sábado, 29 de noviembre de 2014

Maria Aparici


Me ha llamado la atención que a la hora de haber planificado esta exposición debe haber sido, me imagino, no haber tenido la necesidad de ponerle título, y quizá sea porque la muestra se sustenta sólo en la autora, sin más bagaje que su nombre. Lo cierto es que cuando se llega a la sala de la galería Orfila descubres que las obras no tienen esa unidad repetitiva para formar un conjunto homogéneo, que suele ocurrir en las exposiciones, sino que cada obra de María Aparici, cada lienzo, es un estado de ánimo, una explosión de sentimientos que van desde el agobio de un día caluroso a la melancolía de otro lluvioso y gris, pasando por el relax, la observación, hasta, como diría mi amigo fotógrafo: "el vamos a criticar": "Opino que el arte debe acortar la distancia entre el artista y el observador, con la esperanza de que la imagen permanezca en la memoria de éste para siempre", escribe Aparici. y ese parece ser el título de la exposición, ella misma, su estado de ánimo y el intento de perpetuar en el espectador cada uno de sus sentimientos.

Cada cuadro parece un momento y, según la autora, "la combinación de mi estado mental y mis observaciones personales son lo que plasmo en mi trabajo". Sus obras son vigorosas, explosivas si cabe, con la fuerza que expresa un trazo amplio, una pincelada decidida y profunda y una composición en la que el protagonista, un personaje o un animal, casi siempre un perro, viajan a un primer plano sin olvidar al personaje secundario que parece observar desde un segundo plano la escena. La composición recuerda el expresionismo alemán, "me recuerda a Kirchner" -oigo decir, aunque carece de la expresión tortuosa y agraz de sus personajes-; en otros, la intensidad del trabajo deriva hacia la abstracción y el protagonista se difumina como el pensamiento entre sombras, luces y deseos difíciles de expresar si no es a través de la intuición, porque cada cuadro está numerado y apenas si alcanzo a leer los títulos en una nota aparte, y lo prefiero, porque prefiero guiarme por la intuición del observador.

Cada cuadro es una historia -vuelvo a razonar- y mientras pienso sobre ello entra una nueva visitante a quien le llama la atención el olor de la sala: huele a lienzo, a pintura, a óleo. Es como si entrase en el taller de la artista, y en el silencio de la sala, -la música hace un tiempo que ha terminado-, sólo acompaña al observador un tenue olor a óleo y disolvente, como certificando la autenticidad de las obras: "El óleo tiene la virtud de reforzarse, de extraer el color con el paso del tiempo, el pintor que trabaja la luz no puede pintar con otro elemento que no sea óleo, el bermellón, el cadmio,...", y así parece ocurrir en esas dos señoritas muy elegantes -Two very elegant ladies- que cuelga frente a la visitante.

El recorrido por la sala lo hago como lo haría un huérfano por no haber conocido a la pintora en persona, de cuadro en cuadro, de historia en historia, leyendo el catálogo intentando encontrar algo que me lleve a un instante preciso, al pensamiento original: "en un solo día somos y sufrimos diferentes apariencias, severos, tristes, pensativos, cálidos, violentos, apasionados".

Y siguiendo el ritmo de estos últimos días, en los que las exposiciones casi se me escapan porque he llegado demasiado tarde y el tiempo no me deja espacio para reflexionar, absorber las obras y digerirlas, me aventuro a escribir sólo sobre la primera impresión, al pensamiento ajeno en voz alta y en el propio, para intentar retener, como leía al principio, las imágenes para que permanezcan en mi memoria y saber transmitirlas con la extraordinaria fuerza, con el gesto violento y apasionado que parece descansar en cada una de los lienzos.

María Aparici, en Galería Orfila, en calle Orfila, 3 de Madrid, hasta el 5 de diciembre de 2014.


1 comentario:

  1. Si hubieran mas personas en el mundo con nuestra sensibilidad viviríamos en la eterna gloria. mil gracias, me encanta.

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