miércoles, 18 de junio de 2014

Eduardo Momeñe


Una vez leí que el retrato era el resumen de la aspiración eterna del hombre para comprenderse a sí mismo, y el retratado aspira, posando, a inmortalizar su esencia, ese esencia que vulgarmente llamamos el espejo del alma.
Viendo las fotografías de Eduardo Momeñe parece sencillo descubrir esa esencia que desprende en un instante el retratado. Es el oficio del maestro. Fotografías en un cierto espacio 1978-2014, un trabajo sin altibajos. "Es un fotógrafo que ha sabido mantener una línea, fiel a un estilo de trabajo". La exposición recorre 36 años de extraordinaria continuidad. "Durante más de tres décadas he estado sumergido en este lugar productor de fotografías "de estudio". Aún vivo el placer de aislarme del ruido del mundo".

Pero quedarse sólo en los retratos, porque algunos de los retratados son conocidos: Win Wenders, Enma Suárez o Esperanza Pedreño  es una limitación excesiva a un atractivo mediático, en el caso de Wenders evoca una sintonía que te acompaña por la sala y sirve de nexo entre obra y obra.
 La exposición de Momeñe abarca múltiples facetas del retrato que va desde jóvenes bacantes a bailarinas y actrices sin nombre, intervenciones, rostros majestuosos de los que ha sabido extraer la pasión, el sufrimiento o la alegría, y nos participa de juegos de imágenes, juegos de palabras y juegos de la mente con mensajes cripticos: Kiss & RideLoreleiIssoria LathoniaAle & Jeff y los lectores de historias, el fotógrafo fotografiado, o simplemente un nombre: Maíra, Paula, ...

Y si hay un placer mayor para el espectador de una exposición de retratos, más aún que paladear la belleza técnica, la captura del gesto y apreciar la esencia del retratado, ése es el de coincidir con los modelos, porque a través de ellos conoces algo que la imagen no capta, un trasfondo que te permite mantener un diálogo con ellos que revelan sus miedos y sus emociones ante la cámara y descubren una profunda intimidad, tan cordial como humana: "Me veo, me dice Anastasia Calíope, muchos defectos, tan mayor". Sin embargo, el espectador, atento, descubre su gesto de bailarina: los pies, los brazos, la mirada, porque no hay nada que enturbie la imagen ni distraiga la atención: "son fotografías construidas en un estudio, un lugar apenas visible, difícilmente localizable en el mapa, carece de puntos de referencia, un suelo informe sobre el que apoyarse".

Pero volvamos al comienzo para indagar en esos retratos de maestro y voy con la modelo, primero con la bailarina que posa para el espectador ante su retrato en Issoria Lathonia, luego frente al formidable Retrato de Anastasia Calíope Paniagua, luego la pareja cuenta cuentos: "Ella toma el libro, lo abre y lo hace batir como las alas de un pájaro, es el símbolo de la libertad. Me llama. Mi moviento siempre es circular. Tomo el libro, encuentro una pluma en su interior, soplo y la pluma vuela".

"En este tiempo -es mucho-, la cámara ha estado situada en el mismo suelo, todo ha ocurrido en los mismos cuatro metros cuadrados (...) Es el mundo el que se mueve, no la cámara en su trípode. Aún no me he cansado de viajar por este mundo sin geografía, es un viaje fotográfico, ciertamente interior".


Fotografías en un cierto espacio 1978-2014, de Eduardo Momeñe, en Galería EspacioFoto, en calle Viriato, 53 de Madrid, hasta el 31 de julio de 2014.





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