miércoles, 20 de noviembre de 2013

Carlos Rivera: Construcciones


Me cuenta el autor que su obra se genera al albur de la crisis, viajando al norte, o volviendo del norte y viceversa, observando el impacto que esqueletos de casas y edificios medio construir tienen sobre el paisaje, construcciones que se iluminan al amanecer y al anochecer se funden en la oscuridad sin que nadie los habite. Terrenos baldíos, roturados y asfaltos resquebrajados, vacíos de almas y de tránsito, desde Madrid, por los círculos concéntricos de la M-30, M-40, M-50, hasta la frontera más allá de Somosierra:  Se vende, Oferta, Pisos, Parcelas, Naves. De las verdes praderas y la vorágine especulativa, sólo queda el abandono, la obra inacabada donde sólo se oye la chicharra por el día o el nocturno del grillo cuando debían oírse voces. Es la ironía de la construcción.

Una mujer me toma del brazo y me enseña una obra, se titula El nido. Los dos jugamos a imaginar. Le comento que en mi corral todas las primaveras anidan el pinzón y el gorrión y que cuando regreso en verano muchas veces el nido está en el suelo. No parece una metáfora del nido abandonado y caído, pero sí me lo recuerda, aunque aquéllos tienen la urdimbre de hierba seca y suave, y éste parece tejido en alambre, frío, duro y cortante.


Voy al catálogo para comprender la obra desde otra perspectiva de la que me ha explicado el autor, su viaje de ida y vuelta y la metáfora de la construcción inacabada. Acudo al catálogo porque a menudo no alcanzo a descifrar el conceptualismo que parece esconder la obra, lenguaje que vuelve a repetirse en el catálogo y me deja huérfano de comprensión. En este caso me remiten a Freud, a Lacán y a Umberto Eco.

La obra es la expresión de su gusto no disimulado por las texturas, su apego a la tradición lúdica de la abstracción concreta y, más que nada, esa libertad (espontaneidad) infantil que aún aún conserva. Quizá sea éste el concepto freudiano, que imagina a Rivera cortando, pegando y pintando como un adolescente que recién ha descubierto el mundo del sexo y alguna de las variantes del erotismo, y más allá aún, no siempre descuida el hecho de que los signos pictóricos pueden ser en alto grado "materia para desvaríos retóricos".

Pero lo más revelador es cuando habla de los géneros artísticos de los que parece alejarse el autor: Lo suyo no es pintura ni escultura. Es, más bien, una rara hibridación donde lo escultórico y lo pictórico, incluso lo propiamente arquitectónico, entran en pugna y se trascienden. Mi compañera de turno va llevándome cuadro a cuadro, construcción a construcción. A ella le apasionan los ocres, "esos pardos", me dice con cierta pasión y un acento porteño; la apoteosis del goce de la libertad creadora, dice el ensayista en el catálogo; para mi es el aparente desorden de las piezas sobre la tela, los movimientos de algunas de ellas y el conjunto, en armonía con la idea que trasciende.

Con estos pensamientos mi compañera se deshace de mi brazo y se despide. Cada uno por nuestro lado, entre el resto de visitantes que charlan animados, mientras, seguiremos buscando por separado el significado cuasi cubista de las construcciones de Carlos Rivera.


Construcciones, de Carlos Rivera en Galería Orfila, en calle Orfila, 3 de Madrid, hasta el 5 de diciembre de 2013.
Para mayor información podéis consultar: http://www.galeriaorfila.com/Exposicion_actual.htm

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