lunes, 17 de febrero de 2014

Marta Barrenechea: El gusto de los otros


"¿Qué significa? -le pegunté a Marta. - No sé, lo que tú veas - me contestó". Así empezó la visita a la  exposición de Marta Barrenechea en la Galería Rafael Pérez Hernando. Tenía vía libre para mirar los cuadros e interpretarlos con tranquilidad, sin prisa, porque había llegado mucho antes de la hora de la inauguración. Me invitó, eso sí, a leer la nota que había escrito Rafael Casero para la ocasión. No lo leí, lo dejé para más adelante, porque quería percibir o intentar averiguar por mi mismo la aparente ingenuidad de las obras de Marta, saber qué tenían todas ellas en común., y creí descubrir que el lugar que debía ocupar el espectador dentro de la obra estaba vacío, era como si Velázquez se hubiese salido de Las Meninas y en su lugar sólo estuviesen la paleta y los pinceles. "Todas las obras son óleo sobre papel". La textura del óleo sobre una hoja de papel es muy singular, nos gusta, coincidimos.

Las primeras obras son los interiores de la casa, la habitación, la mesa y la pieza común que hace de nexo entre unas estancias y otras, el respaldo del sillón, la almohada, el mantel que se ha abandonado precipitadamente para pasar a ser el observador de la escena: esta es mi casa, el empedrado de entrada, la cocina, los platos, la bandeja y un cuadro, colgados sobre la chimenea, desde la que miro mi casa.

Es un entorno íntimo cargado de objetos tan cotidianos, y anodinos algunos, que nos sería difícil reconocer que nos pertenecen, que nos son necesarios e imprescindibles, y en el fondo sabemos que en efecto así son, y que como muchas cosas de las que nos rodeamos no son nuestras, simplemente las usamos: ese plato del desayuno, ese cuadro, esa bandeja, esa mesa, ese papel pegado a la pared, esa cama, esa silla en la que nos sentamos a contemplar nuestro entorno, todo esa multitud de pequeñas cosas que nos conforman y que a la vez nos son ajenas.

Y junto a la silla, ésa desde la que miro la infinidad de apuntes y bocetos ordenados como se ordenan las cosas de una casa, hay un paisaje inmenso y profundo, muy sencillo, que transmite placidez y serenidad. En él hay pintadas pequeñas islas que salpican un paisaje sin fondo, sin horizonte, tan solo dos diminutos barcos bajo un cielo de nubes  grisáceas, con las velas débilmente desplegadas que recuerdan al Caronte de Patinir ayudando a las almas a cruzar la Estigia en su barca. Y uno se quedaría allí contemplando ese tránsito de almas desde esa cama, en ese sillón, en esa silla, frente a esa mesa que sin ser nuestras nos sirven y de alguna forma nos acompañan en cada acto y son cómplices de cada mirada.


Leo, por fin, el texto de Rafael Casero: "No nos petenecemos. Nada de lo que solemos llamar nuestro nos petenece. Y lo sabemos. Nuestra voz es sólo un eco..."


El gusto de los otros de Marta Barrenechea, en la Galería Rafael Pérez Hernando, en calle Orellana, 18 de Madrid

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