lunes, 22 de diciembre de 2014

José María Díaz-Maroto: Azules, ocres, y el paso del tiempo.


El color. El paso del tiempo a través del color. La espera y el tiempo, los espacios que dormitan iluminados en el color del olvido y fluyen al margen del tiempo real. "Mucho color" me dice un conocido. Pero la vida es color, pienso. Cuando me dijeron que esta exposición iba a ser de fotografías en color debí hacer un gesto extraño. "El color se trabaja de forma diferente al blanco y negro", contestaron a mi gesto.

Al entrar en la sala me quedé mirando una de las fotografías, quizás la más grande de todas. Es una vista de La Habana de una profundidad casi infinita. Me acordé de inmediato del consejo de mi amigo, debía observar la fotografía en color de forma diferente a las de blanco y negro, y es que en aquella imagen parecía conjugarse todo el tratado del color que la paleta de un pintor puede producir: colores fríos y cálidos, los contrastes y sobre todo la armonía de los colores y la perspectiva.

"Cada cual tiene una percepción de la fotografía diferente, -me dice otro espectador y fotógrafo, y señalando un boxeador que golpea el saco de entreno me explica- Yo prefiero estás imágenes en movimiento, con personajes, como si fuese imágenes abiertas que cuentan una historia y me permiten indagar en la escena, continuarla a mi antojo, me dejan imaginar, penetrar, ser actor de la obra. Sin embargo -añade- hay quien prefiere las imágenes, digamos, en reposo, el espacio cerrado, el contraste y la armonía de los colores".

Claro que enjuiciar la obra de un maestro como José María Díaz-Maroto es siempre un problema, y más desde el punto de vista de un aficionado que suele hacerlo con una perspectiva personal, apartándose del guión original, esta vez el del color. Sí, otra vez el color, como dice la introducción a la exposición: "un color igualmente libre e igualmente arbitrario en tanto que ha seleccionado dos tonos fundamentales para escribir su personal (foto)grafía: Azul y Ocre, Agua y Luz, Mar y Tierra". Entonces intento penetrar el azul profundo del cielo cubano sobre un porche de columnas también azules y blancas y el cartel del café-cantante Benny More; a su lado la imagen de un calle vacía con un viejo Buick azul que parece abandonado frente a una pared oxidada y relamida por el tiempo; y más allá las persianas ocres de las ventanas de una pared azul en la que hay un rotulo pequeño que anuncia La Luna;...

Y al otro lado, el movimiento, el boxeador golpeando el saco; la espalda bruñida de un joven de camiseta raída y agujereada frente a una pared azul, protagonistas de una historia lista para interpretar: el tiempo lento, el gesto pausado. Es el ritmo del personaje que no necesita más argumento que cruzar el espacio franco que hay entre el azul y la cámara.

Y se me olvidó preguntar al autor sobre su obra, aunque dudé si debía hacerlo porque ya tenía suficientes puntos de vista de la exposición y quería, eso sí, seguir buscando en cada imagen el profundo azul turquesa del cielo, el azul plomizo del mar, el ocre de las tierras, los óxidos del tiempo, la piel tostada de unos personajes anónimos, presentes unas veces y ausentes en otras, ausencias que podía palpar en las estancias vacías, en los edificios abandonados, en el faro lejano y en las profundidad intensa de la ciudad decadente.

Azules, ocres, y el paso del tiempo, de José María Díaz-Maroto, en EspacioFoto, en calle Viriato, 53 de Madrid hasta el 31 de enero de 2015


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