lunes, 18 de noviembre de 2013

Gustavo Díaz Sosa: Epopeyas para el Nuevo Milenio


Hace unos días inauguró Gustavo Díaz Sosa una nueva muestra, continuación en parte de estos Huérfanos de Babel y la serie Burócratas y Padrinos, con el título Epopeyas para el Nuevo Milenio. Si antes su propuesta giraba alrededor de la maquinaria pesada de la burocracia y la frustración del individuo que choca frontalmente con esas líneas imaginarias, fronteras en muchas ocasiones crueles e inhumanas, ahora introduce nuevos elementos que sintetizan la más brutal de las odiseas, las migraciones forzosas que provocan las guerras y las miserias políticas y religiosas y que occidente, un mundo aparentemente solidario y civilizado, se muestra incapaz de asumir: las pateras, las derivas y la tragedia de un mar que engulle inmisericorde parte de esas diminutas almas que no contempla más que como una suma de unidades, sin nombres, sin rostros y sin futuro.


Mientras que en las anteriores series predominaban los lugares cerrados como oficinas o estaciones, ahora Díaz Sosa se abre al espacio abierto, donde se vive y desarrollan esas epopeyas a través de dos elementos significativos: el barco, la nave en la que los nuevos Ulises sin gloria, se aventuran hacia un nuevo territorio, y el caballo de madera, la argucia que el mismo Ulises ideó en la playas troyanas para franquear los muros inexpugnables de Ilión; dos metáforas que prolonga y desarrolla de esos Huérfanos de Babel, por lo que dejo a continuación el texto íntegro de aquella exposición. 


Huérfanos de Babel, de Gustavo Díaz Sosa, es una fuente de sensaciones agónicas y desangeladas, de personajes diminutos que parecen deambular en la soledad apabullante de la muchedumbre. Díaz Sosa crea un ambiente en el que juega con la soledad del individuo indefenso que se enfrenta al poderoso aparato  de la burocracia y el trato impersonal y despiadado que recibe del Estado. En cada una de las obras escribe una sentencia, como un aviso o una burla despiadada, frases cortas e inequívocas que van despojando al protagonista, al individuo y su existencia, de su propia identidad: la masa contra el individualismo, las migraciones sin personas a las que se les va imponiendo el silencio y la humillación de ser sólo parte de ella, nada más.


La mayoría de las obras son de formato grande, de lino y sobre éste trozos de obras antiguas, dibujos en papel rotos y pegados sobre la tela, son como una metáfora de banderas y los documentos, los desvaríos burocráticos y el imperativo poder del funcionario, examinador atento unas veces y otras aburrido, casposo, hastiado, malhumorado: usted no sabe con quién está hablando, vuelva usted mañana, falta un sello, no es aquí... Representa cientos de figuras que deambulan entre edificios faraónicos construidos para esa nueva casta de hombres de levita, manguitos y anteojos, con un tampón a su derecha, una resma de instancias a su izquierda y un sello de caucho en la mano. Tan-tan! suena sobre el papel timbrado, sobre la fotografía, bajo una firma ilegible; y frente a cada fugitivo, cada inmigrante, cada ciudadano: un policía, un aduanero, un funcionario: Éxodos del Nuevo Milenio, se acercaba el día de mi audiencia. Me acerqué titubeante, el tribunal parecía dispuesto a darme la absolución, qué ingenuo! ¿y quién dijo que iba a ser un juicio justo? Ya ves, no es un juicio justo.

En la obra hay ventanas, muchas ventanas a las que asomarse, puertas por las que entrar o salir. Unas cuantas sillas, las imprescindibles De burócratas y padrinos. Siéntese ¿y usted de parte de quién viene? Subir, subir, subir. Al fondo hay una escalera, mejor no coja el ascensor, es sólo para gente de la casa. Hay golpes en la vida tan fuertes que a veces nos cuesta la muerte recuperarnos. Estoy en el reino de los mediocres, ¿aquí quién manda? Es la Barataria de mediocres y almas rotas. ¡A ver! se oye al fondo -El siguiente, por favor! Vale y ahora qué? Y ahora qué? Burócratas!!! Yo quiero un padrino. Alguien me mira, sisea muy serio, tiene tinta en el antebrazo y sobre el cuello de la americana azul restos de caspa y grasa: Y éste cree que todo irá bien, ¡¡¡qué inocente!!!



Sobre el papel pegado dibuja con carboncillo infinitas figuras humanas esquemáticas, hileras de personajes anónimos que esperan su turno tras una valla. Crea un ambiente de falsa tranquilidad. El burócrata, iluminado por una lámpara y somnoliento, parece meditar en su mesa, a modo de tribunal va llamado: vayan pasando. Me gusta Kafka, parte de la obra es una visión de El Proceso. Arquitecturas que se yerguen infinitas al cielo, a la derecha un coro o una orquesta, un público expectante observa al reo: ¿y usted quién es? Es un hombre solo, un sin número de sillas vacías y él sin poder sentarse, ¿A qué ha venido usted, entonces? Y así pasé una parte de mi vida, suplicando a burócratas porque no tenía padrino. Pero un día descubrí que no se trata de hacer las cosas bien, sino de tener de quién agarrarte...

Los espacios parecen cerrarse, son como cárceles, las paredes altísimas parecen robustas, a dos tintas: utilizo muchos elementos, como pólvora, otras parecen café. Al fondo, en un bastidor inmenso, un paisaje de girasoles grises: Una vez vi a Dios entre girasoles... llevaba mi nombre en su frente... Huérfanos, conspiración, huérfanos de Babel, Qué pocas ganas de trabajar hoy. Este señor es un intelectual, nació en Cuba. No lo parece, casi no tiene acento. Nací en un lugar que tenemos la facilidad de acoger los ritmos que oímos ¿rítmos? Quizá quiso decir acento. ¡Qué forma más extraña de hablar! La Asamblea y los huérfanos de la otra Babel. Llega un grupo de conocidos, se abrazan, se saludan y estrechan las manos. Los acompaña y les explica las obras. Hay dos o tres personas frente a cada cuadro y en cada uno de ellos una sentencia, una frase, un visado, un lenguaje. Qué bueno que viniste! A este ritmo seguramente terminaré retirándome del arte y montando un negocio de jardinería... Porque la vida es más agradable entre flores y árboles que atormentado intentando crear buen arte...

Seas quien seas, estés donde estés, no dejes de existir: En el caso muy probable de que no pudiera usted acordarse de mí lo más mínimo, me presento de nuevo: me llamo Franz Kafka, y soy el que le saludó a usted por primera vez una tarde...


Huérfanos de babel, de Gustavo Díaz Sosa, en la Galería BAT Alberto Cornejo, en calle María de Guzmán, 61 de Madrid.

Epopeyas para un Nuevo Milenio, de Gustavo Díaz Sosa, en la Galería BAT Alberto Cornejo, en calle María de Guzmán, 61 de Madrid, hasta el 9 de abril de 2016.

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