viernes, 12 de septiembre de 2014

Cráneos y calaveras


Sobre la mesa había una calavera. Le pregunté al vigilante si era de verdad, y me dijo que sí, que era auténtica. La fotografié con respeto que se debe a un muerto y sin saber nada del individuo que había sido; pensé en aquel momento que se trataba, sin más, de uno de los nuestros, un hombre o una mujer, sin un pasado ni una historia que contar. Fue en la exposición Ser-Oír, en el Centro de Arte Complutense, en 2011.

Hace unos días hice una visita a la Galería Marita Segovia, de Madrid, en la que encontré unos cráneos, aunque éstos eran obras de arte. Sólo había tres y pregunté por ellos, "uno de mármol, otro de madera y el tercero de cera", me dijeron. Recordé que hacía ya un año, en la cercana galería Fermández-Braso, expuso Isabel Muñoz y presentó una serie de fotografías sobre cráneos.

Cráneo deformado por exigencia estética
 S. Pedro de Atacama, Chile (260-300 d.C.)
Museo de América de Madrid
Unos meses antes aún, un mexicano me comentó que había leído un libro sobre los indígenas de Chipaya, en los Andes bolivianos, a unos 300 kilómetros al sur de La Paz, se trataba de Dioses y vampiros, de Nathan Wachtel. En el libro narra las costumbre de los chipayas y la relación que mantienen con sus antepasados a través de sus espíritus y los huesos del difunto, una relación muy parecida a la que mantienen con las ñatitas en Bolivia. La Paz y que narraba  Isabel Muñoz en su exposición Eros y Ritos de hacía un año: "La ñatita es un cráneo que simboliza la energía de un hombre, de una mujer o de un niño que aún no ha abandonado el mundo de los vivos". En la práctica la ñatita se comunica con el devoto "a través de los sueños en los que revelan su identidad, su historia y sus habilidades", curan, imparten justicia y protegen a las familias; a cambio el devoto comparte con él pequeñas cosas, un trozo de coca o un cigarrillo. "Los devotos cuidan a las ñatitas en un lugar destacado de la casa y éstas se integran entre los miembros de la familia dándoles protección sobrenatural".

Calavera de mármol
El rito de los chipayas con sus muertos que narra Wachtel consistía en concreto en la edificación de una tumba para renovar las ofrendas a una difunta que había muerto hacía años y que fue enterrada en una simple fosa y cuya alma, sin encontrar reposo regresaba para tormentar a su marido. Éste "de entrada degüella un cordero negro sobre la fosa, cuya sangre derrama en libaciones hacia el oeste (donde se encuentra la morada de los muertos"; luego comienza a excavar el suelo hasta que encuentra los primeros restos, "después enciende un cigarrillo a fin de que humo aleje los efluvios peligrosos, y recoge los restos, que coloca poco a poco sobre un pedazo de tela extendida al borde del agujero". El marido va enunciando los huesos por su nombre, y "no solamente extrae los huesos, sino también los tritura, los soba y los acaricia con afecto. Se reconocen con manifestaciones de ternura, las trenzas de la difunta perfectamente conservadas. El cráneo y la osamenta se limpian cuidadosamente. Se agregan las sandalias que también se encuentran casi intactas y finalmente Martín retira el frasco de alcohol con el que el cuerpo fue enterrado". Mientras los ayudantes preparan la nueva tumba. "La pieza de tela es replegada y se coloca con las ofrendas en una caja de madera, que se instala en la tumba donde se planta una cruz en el momento preciso en que el sol desaparece tras la montaña".

Calavera de madera
El rito ha cambiado con los años, del tañer constante de las campanas de la iglesia que se había reducido a unos pocos minutos, ni se transportan los cráneos a la misma iglesia como antaño, sino que se honraban los cráneos de los antepasados fundadores, cuatro en este caso, en el mismo cementerio: "Los cuatro cráneos son alineados en medio de la vereda central hacia el Sur, los alcaldes y sus esposas se arrodillan ante ellos, rezan, les ofrecen hojas de coca y derraman generosas libaciones de alcohol, rodeados por las familias. Con gestos afectuosos se encienden los cigarrillos que fuman los antepasados. Cuadro extraño y familiar el de estos cráneos venerados, con dos o tres cigarrillos, el extremo incandescente, introducidos en la cavidad nasal. Estos se consumen "solos" y cuando con facilidad arden hasta el final, es signo de buen augurio, el año será favorable y abundante la cosecha. Cuando uno de los cigarrillos se apaga, lo más natural del mundo es que uno de los asistentes arrodillados extraiga el cigarro del cráneo, se lo lleve a la boca y lo vuelva a encender, colocándolo de nuevo, respetuosamente en la cavidad nasal".

Calavera de cera
Una vez en las casas, se reciben a las almas, y "sobre la mesa, en un lugar de honor, se muestran las ofrendas: comida, bebida, hojas de coca y dulces. Asimismo, se exponen las pertenencias del difunto alrededor de su fotografía (cuando se cuenta con ella) y de una vela encendida. Los miembros de la familia se instalan en semicírculo, distribuyen las copas de alcohol evocando el recuerdo del desaparecido: se entremezclan las historias, los llantos, las anécdotas y los lamentos desgarradores. Se establece un diálogo con el alma, cuya presencia es evidente aun para mí".

Para entender la cultura andina es muy recomendable el texto de Nathan Wachtel del que he extraído parte del texto: Dioses y Vampiros. Regreso a ChipayaEd. Fondo de Cultura Económica, México, 1997.
Para hacer esta entrada he de agradecer la amabilidad de la Galería Marita Segovia, en calle Lagasca, 7 de Madrid por permitirme hacer las fotografías de los cráneos.

Calavera de Oceanía - Museo Antropológico Nacional de Madrid
Calavera de Oceanía - Museo Antropológico Nacional de Madrid
Calavera de España - Museo Antropológico Nacional de Madrid
Paranthropus Boisie. Zinj, Querido muchacho, cascanueces.
Reproducción en Museo Arqueológico Nacional de Madrid
Cráneo femenino - C9olección Olóriz - Museo de Anatomía "Javier Puerta"
Facultad de Medicina - Universidad Complutense de Madrid
De la exposición Arte y Carne en el Centro de Arte Complutense

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