lunes, 4 de agosto de 2014

Espinosa de los Caballeros


Hay unos pueblos que parecen enclaustrados o arrinconados de la provincia de Ávila, entre la autovía Madrid-La Coruña y la provincia de Segovia, que parecen dormir a la sombra de la fama de Arévalo: Gutierre-Muñoz, Orbita y Espinosa de los Caballeros. Estos pueblos desde mediados del siglo XIX hasta la década de 1960 mantuvieron una población en torno a los 400 habitantes y a partir de esa fecha sufrieron un declive demográfico dejándola entre los 120 y 70 habitantes y parecen haber perdido interés y caer en el olvido tras 9 siglos de historia, por lo que decidí hacer una excursión e intentar rescatar alguna tradición.

El más cercano a Arévalo es Espinosa de los Caballeros. El pueblo aparece citado en el Poblamiento de 1250 como Espinosa. Es reconquistada por Alfonso VI y repoblada por el conde Raimundo de Borgoña entre 1085 y 1088 por colonos castellanos. El rey Alfonso VIII en agradecimiento a las fuerzas que Espinosa aportó para participar en la batalla de Las Navas de Tolosa (1212), le otorga el título “de los Caballeros”.


Llevaba en mi cuaderno notas sobre la iglesia que es lo que más sobresale del pueblo en el horizonte. Ésta tiene la singularidad de mezclar “lo mudéjar con una cabecera en sillería románica, con capiteles y canecillos románicos y con elementos góticos y tiene una torre esbelta y hermosa como pocas levantada con humildes y firmes cajones de mampostería y con bellos arcos en el campanario. El interior conoció luego una reforma barroca que alteró su imagen”, explica José Luis Gutiérrez Robledo en la Historia de Ávila.

El edifico destaca por esta mezcla de románico y mudéjar, dos estilos que convivieron en la misma época y que algunos especialistas los identifican al románico con un sustrato social de riqueza y opulencia del alto clero y aristocracia, y al mudéjar con el pueblo llano. Manuel Gómez-Moreno a principios de 1900 describe la iglesia: “Corresponde al estilo románico-morisco de tierra de Arévalo y es uno de los edificios que mejor sirve para fijar en el siglo XII su construcción. En efecto, su ábside y presbiterio son enteramente románicos, hecho de mampostería su parte baja, y de sillería de arenisca de muy blanda lo demás. Dos columnas refuerzan el ábside con capiteles de cuadrúpedos y aves, como en lo de Ávila; ventana de doble arquivolta achaflanada da luz al presbiterio, y el alero de canecillos con figuras encogidas, cigüeña, lobo, cabeza humana y hojas, como la de los capiteles más antiguos de San Vicente”; y añade a la descripción “a esto se adhiere, con muestras de coetáneo, una nave con su colateral a la izquierda, de obra de tapias de cal y canto y cintas de ladrillo, taladrada con largas saeteras, y una torre a sus pies, de la misma fábrica, con su puerta de arco apuntado, y en lo alto dos arcos de la misma forma, en cada lado, con sus arquivoltas dobles”.

Gracias a la sacristana conseguí conocer el interior, que según notas en la obra de Gómez-Moreno, fue “renovado en el barroco. El presbiterio, restaurado en 1940, conserva la bóveda de cañón y arcos doblados en los muros de la primitiva obra mudéjar. Detrás del retablo barroco del siglo XVIII, se aprecian los restos de pinturas murales…” A este espacio de detrás del retablo, al que se accede por una minúscula puerta, es una pequeña cámara formada por al semicírculo del ábside y el retablo, está apuntalado al muro en el que en la bóveda, encontramos las pinturas que representa a Cristo en majestad acompañado a cada lado por los tetramorfos, la representación de los evangelistas: un toro, un águila, un ángel y un león; y conserva la siguiente inscripción: Esta obra fizo Gº de Ribera, siendo Clygo mayor en esta Iglesia, año del Señor de Mil CCCCXXXVI.

Ahora quedaba por ver una pequeña escultura de la Virgen sentada sosteniendo al Niño, una preciosa figura románica policromada del siglo XII o XIII según las fuentes. Esta figura, me cuenta la sacristana, es “la Virgen de la Matilla. Estaba en una ermita en el prado Matilla; la ermita se derrumbó y hubo una disputa con Arévalo, quien se quedó con los terrenos y Espinosa se quedó con la imagen de la Virgen. Existe la tradición en el pueblo que todos los niños bautizados son ofrecidos a la Virgen”.

Otra imagen de la Virgen, ésta de finales del siglo XV, también pequeña y policromada, le falta la mano izquierda; y junto al retablo una escultura de Cristo crucificado con caracteres del siglo XIV. El retablo barroco, me cuenta la sacristana, “tiene cuatro cuadros, los dos de la izquierda con los patronos del pueblo, San Andrés, a quien está dedicada la iglesia, y Santa Bárbara; y a la derecha los místicos, San Juan de la Cruz y Santa Teresa”.

De allí subimos a la torre tras pasar junto al órgano de fuelle que está sin restaurar. Al campanario se sube por una escalera estrecha que tiene dos rellanos iluminados por sendas saeteras. El campanario está formado por esbeltos arcos mudéjares de una belleza extraordinaria; desde allí se divisa la llanura morañega: “Al norte Arévalo, y por ese camino, hacia el este, Martín Muñoz de las Posadas” me dice la sacristana.
Nosotros no nos podemos quejar, cuando se hicieron las Edades del Hombre en Arévalo, hubo dudas de si restaurar esta iglesia o la de San Martín en Arévalo, y se restauró aquélla, pero ésta se arregló y se hicieron catas y prospecciones. En una de las catas aparece, en un capitel del arco de la entrada, una Anunciación, y en otro, junto a la sacristía, una arpía.

Para terminar pasamos a la base de la torre donde se encuentra la primitiva entrada “que fue anulada. En esta parte, donde la piedra está más oscura, es piedra de rajuela, de la zona. Los restauradores nos dijeron que era el moho de los siglos y del humo de las antorchas que utilizaban los caballeros templarios que visitaban la iglesia y venían a reunirse aquí, por lo que no descarte que un día encontremos aquí un tesoro y el Santo Grial” me dice con humor. Por último nos enseña los enterramientos que hay en el suelo de la iglesia, que a diferencia de los habituales de lápidas de piedra, aquí son de madera, en bastante mal estado, añade que esperan una necesaria restauración.

Antes de abandonar la iglesia nos enseña con entusiasmo la sacristía donde hay una pequeña colección de casullas y la mantelería que se utiliza para los oficios. La sacristana, por otro lado, al preguntarle por su nombre se resiste a decírmelo porque, asegura, que aquello es obra de todo el pueblo y que si escribo estas líneas he de referirme a todos los habitantes, no sólo a ella. Y así termino esta excursión a Espinosa de los Caballeros, población reconquistada y repoblada a finales del siglo XI y que en la actualidad lucha por recuperar población en el difícil medio rural agrícola y ganadero “tan mecanizado que ya no precisa mano de obra, pero que este año han nacido 12 niños”, me comenta la sacristana, como el resto de habitantes, tan orgullosa de su pueblo, de su historia y su patrimonio.


Para esta excursión he consultado los siguientes libros:

Historia de Ávila, Tomo II y TomoV. Institución Gran Duque de Alba de la Diputación de Ávila. Caja de Ahorros de Ávila. En los artículos de Barrios García, Á.; Miguel Cabeza, C. de; Franco Marta, A. y Gutiérrez Robledo, J.L., Ávila, 2000 y 2013.

Catálogo Monumental de la provincia de Ávila, Gómez-Moreno, Manuel, Ed. Institutción Gran Duque de Alba y Ministerio de Cultura, Dirección General de Bellas Artes y Archivos, Ávila, 1983.



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