viernes, 24 de enero de 2014

Pelayo47: Japón


 Hacía tiempo que intentaba volver a visitar la galería Pelayo 47 pero nunca coincidían nuestros horarios "ya sabe, el banco, las gestiones..." me dice. De esta galería hice una de las primeras entradas a en el blog. Fue sobre una exposición de un ilustrador que me traía a la memoria novelas policíacas. Dominaba el color amarillo de las iluminaciones, de personajes y electrodomésticos de los años 50, todo en tono amarillo. De esto hace casi un año, desde entonces la calle Pelayo está prácticamente igual, no sé si ha cambiado algún comercio pero junto a la galería sigue estando el anticuario, su a la izquierda, casi al final calle abajo, el dibujo de una copa de vino que anuncia un restaurante; más arriba el bar de estética homosexual donde suelo tomar un café, y en un entrante, una pieza de arte urbano que alerta: "Peligro osos". En la entrada de la galería, sigue estando un capazo con postales y revistas; sobre éste un cajón a modo de buzón con más postales que la gente se lleva. Tan solo una pieza nueva en la calle, en la acera de la izquierda, junto a un buzón verde de correos, el dibujo de un ángel firmado por Ze Dr. Es como si el tiempo, en este escaso año que ha transcurrido, se hubiese parado y sólo la presencia del ángel parece negarlo.

Era el preludio a la exposición de arte japonés, sobre el tiempo inamovible, el arte y la tradición que a los occidentales nos encanta ver: "el mundo de la flor y el sauce, así se conoce el entorno de las geishas", representado escenas costumbrista "tomadas en el Japón que comenzaba a abrirse a occidente a finales del siglo XIX": el palanquín, el samurai, las cortesanas, el dormitorio, el comedor, los peinados, las sedas, fotografías que "reflejan, con una cuidada puesta en escena, casi teatral, la mágica realidad que, ya en su momento plasmaran los artistas de las ukiyo-e", fotografías coloreadas a mano, en la que cada personaje y cada cosa están en su lugar, con ese orden y minuciosidad que se desprende de las costumbres orientales.

Si maravillosas son las fotografías no menos impresionantes son los rollos de papel de seda pintados. Se representan animales "los gestos del pincel dibujan animales sorprendidos en movimientos tan descriptivos de su fisiología, como exactos en los contornos de su fisonomía". Representaciones verticales de paisajes, aguas turbulentas y brumas donde una carpa brinca armoniosa entre la espuma del río en pos, quizás, de un insecto. "El conjunto es una magistral lección de dibujo y admiración de la naturaleza", son los Animales en el pincel, como si la esencia del dibujo, el color y la forma, reposaran entre las cerdas suaves del pincel dispuestas a saltar al papel y perpetuar el movimiento en un instante.

"Hay más" me dice señalando el interior donde hay una mesa, un expositor de libros y una pantalla de televisión casi en el techo donde van sucediéndose algunas imágenes de la exposición. Aquí hay más luz, es otro ambiente. Las imágenes de la pantalla se acercan y agrandan; están acompañadas de música suave, música japonesa con esa cadencia de notas que fluyen con tranquilidad y sosiego y dan la paz necesaria para la contemplación. Y en la pared una serie de dibujos, bocetos de jardines, un jinete, un puente y gatos acurrucados en el más íntimo de los sueños. Todo en blanco y negro, casi grisáceo. Son la esencia, la primera captura de la imagen transportada al papel transparente, delicado y sutil. Casi a escondidas, aprovecho un instante en que estoy solo, cierro los ojos e intento recrear las imágenes, todas las imágenes en mi mente, acompañándolas con la música de fondo que tal vez no tenga más allá de cuatro o cinco notas, que te hace sentir plenamente el tiempo reposado en las fotografías, en los rollos de papel de seda y en los bocetos. Y al abrirlos de nuevo se siente como un despertar, como haber salido de un sueño para permanecer en otro sueño, en la placidez de la sala que impregna y sustrae cualquier movimiento que sea más rápido que la propia respiración.

Me comenta con entusiasmo que han pasado muchas personas para ver la exposición, sobre todo jóvenes, que ven las obras con un silencio respetuoso, casi ceremonial, luego se llevan alguna postal, el que puede compra, me dice, el que no, disfruta, aprende y vive el arte tan de cerca y tan vivo, como la persona que tiene a su lado. Fue media hora, quizás algo más, un tiempo intenso y lleno de sensaciones que sólo esas imágenes podían transmitir en el ánimo y hacer el tiempo tan breve  y a la vez intenso en belleza.

La galería Pelayo47 está en la calle Pelayo, 47 de Madrid. La exposición está hasta primeros de febrero.

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