jueves, 10 de julio de 2014

Almudena Baeza: La grieta silenciosa


Llevo varios días intentando escribir esta entrada y ya se acaba el tiempo de ver la exposición. Estuve en la inauguración, en la cripta de la Galería Rafael Pérez Hernando, un  lugar donde suele exponer las muestras más peculiares, las más difíciles quizá y también, por qué no, entre las más atractivas. No suelen dejar a nadie indiferente y ésta de Almudena Baeza, La grieta silenciosa (o el empeño de encender un fuego en la boca del lobo), es una de ellas.

Al principio la muestra gira en torno tres manteles peruanos rescatados de un incendio, un texto de Francis Scott Fitzgerald y un poema final de Joan Salvat-Papasseit. Entre medias, como la esencia de un bocadillo, la intervención de la autora sobre los manteles ashánicas peruanos, y el recordatorio de una máxima de Duchamp: el espectador hace el cuadro.

Durante esos días me había introducido, casi sin darme cuenta, en dos de las premisas necesarias para intentar comprender la grieta silenciosa. Terminé un libro de Scott Fitzgerald, que me ayudo a comprender el proceso de demolición, el proceso de creación y la riquerza devaluada que sitúa al protagonista al borde de quiebra. Fitzgerald pintaba en su librito un panorama oscuro que me llevó a la segunda:, a la boca del lobo, a la oscuridad más profunda y al temor;  siguiendo el poema de Salvat-Papasseit,que hablaba de hacer "un fuego de estrellas en la boca del lobo".

En realidad no sabía si había entendido la propuesta de Almudena Baeza, la inmensa oscuridad de la boca del lobo y el conocimiento. Sin espectador no hay obra, dice Duchamp, sin luz no hay conocimiento: la grieta silenciosa, en este caso la que se abre entre obra y espectador, una profunda herida que persiste en el tiempo, como una guerra, como el envejecimiento que deja al tiempo en suspenso, como una herida sin cicatrizar del todo, un dolor latente: "Evidentemente, toda vida es un proceso de demolición. Por supuesto que sucedieron muchas cosas: la guerra, la quiebra financiera, un cierto envejecimiento, la depresión, la enfermedad, la pérdida del talento", dice el texto de Fitzgerald.

El vehículo de Baeza son la telas peruanas; el nuestro, como espectadores, para salvar la grieta silenciosa, para tachonar de estrellas la oscura boca del lobo ¿Cuál es? Ayer un maestro de fotografía comentaba sobre el lugar de partida: el estudio, "un lugar mágico donde se crea, se concibe, se experimenta, se fracasa o se triunfa. Yo ya tenía el lugar, ahora me faltaba saber cuál era el fin de la obra. Con los años he llegado a creer que el fin no es otro que el propio, el que el artista tiene dentro de si, su fin no debe trascender más allá de si la obra gusta o no gusta al espectador o a la crítica, le debe gustar a él, debe quedarse en su interior".

Día a día, he ido montando y desmontando argumentos en torno a La grite silenciosa y como creador, en "el ready-made duchampiano", que evoca Almudena Baeza, me permito el lujo de no interpretar la obra, sino dejarla en mi interior como un logro propio e invitaros a participar en el proceso creativo que está en la galería, frente a la obra, creando la obra como espectadores.

"Cuando los carabineros acechaban en la noche
y era un túnel la bóveda del cielo
sin luz en los vagones:
hice un fuego de estrellas en la boca del lobo".
     Joan Salvat-Papasseit



La grieta silenciosa (o el empeño de encender un fuego en la boca del lobo), de Almudena Baeza, en la Galería Rafael Pérez Hernando, en la calle Orellana, 18. Hasta el 25 de julio de 2014.

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