lunes, 16 de febrero de 2015

En La Central: de Kafka a Baroja


La Central es una librería. La conocía porque gestiona la librería de la Fundación Mapfre y la del Reina Sofía. En la librería como tal estuve el sábado por la tarde, en la plaza de Callao, en la calle Preciados, no la que va a Sol, sino la que va a Santo Domingo. aunque la dirección oficial es calle Postigo de San Martín. Al entrar me encontré que había cola ¿cola para entrar en una librería? Esperé un minuto y descubrí que la cola era para entrar en la cafetería. Es uno de esos lugares de moda que venden libros y te puedes tomar un café. Encontré sobre el mostrador una tarjeta que pensé que sería un posavasos, pero era la tarjeta de promoción de un libro: Kafka con sombrero, de Jesús Machamalo con ilustraciones de Antonio Santos. Reconocí el estilo. El lunes había recogido en la biblioteca del barrio, la Vázquez Montalbán, un libro del mismo autor y el mismo ilustrador: Retrato de Baroja con abrigo. Guardé la tarjeta.

Subí en ascensor a la tercera o cuarta planta de la librería, que en cuestión es un bloque de vecinos hecho librería a la que se ha añadido un bar en la planta baja. Todo muy bien acondicionado. Al igual que el eje de los museos Prado-Thyssen-Reina Sofía, parece que en cuestión de libros aquí se ha  creado el eje Corte Inglés-FNAC-La Central-Casa del Libro. Todo está impecable, hasta el artesonado de uno de los pisos es precioso. Bajé por las escaleras de madera con pasamanos de madera, lámparas de lágrimas de cristal. Un encanto.

Al coger la tarjeta pensé en mi amiga Silvia Ossorio, devota de Kafka y recordé que había leído una entrada en su blog sobre un libro de Kafka ilustrado. Pensé que quizá fuese aquél. Tuve el librito en mis manos y no era muy diferente al de Baroja. El libro de Baroja es muy pequeño, yo lo leí en treinta minutos, por lo que imagino que un lector atento, que no se entretenga en releer párrafos lo puede leer en menos de quince, y es que a mi Baroja me encanta, es uno de esos autores que tengo el gusto de releer, junto a Machado, Juan Ruiz, Clarín y las cartas de Kafka, sin importarme dónde inicio la lectura, en cualquier parte del libro.

El librito de Marchamalo, muy ocurrente y desenfadado, cuenta las ocurrencias de don Pío, su nombre, su vestimenta, un rifi-rafe con Rubén Darío, y otro con un grupo de requetés durante la guerra civil. Cuenta el librito que cuando murió Baroja el grandullón Hemingway, que andaba aquellos días por Madrid, lloró. Desde luego éste no será mi libro de cabecera, pero es simpático y está bien editado. El que sí tengo en ocasiones como libro de cabecera es Las horas solitrias. Es un libro comprado en una librería de lance, de aquellas que tanto le gustaban a don Pío, una 2ª edición, y está editado cuando el cuñado del escritor tenía el taller en la calle Mendizábal. Como estaban algo deterioradas las cubiertas, una amiga me lo encuadernó en piel y suele descansar en un estante junto a un Rojo y Negro de Stendhal de 1919 que perteneció a un tal C.T.C. que firmó en las guardas con una letra muy elegante.

Salí de la librería sin tomar un café, porque había más gente tomando café que comprando libros.Ya en la calle crucé la plaza de Callao para tomar Gran Vía dirección Montera. Pensé que el placer del paseo por Gran Vía se está perdiendo. Era un lugar magnífico y con mucho arte, sobre todo por los cines y aquellos inmensos carteles que anunciaban las películas, como descomunales decorados, por la que desfilaban las grandes figuras del cine nacional, donde una vez me encontré con Sara Montiel. Los cines se han ido cerrando, lo mismo que el bar donde Sara fumaba un puro el día que la vi, y en su lugar han abierto tiendas de moda, sobre todo para la clase media, turistas y visitantes de provincias. Ya sólo queda Telefónica y La Casa del Libro.

Las escaleras, el pasamanos y el piso de madera de La Central me recordaban ahora la vez que, siendo librero, fui a comprar libros a la Editorial Caro Reggio, la del cuñado de don Pío. La editorial estaba en Alfonso XII, casi haciendo esquina con el Jardín Botánico y frente a El Retiro, muy cerca de la Cuesta Moyano donde han colocado una estatua en homenaje a don Pío. Recuerdo la editorial como un lugar lúgubre que tenía las oficinas y el almacén en el sótano, pero no dejó de ser emocionante pensar que por allí el mismo Pío Baroja debía haber estado con certeza más de una vez.

Crucé la Gran Vía, hasta llegar a la Red de San Luis, el ensanche de la calle Montera. Aunque todo ha cambiado, todo permanece igual, como diría Lampedusa, los paseantes curiosos que miran a todos lados sin ver, los turistas que suben y bajan desde la Puerta del Sol, y las putas medio desnudas en las noches de frío; aunque ahora hay un nuevo casino en Gran Vía, iluminado de rojo, que parece darle un cierto aire salvaje a la noche de la ciudad.


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