miércoles, 11 de junio de 2014

Pilar Pequeño


Hay sensaciones que a veces parecen imposible captar en un instante; sensaciones que sólo una obra intensa es capaz de provocar en el ánimo de cada uno. La quietud, la placidez, el silencio, la luz, la armonía de ese instante son imposibles de describir, pero sí, al menos, intentar encontrar el momento propicio que nos permita acceder a ellas, por esta razón cuando Pilar Pequeño me invitó a la inauguración de su exposición en la Galería Marita Segovia preferí hacerlo un día después, porque sus obras son piezas que hay que saborear en soledad, capaces de transmitir un torrente de sensaciones plenas de sosiego, de serenidad y de armonía; obras que van directamente al espíritu del espectador en un acto íntimo, en ocasiones egoista y necesario, que vienen a rescatarnos de la espiral violenta de una vida cotidiana que parece blindarnos de sensaciones tan primarias como las que se sientes al observar una flor o un reflejo de luz en el agua, y para esos instantes no necesaria más presencia que la de uno mismo y un espacio propio donde sumergirse en nuestra más profunda intimidad.


Cuando llegué a la Galería Marita Segovia  lo hice con la expectación y la necesidad imperiosa de ver inmediatamente la imagen de los membrillos que me habían adelantado; y fue por esta obra por la que pregunte. Hice el largo recorrido que hay entre la puerta de entrada y la sala de exposición en silencio, siguiendo a mi anfitriona. Luego, al quedarme solo en la sala, no sentí más apremio para saciar por completo mi apetito por aquella obra. Por fin estaba frente a ella, frente a los membrillos, como si se tratara de la obra de Antonio López, de luz y silencio. Sumergidos en el agua, parecían caídos accidentalmente en un jarrón de cristal, instante que una y otra vez se repetiría cambiando sólo de contenido, una peonia, el ginkgo, los amarilis o un ramilletes de flores que no acertaba a poner nombre y que me dejaban, por unos instantes, inmóvil frente a ellas, y me traían a la memoria aquella exposición de hacía justo un año sobre los ríos, la quietud de las aguas, la vida junto a la ribera y el devenir del tiempo quieto y silencioso como un relato de Virginia Wolf.

De nuevo estaba ante algo diferente, ante unas imágenes formidables cargadas de fragilidad y de una fuerza innegable, capaz de conmover. Piezas dispuestas con esmero, sin nada al azar, quizás tan solo la inocente espontaneidad de unas burbujas de aire que delatan la entrada de la fruta en el agua, el oxígeno y la vida que parecían insinuar que esa imagen no era real, sino un sueño que tuvimos no sabemos cuándo y que por esas razones que la mente no sabe explicarnos, ni conseguimos reubicar en el tiempo, vuelven para dejarnos con la inquietud de no saber en qué momento habíamos vivido antes ese instante mágico.

Pasear a través de la luz que entraba por los ventanales de la galería y el único sonido de mis pisadas era prolongar la magia de los reflejos dorados, pétalos sumergidos, hojas marchitas desprendidas del fruto sobre la mesa de estudio, y aún, pensé, qué difícil era sobrevivir al instante, a ese instante capturado y ya incorruptible de la fotografía. Ese era el momento que tan sólo unos pocos artistas saben retener, y devolvernos en ellas la satisfacción de haber revivido instantes de un tiempo anterior, y del mismo modo que llegué, salí de la sala, ahora ya con la satisfacción de haber saciado el imperioso apetito que provoca de la sensualidad de un instante.

Pilar Pequeño, en la Galería Marita Segovia, en calle Lagasca, 7 de Madrid hasta el 25 de julio de 2014

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