miércoles, 6 de noviembre de 2013

Juan Francisco Casas


Mi primer día de colegio me sentaron en un pupitre que tenía un agujero y una muesca al lado. El agujero era el tintero y la muesca el lugar donde se colocaba el palillo y los plumines. Llevábamos todos los niños una hoja color rosa que era el secante. Poco tiempo después nos dejaron escribir con estilográfica y un poco más adelante podíamos presentar los trabajos con bolígrafo. Lo que ya no entendí es cómo llegó tan tarde el uso del bolígrafo al arte.

Las primeras obras de Juan Francisco Casas sorprendían sólo por el hecho de que estuviesen hechas con un Bic. Me vino a la mente la denominación tan manida de "democratización del arte", como si ya todo el mundo que tuviese un bolígrafo podía ponerse a dibujar, y curiosamente aún hoy, el gancho de Casas no es la excelencia de su obra sino la herramienta. Afortunadamente no todo el mundo piensa así.

Una mañana me decidí a ir a ver una exposición suya en la galería Fernando Pradilla. Llegué tarde, ya estaban montando la siguiente muestra, pero me dejaron a mis anchas en el piso que tiene la galería como fondo. Allí, sin apenas luz, algo que agradecí porque todas sus obras están enmarcadas con cristal, podía fotografiarlas con un mínimo de reflejos. Me entusiasmó. Fue la sesión con la que más he disfrutado, la soledad de una sala tras otra, asombrándome de la minuciosidad de los trazos, recreándome en el momento que se capta la escena. Luego me preguntaba ¿qué diferencia podía haber entre los trazos de una plumilla o un Roting y un bolígrafo, obviamente ninguno, y lo más llamativo, de tinta azul?

Había en la sala una señorita, algo distante, con la que pude comentar alguna cosa de las obras, como los precios y la técnica. Casas hace sus obras a través de las fotografías que realiza a sus amistades, y se engloba en el movimiento hiperrealista. A mi ese nombre no me gusta, es como si al artista se le encasillase por el hecho de trabajar en segunda generación, la primera es la impresión de la fotografía, pero en este caso hay elementos que trascendían más allá de lo que podía ser una simple copia, y era el momento en que se capta la imagen, la distorsión que hace de ella, es como un juego entre amigos en el que se fotografían mutuamente y son cómplices de cada instante, es más, me preguntaba qué le hacía escoger precisamente ese momento de la fiesta, ese movimiento y no otro y distorsionarlo con un enfoque exagerado, captando sólo el gesto. Todo el submundo del artista es ya de por sí un mundo, e intentar desentrañarlo quizá sea intentar desmenuzar demasiado la obra y hacerla imperceptible y carente de sentido, pero todo tiene su explicación.

Me hice con un catálogo (volví tres días después para comprarlo) y leí la introducción, quizá demasiado academicista, pero aún así, esclarecedora. Me quedé con una pregunta, casi retórica, sobre el hiperrealismo: ¿por qué o para qué reproducir lo que ya se nos da en la fotografía? Ese juego es el que nos toca jugar y descifrar a cada uno de los espectadores. Para mi ha sido muy intenso y satisfactorio, y aún me gusta jugarlo. Y sobre el artista, termino con la frase final de la introducción del catálogo: Portentoso, brillante en su coherencia e intachable en su desparpajo, Juan Francisco Casas es, sin ninguna duda, un hábil seductor.


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