque seguía recordando algunas de las fotografías, no conseguía averiguar qué la hacía atrayente. Ahora, tanto tiempo después, mi interés se centró en un párrafo de la nota de prensa que me enviaron el Instituto: "La muestra reflexiona sobre las fronteras en el Sur de Europa -las de Ceuta y Melilla o las de Italia y Grecia, entre otras-, un tema de total actualidad y de debate internacional que también es objeto de análisis desde diferentes visiones artísticas". Nada más. En las imágenes de la exposición sólo se veía la frontera como un espacio natural, sin gente apenas, sin inmigrantes prácticamente, y si salía alguna persona lo hacía desde un punto de vista casi idílico, lejos del drama de la inmigración, de la lucha por la supervivencia de unos seres humanos que huyen de la miseria y del horror de la guerra. ¿Era esa la visión y el concepto que tienen dos fotógrafos alemanes y, por extensión, los europeos del Norte, de lo que es la frontera del Sur? ¿Era eso lo que veían en Alemania, Dinamarca, Suecia o Finlandia? Esta era mi decepción, el horroroso y vacío drama de aquellas imágenes.

Entonces intenté introducirme entre las líneas que marcan la frontera, líneas indelebles que casi siempre son el mar, y cuando no, una valla metálica vigilada por un grupo de guardias bajo una denominación común: Frontex. Por eso imaginé que la frontera allí representada no dejaba de ser una playa con bañistas a la que arribaba un cayuco o una patera atestada de personas. Nada más; y nada menos. Sin embargo tras aquel el muro, tras esa línea que marca la playa y el alambre de espino, había unas imágenes de la exposición que fueron las que realmente me impresionaron desde el primer momento, aunque estaban prácticamente sin personajes: una calle desierta al anochecer; una cama vacía y ropa, mucha ropa, esperando vestir a alguien, en una habitación totalmente desordenada; y por último una sala en la que dos personas ven la televisión, supuse que era el lugar de acogida, dos personas -pensé- en país extraño, viendo una televisión extraña con un lenguaje extraño, después de dejar atrás la tormenta y la fatiga del viaje.

En esa soledad, en esa especie de vacío después de haber dejado atrás el horror, todo comienza de nuevo a este lado de la línea, en un espacio nuevo, en la habitación vacía de un apartamento en una calle desierta, arropado con ropa ajena. Esa fue la huella, lo que recuerdo de aquellas fotografías, la frustración y la humillación de lo ausente, y también la esperanza de tantas personas que se diluye en esa línea, en el mar y en la tierra, tan natural como cruel, una línea que separa dos mundos en los que unos nos empeñamos en hacerla más difícil, y otros en cruzarla, incluso a costa de la propia vida. Quizá sea por esto que al cabo de tanto tiempo retomo esa exposición como si la hubiese visto ayer, y vuelvo a contemplar todas las fotografías que tomé de ella, aunque, como decía al principio, es una exposición que ya no se puede ver.




La exposición Líneas del Sur era una selección de obras de Mission and Yask de Julian Röder y del proyecto Außenlinie (Línea exterior) de André Lützen que se pudo ver en el Goethe Institut Madridel del 5 de junio al 25 de julio de 2014.

miércoles, 22 de abril de 2015

Paul Almasy. Frank Lloyd Wright, Taliesin West, 1956


Casa Sin Fin es una pequeña galería que está en la calle Doctor Fourquet de Madrid. Siempre que la he visitado tiene una más que interesante exposición de obra gráfica, como ésta sobre Paul Almasy, que titula Frank Lloyd Wright, Taliesin West, 1956.

Hacía tiempo que no visitaba Doctor Fourquet. Cuando lo hacía sólo había dos galerías en el tramo de calle que va de Santa Isabel a Argumosa; una era Casa Sin Fin y la visita solía ser rápida. Hoy no ha sido tan rápida porque el personaje Paul Almasy (1906-2003) merece una mirada más detenida. La exposición consiste en un trabajo sobre la visita a la escuela de arquitectura de Frank Lloyd Wright, Taliesin West, un reportaje que realizó en 1956. Es una pequeña muestra que tiene la virtud de traer fotografías originales junto con los textos y pie de foto mecanografiados, también originales, que el propio Almasy elaboró para presentar su trabajo,

La galería aprovecha para darnos una breve e intensa visión de uno de los pioneros del fotoperiodismo, a la vez que nos acerca al concepto de fotografía que el propio Almasy define entre la fotografía documental y la fotografía en sí misma, -estética o utilitaria, partidario de esta última a la que también denomina fotografía informativa- , a la vez que presenta un breve currículo de este fotógrafo húngaro, desde sus inicios como corresponsal de una agencia de prensa en 1929; contratado por los gobiernos de Suiza y Francia; sus viajes donde -es el primer reportero europeo que cruza el Sahara en automóvil- fotografía media Europa durante la II Guerra Mundial; viaja por Oriente Medio; por la Sudáfrica del apartheid; por América -de Alaska a Tierra del Fuego- en 1962 y por la URSS, este último viaje en 1966.

El trabajo sobre Lloyd Wright, pertenece a una serie de reportajes que inicia en 1955 sobre creadores clave del siglo XX de la talla de Cocteau, Calder, Bretón, Dalí o Giacometti, y consiste en una serie de fotografías que acompaña con un texto que Almasy titula El extraño mundo del Frank Lloyd Wright, Un revolucionario de 89 años, y trata sobre la influencia que éste tuvo en la arquitectura, haciendo hincapié en un hombre que a sus 89 años aún seguía siendo "la vanguardia de la arquitectura norteamericana". Nos ofrece además una visión humana del personaje, de su obra y su influencia para terminar explicando el funcionamiento de la escuela de arquitectura Taliesin West, en Phoenix, en pleno desierto de Arizona.

Es una muestra intensa, -aunque como espectador insaciable me hubiese gustado tener mucho más material a la vista- es además un verdadero lujo poder tener al alcance de los ojos fotografías y documentos originales que nos permiten acercarnos a un personaje de indudable valor, tanto artístico como profesional, de los que siempre se pueden extraer lecciones impagables. En este aspecto, yo me quedo con una frase de Lloyd Wright, que se cita en texto que acompaña el trabajo: "Los gobiernos y las administraciones públicas no tienen nada que ver con las cultura. El arte, la literatura y todo lo que constituye la parte espiritual de una civilización continúan siendo potestad de los creadores, independientes de toda burocracia".


Paul Almasy. Frank Lloyd Wright, Taliensin West, 1956, en Casa Sin Fin, en Doctor Fourquet, 11 de Madrid. hasta el 16 de mayo de 2015, es un proyecto que desarrolla la galería en colaboración con dos coleccionistas franceses y la traductora de los textos, Irene Antón.

jueves, 16 de abril de 2015

Loló Corella


Hace unos años, en el Zoo de Madrid, una mañana verano con un sol implacable, tuve que refugiarme en el acuario huyendo del calor seco y sofocante. Al entrar en la sala noté una oleada de frescor, como si me hubiese zambullido en el agua de aquella inmensa pecera donde un sin fin de peces nadaban ajenos al agobio exterior. Fue un giro brusco y necesario de ambiente para, de alguna forma, sobrevivir a la asfixia. Esa misma sensación tuve la tarde del viernes al contemplar la obra de Loló Corella en la Galería Orfila: la placidez que parecía respirarse en una sala aislada del movimiento angustioso y violento del exterior.

El trabajo de Corella es un trabajo concienzudo y esmerado, de pincelada apenas perceptible que se esconde, por así decirlo, bajo un barniz de laca, tan perfectamente extendido, que simula un cristal protector. Me cuentan, que Loló Corella ha dado un giro a su obra. Hace dos años que ha abandonado la pintura geométrica a la que se dedicaba, que las líneas rectas se han tornado en peces y en movimiento -el pez es capaz de transmitir quietud al movimiento- y los volúmenes, cubos y esferas de proporciones áureas, se han vuelto escamas minuciosamente detalladas, -quizá sea éste uno de los rasgos que recuerde a su anterior etapa geométrica: la sistemática y concienzuda interpretación de las proporciones que componen la obra-. La causa de este cambio no la sé; tampoco lo he intentado averiguar, simplemente ha ocurrido.

Tal vez este cambio se deba a la búsqueda de un nuevo espacio, la huida de un ambiente asfixiante de líneas y geometrías duras, las que la ha empujado a sumergirse en un mundo tan lleno de peces como aquél que me llevó a mi al acuario del zoo; peces recargados, exóticos, de aletas envolventes que trasfieren una atmósfera sosegada y apacible; peces que giran en torno a sí mismos, dibujando secuencias y rutas en círculos concéntricos buceando y buscando una escapatoria imposible; peces de belleza exuberante, peces sobre un fondo de luz amortiguada, que penetran en el abismo del lienzo como si éste fuese agua. Son peces solitarios que nadan en una dirección errática; y peces en grupos que derrotan a la deriva en bancos soñados por el pescador.

Y de ese sentimiento de bancos de peces surgen dos retratos. Son dos caras infantiles que revelan algo más que dos rostros anónimos "¿Reconoces esa cara?" Me pregunta mi acompañante ocasional mientras señala a una niña que pasa frente a uno de estos lienzos.. Es la niña retratada, son los mismos ojos, la misma mirada inocente horadada de peces, peces que oscurecen los párpados y perfilan sus labios, su nariz, su pelo, que profundizan las sombras y la inquietud de un rostro infantil, atrapando, si cabe, con mayor precisión esa quietud que sólo transmite, de nuevo, el movimiento de los peces.

Mi compañero ahora anota la dificultad de la ejecución de las obras y el equilibrio de los colores, sin estridencias, una invitación tan diferente y atractiva para contemplar la obra de Loló Corella, la técnica; una invitación, en definitiva, a acercarse la galería y sumergirse en una atmósfera diferente.


Loló Corella, en Galería Orfila hasta el 30 de abril de 2015, en la calle Orfila, 3 de Madrid.



jueves, 9 de abril de 2015

Keith Haynes: Vinilos


Cuando lo que importa -pienso- es el soporte. Hace un tiempo leí una entrevista a Lou Reed en la que comentaba sobre la perfección o fidelidad del sonido, las nuevas tecnologías y la remasterización de algunos de sus discos, y venía a decir que la nuevas técnicas no llegaban a alcanzar la calidad del sonido de un disco de vinilo. Eso yo no lo sé muy bien, aunque creo que es cierto o al menos es lo que me parece al comparar los mismos temas grabados en los distintos formatos. También solía referirse al soporte Julio Cortázar, convencido de que la genuina audición de tangos debía hacerse en los pesados discos de baquelita. Quizá sea que el oído se ha acostumbrado a un ciertos tonos.

Algo parecido debe pensar Keith Haynes a la hora de confeccionar sus obras, retratos que bien pueden ser un homenaje simbólico, como aquellas retratos de sombras recortadas que se pusieron de moda en el romanticismo, a los músicos e iconos de una época en el mismo soporte en el que editaban sus éxitos: el vinilo. La obra de Haynes está hecha sobre discos originales de los autores que representa, discos de 12" (los conocidos LP y los Maxisingle) y de 7" (los single o sencillo), en este caso discos de The Beatles, Blondie y Sex Pistols. (en uno de estos últimos intervenido con cristales de Swarovski.

Las obras forman parte de una exposición colectiva Art Nexus II, (la anterior, Art Nexus I la pude ver en marzo de 2013 en la misma galería y en ella también partició Haynes), está compuesta por obras de otros 5 artistas realmente interesantes: Judy Clark, Gil Carvalho, Andrew Hasler , Rebecca Fontaine-Wolf y una excelente Naomi Doran. La muestra es a su vez un proyecto de intercambio y colaboración con la galería Different de Londres, que pretende ser, como indica en la presentación "un estímulo refrescante para todos", y que en realidad lo es.

 Art Nexus II, en la galería Lucía Mendoza, en la calle Bárbara de Braganza, 10 de Madrid.