miércoles, 1 de octubre de 2014

Eduardo Martín del Pozo


En la galería Marita Segovia hay un mundo de arte construido sobre arte. El fondo de la galería y el anticuario se exhiben a la entrada y para llegar a la sala de exposiciones se ha de atravesar el remanente de las antiguas obras que fueron novedad. Cada vez van quedando menos salas así, donde puedes encontrar desde un busto de mármol a una escultura de Chirino, contemplar un bodegón del siglo XVIII junto a un retrato de Starsky Brines, una fotografías de Pilar Pequeño y ver desfilar un sin fin de obras, como narrara Balzac, ante nuestros ojos: "sucesivamente varios cuadros de Poussin, una sublime estatua de Miguel Ángel, encantadores paisajes de Claudio Lorrain, un lienzo de Gerardo Doy, que parecía una página de Sterne, unos Rembrandt, unos Murillos, unos Velázquez, sombríos y coloreados como un poema de lord Bayron; luego bajorrelieves antiguos, copas de ágata, ¡ónices maravillosos!". Y tras cruzar este mundo cuidadosamente desordenado, se llega al final de la galería, a la última la sala, donde expone, esta vez, Eduardo Martín del Pozo.

A esta última sala se llega atravesando un arco guardado por un busto de mármol que recuerda a un emperador romano, y tras él la obra abstracta de Martín del Pozo. He de reconocer que la abstracción generalmente me relaja porque me hace intentar penetrar en el cuadro para comprenderlo, aunque en ocasiones me crea cierta tensión, en este caso las pinceladas largas y las formas geométricas, sin aparente conexión entre líneas, me sorprenden ya desde el primer lienzo y suaviza el abrupto  impacto del hermoso caos que he dejado atrás. La simetría de colores me es atractiva, incluso parece tener un punto de fuga condensado en un punto del plano central de la obra, de rojo intenso; los colores desde ahí se dispersan en formas equidistantes y se derraman en gotas que corren lienzo abajo sin romper la simetría de la composición: el rojos, verde, amarillo, magenta y un azul impuro que se desprende como llorando en una pincelada viva y amplia.


Y al igual que el personaje de Balzac, que iba adentrándose en la oscuridad de la trastienda en busca de la piel de zapa, yo lo hago a través de la sala en un ambiente pleno de luminosidad. Los rayos del sol penetran a través de los ventanales y se proyectan sobre los lienzos como indicando el lugar donde posar la mirada para comenzar a recorrer la composición, y lo mismo que el personaje de la novela descubre tras una pared una obra de Rafael, aquí el descubrimiento es una nueva forma, un nuevo rasgo o un nuevo color donde sumergirse.

Estas geometrías son como los restos del neoexpresionismo, que deja a un lado la tortuosa visión de las primitivas pinturas de entreguerras. Los rojos, pienso, no son sangre, son la pasión del último estertor de la luz cayendo en la tarde; ni los azules simulan plomizos uniformes que pierden su brillo entre el barro de las trincheras, son el azul de una luz que lo invade todo: las mesas, los muebles, las esculturas; los personajes que rodean el conjunto de las obras, son soldados en movimiento desordenado y alegre, lejanos y ajenos a las fatigas de la contienda. Es una fantasía desbordada y desbordante, el ejercicio febril y apasionado del espectador frente a la obra.

En silencio, como llegué a la sala, de la misma manera salgo, y aún queda tiempo para la última mirada al busto romano y a la escultura de Rafael Muyor que reposa sobre el mármol de una mesa del XIX, y la última mirada a la obra intensa y "sincera", término curioso que he leído en algún lado sobre la obra de Martín del Pozo. Esta vez sí, casi en la penumbra y a contraluz, tras una pared que contiene el foco de luz que desde la calle todo lo inunda y todo lo posee; se sucumbe al último impulso que la soledad  nos brinda para contemplar la obra elegida. Y en este último instante eché en falta al autor que quizá me hubiese dado una visión más completa y acertada, sin duda, de su trabajo, pero a mi sólo me quedaba el entusiasta trabajo del espectador, atrapar sus impulsos e intentar recoger lo que el artista transmite y descifrarlo libremente.


Eduardo Martín del Pozo, en la Galería Marita Segovia, en la calle Lagasca, 7 de Madrid.

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