miércoles, 17 de septiembre de 2014

Eduardo Valderrey: DISurbia, la piel olvidada


El arte está, siempre he creído, vinculado a la Historia y evoluciona al compás de ésta, y para documentar tiempos pasados tan preciso es ir al origen como, en este caso, al final sin saber que quizá nosotros también somos parte de esa Historia.

En la cripta de la Galería Rafael Pérez Hernando se ha instalado un vídeomontaje donde se proyectan imágenes de edificios abandonados, grandes naves con los cristales rotos, paredes desconchadas, hierbas altas meciéndose libres y ganando espacio a lo que antes fueran oficinas, vestuarios y almacenes, sin más ruido que el viento y sin más movimiento que el de la propia hierba. En la sala se han instalado unos ventiladores que desde las cuatro esquinas semejan empujar a un mar de hojas simulando albaranes, nóminas, facturas y expedientes personales de unos obreros o de unas mercancías que dejaron de existir hace muchos años. Y de las hojas que se arremolinan en el centro de la sala, empujadas por el viento, de vez en cuando, una se eleva proyectando su sombra sobre la pantalla del vídeo para caer lenta ante la mirada del espectador.

La historia que nos cuenta Eduardo Valderrey en su proyecto DISurbia, la piel olvidada, es la memoria que nos queda de las instalaciones mineras de la montaña oriental de León, "el proceso de degradación y la desindustrialización de las antiguas instalaciones mineras en el valle de Sabero, Sahelices, Olleros, Sotillos y Vegamediana, éste último es donde centra la actuación el autor, para mostrarnos la reocupación del espacio natural por la propia naturaleza en las zonas degradadas de las antiguas instalaciones. Para ello Valderrey se sirve de foto-esculturas que nos muestran esos documentos que una vez tuvieron validez y unos edificios desvencijados, corroídos por el tiempo y el abandono; y lo hace a través de un nexo común, la figura de Tomás Allende como representante de la burguesía que industrializó el país, una industria que lenta y paulatinamente ha ido desapareciendo.

De Tomás Allende nos queda, para la memoria de este proyecto, los restos de su palacio en Burón: "En el año 1890 los derechos de extracción del valle son de Tomás Allende y de otros empresarios vascos, fundadores algunos de ellos del Banco de Bilbao..."  Una bonanza financiera pujante, fundación de empresas, compañías de ferrocarril y altos hornos para los que servirá como combustible el carbón. Todo parece dibujar un mundo feliz que vive al margen de la realidad cruel, la que "la posguerra dibujó un tiempo gris de emigración y miseria" para unos obreros que vivían al pie de la mina, que ocupan barracones y chamizos, con sueldos de miseria y frecuentes derrumbes, explosiones de grisú y la silicosis que merman sus vidas hasta poco más allá de los cuarenta años.

El paradigma de esta desolación será la construcción sólida de un palacio que se desmorona, se abandona y el pantano de Riaño amenaza con anegarlo en el olvido; desmontado, sus piedras se abandonan en un prado. De igual forma el plan del carbón arrasa con la mina y la industria que floreció a su sombra. Son tiempos de conflicto social, el paro y emigración, un abandono que se plasma en los grandes bloques de piedra que fueron el palacio, desperdigados y hundidos entre la hierba. Y al fondo de la sala, un reloj, la imagen de un reloj que parece girar. y que tiene las manecillas quietas.

¿Es el del Banco de Bilbao de plaza de Cataluña de Barcelona? Valderrey me dice que sí. Lo reconozco porque era el único reloj que se veía en la plaza, el que marcaba mis horarios de autobús y de trabajo en los años de 1970. Ya no funciona, -añade- el edifico se ha vendido a unos grandes almacenes. Es la última metáfora del abandono, de aquel esplendor ya marchito, parte del "diálogo del pasado con el presente", como dice el catálogo, y en lo personal, el sentimiento de que una parte de esta historia nos pertenece, que aquel tiempo, como el reloj de Plaza Cataluña, también se ha parado para nosotros.

DISurbia, la piel olvidada, de Eduardo Valderrey, en la Galería Rafael Pérez Hernando, en la calle Orellana, 18 de Madrid.




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