viernes, 7 de febrero de 2014

Antonia Payero


No había oído tantos puntos de vista sobre una exposición como en esta de Antonia Payero, comentarios sobre el estilo que han incluido desde el impresionismo al expresionismo, fauvismo y cubismo, y cómo una serie de cuatro lienzos, cuatro pinares, otro de cuatro retratos de mujer y otros dos retratos que parecían fuera del contexto colorista de la exposición, se dividían a partes iguales la preferencia de los presentes.

Quizás no sea lo mejor intentar buscar comparaciones ni las influencias en las obras. Los pinares son inmensos, están llenos de color, de luz y destellos del atardecer. El que conozca el lugar donde se pintó quizá no se extrañe de cómo la luz de la tarde penetra entre las sombras de la ribera, el juego de destellos que se tornan sobrios según avanza el ocaso bajo un cielo azul, casi blanquecino, que se vuelve cada vez más denso e impenetrable. Ese juego de luces y la trasmutación de los colores es el momento que me trae a la memoria ese pinar de Arévalo en la ribera del Adaja, donde están pintados los lienzos.

Las obras a primera vista me recuerdan el expresionismo, pero mi vecina ocasional apunta que le recuerda más al fauvismo e icluso el color le trae a la memoria a Cézanne (al día siguiente estuve frente a un cuadro de Derain, y pensé en los colores y las pinceladas sueltas que había visto en esta exposición, aunque se me antojaba excesiva la comparación del Sena y el Adaja, y París con Arévalo). Lo mismo me ocurrió con la perspectiva cubista de uno de los cuadros, el juego de planos, comentaban a mi lado, planos en los que era imposible fijar la mirada: el salón, la mesilla y una ventana que recordaban a Picasso. Y en ese maremágnum de formas y estilos había también había algo de Kirchner en los retratos, en la serie de retratos en los que se ha ido diluyendo la figura de la modelo hasta dejarla casi en un esbozo. Era, como con los pinares, no adivinar con qué estilo pinta Antonia Payero, sino con qué luz se expresa.

Pero el juego más entretenido estaba en otro retrato. Todo empezó al fotografiarlo. La primera impresión fue que se había perdido el color. Enfoqué de nuevo y vi que no tenía casi color, era blanco, negro y gris. Me contó la autora que narraba la historia de una mujer que había matado a su jefe, quizá porque la había intentado seducir, maltratado o humillado, la cuestión era que los demás trabajadores de la fábrica u oficina en la que trabajaba la habían apoyado en el crimen, y sobre esa historia había pintado a aquella mujer de mirada triste ¿Estaba pintada bajo el rostro de la mujer la escena del crimen? Mi vecina no quiso saberlo, pero la fuerza del drama se proyectaba más allá del retrato.

Al terminar la presentación, en un tono más relajado comentamos las impresiones que cada cual tenía y las que habíamos oído, las comparaciones y las sugerencias de los espectadores, y ni siquiera en ese último momento nos pusimos de acuerdo en definir un estilo ni elegir una obra favorita. Las obras, en apariencia tan similares, tiene cada una el ingrediente que la hace diferente del resto, tiene su estilo, su color e incluso su propia historia.


Antonia Payero en Galería Orfila, en calle Orfila, 3 de Madrid, hasta el 19 de febrero de 2014

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