domingo, 5 de enero de 2014

En busca de la obra perdida

Era el mes de abril de 1981, lo sé porque está escrito en la parte superior derecha de la primera página del primer volumen de En busca del tiempo perdido, Por el camino de Swann. Hacía unos meses me había licenciado del Ejército y aún no acababa de recuperar el ritmo de la vida civil. Me pasaba las horas en el trabajo y de allí a casa. Allí dibujaba, pintaba o simplemente me dedicaba a leer. Casi no salía. Una tarde se presentó mi primo, que es un par o tres años menor que yo, y me pidió un favor. Me enseñó una fotografía tipo carnet, de esas de 2x3, y me pidió que la dibujara y, claro está, estaba dispuesto a pagármelo. Le dije que muy bien, que si lo quería, en óleo, tinta china o carboncillo. Me dijo que nada de eso, quería un dibujo a lápiz, en una lámina normal y corriente. Acordamos que me pagaría en especies, no quería cobrarle a un familiar, y le pedí el segundo tomo de la obra de Proust, A la sombra de las muchas en flor. He de aclarar que tuve siempre mis dudas porque, aunque era mi primo nunca fue una persona de fiar, me arriesgaba a no cobrar nunca si le pedía dinero, por eso decidí aceptar como pago el libro.

Una semana después pasó por mi casa de nuevo para recoger la obra, un retrato hecho con lápices Stadtler creo recordar, porque nunca he utilizado otros. No había traído el libro como habíamos acordado. Me aseguró que se olvidó del título y que por favor le diese el dibujo y el título del libro escrito en un papel. Se marchó con el dibujo y no volví a verlo, ni a él ni al libro. Una mañana de sábado me lo encontré y discutimos por el asunto del retrato. En vista de que no estaba dispuesto a pagarme decidí acompañarlo hasta su casa hasta que consiguiese cobrar. A mitad del camino apareció un motorista que tuvo la mala fortuna de caer de la motocicleta. Fui a ayudarle y cuando conseguí levantar al accidentado mi primo ya había desaparecido.

Había transcurrido aproximadamente un año de aquello  y tuve que ir a casa de mi tía no recuerdo por qué asunto. Entré en el salón y allí estaba, entre ardillas disecadas, jilgueros y abubillas también disecadas y una colección de repujados de cuero desperdigados por paredes y muebles, porque mi tío era cazador y en sus ratos de ocio, durante las vedas, trabajaba el cuero. Como digo, allí estaba mi dibujo, enmarcado, presidiendo el salón. Me quedé mirándolo con atención, porque cuando uno está frente a una obra propia encuentra sus defectos y sus virtudes e indefectiblemente se le va la mirada a ellos. Estaba embelesado mirándolo cuando oí a mi tía preguntarme si me gustaba, que era la novia de su Antonio y que él la había dibujado. Obviamente le dije que no, que el dibujo era mío. Ella insistió y me llevó ante el retrato para que viese la firma. Estaba firmado por él. Había borrado mi nombre y la había puesto el suyo, aunque aún se podía distinguir, muy débil, parte de mi nombre debajo del suyo, el cristal lo disimulaba bastante.

Es lo que tiene trabajar para encantadores de serpientes, y como se suele decir, uno puede elegir casi cualquier cosa en esta vida menos a la familia, porque ésta te viene dada al nacer. La cuestión es que mi primo acabó casándose con su novia e imagino, todo esto ya son elucubraciones mías, que se llevaría el retrato a su casa. Con el tiempo se divorciaron, e imagino también que ni él ni mi tía querrían tener el retrato de aquella chica; y ella un cuadro firmado por él. Así que la cuestión ahora consiste en saber qué habrá sido de mi dibujo y quién lo tendrá, si es que aún existe, si lo tiene alguien o quizá lo vendiesen, lo destruyeran o lo tenga algún descendiente de la pareja. Sea cual sea su estado o propietario actual, no dejará de ser un dibujo mío firmado por un impostor y nadie, si no se fija lo suficiente, sabrá reconocer que debajo de esa firma está mi nombre.


1 comentario:

  1. Eres único compartiendo historias, Paco. Como los clásicos aedos (aunque sin la lira, al menos que yo sepa) cuentas como nadie la cotidianidad que nos envuelve. No hay quien cuelgue en la pared principal de su salón un mal dibujo, esa es la recompensa tácita del artista aunque, como bien me comentas, no sirva de consuelo. ¡Gracias por despertarme las ganas!

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