viernes, 27 de septiembre de 2013

William Christenberry

Cuenta Christenberry, al inicio de la exposición, que a mediados de los años 60 fotografió un edificio, un club. Entró en el club y pidió un refresco. Al fondo había dos tipos con tacos de billar en la mano, mal encarados. Pagó su refresco y salió. Los dos tipos le siguieron. Subió a su coche y se marcho. Creyó que al tener matrícula de un estado del sur los tipos se relajaron, no tenía matrícula de Washington DC. Luego reflexionó y cayó en la cuenta de que el club, escrito con grandes letras Klub, era un local del Klan, de hecho estaba pintado de blanco y las dos ventanas parecían los ojos de una cara.

Siguiendo estas historias, relatadas en primera persona, que hay al inicio de cada sección, tiene uno las suficientes pistas como para no perderse en el mundo aparentemente sencillo de William Christenberry. Es como un álbum familiar de fotografía, más de 300, que forman la exposición, todas ellas en color, en un momento en el que el color se consideraba comercial y artificial frente al blanco y negro, en las que destaca, sobre todo, la ausencia casi total de personas. Fui tomando nota de casi todas ellas, al inicio de cada sección, que como digo, ya es suficiente para comprender toda la idea del conjunto y la intimidad entre el artista y los objetos: "Siempre me han atraído las figuras deformes de las casitas y de las pequeñas edificaciones rústicas, cómo las ha modelado y alterado el tiempo".

Fotografía cementerios, el cementerio de Stewar, en las aparecen tumbas con camas a modo de lápidas; un enorme conejo amarillo de poliestileno sobre la tumba de un niño; una cruz hecha con hueveras de cartón; una guitarra de flores; piedras poliédricas a modo de lápidas. Se queja de lo que le ha costado al sur superar los efectos de la Guerra Civil de Estados Unidos, en lo económico, en lo social y las relaciones raciales: "Mi tierra natal siempre me pareció parte de mi ser. Vivir lejos de ella me ha dado una perspectiva que no creo que hubiese tenido si me hubiese quedado allí. Es verdad que te puedes regodear en la nostalgia; sumergirte en la nostalgia y chapotear. Por ahí no se va a ninguna parte". Orgulloso de su origen, añade sobre los habitantes del sur: "Cuando viajo me disgusta que cierta gente siga despreciando el sur de Estados Unidos. Existe un estereotipo según el cual los sureños son poco inteligentes y apenas han estudiado, pero no es así".

Habla del abandono de los edificios, algunos poco a poco van desapareciendo, dejan de existir y se centra en lo que queda, la naturaleza. Hay una fotografía de un edificio vacío en la que han hecho una pintada: Patricia.wi Love Scott.m kl/scristy. Y alrededor de las casas, las señas de identidad de la publicidad que minuciosamente comienza a coleccionar: "En mi juventud, los carteles que predominaban en el campo eran anuncios de Coca-Cola. No podías dar la vuelta al pueblo sin ver un anuncio de Coca-Cola, Nehi o Seven Up". "Me interesan los carteles por los colores, las texturas, la herrumbre, los agujeros de bala, la decoloración que produce el sol". Se sorprende de uno, con muy buena caligrafía sobre un trozo de formica, que dice: "Proibido el pazo y la caza".

"Pero es algo maravilloso encontrarte con algo bonito y poder hacerle una foto que exprese algo de todo eso. Si tienes suerte, la foto sale bien". "La mayoría de mis fotos están hechas con el tiempo de exposición corto, al aire libre, con luz natural". Si hay algo que me llama la atención es una serie de fotografías de calabazas colgadas en los árboles: "La gente del campo se pone muy ufana cuando consigue que esos hermosos pájaros que son las golondrinas azulnegras aniden en el hueco de una calabaza seca. Si el granjero tiene suerte, las golondrinas vienen en primavera y se pasan ahí todo el verano. A ellos les conviene porque se sabe que una golondrina azulnegra se come alrededor de dos mil mosquitos al día".

No suele fotografiar a personas, de hecho creo recordar que sólo hay tres fotografías con personas, aunque sí aparecen camionetas aparcadas frente a las casas, sobre todo hay una preciosa de una pick-up azul: "A veces me preguntan por qué no hago fotos de personas. No lo sé. Lo digo con sinceridad".
Hay una serie de fotografías reiteradas de un mismo edificio año tras año con los cambios y la degradación que produce el tiempo: "Casi todos los años desde 1978 hasta 1996 fotografié lo que yo llamaba la puerta blanca, que era la puerta exterior de la cocina de mi abuela".

Los kudzu, de los campos de kudzu cuenta la historia más entrañable: "Mi abuelo Smith me puso una mano encima y me dijo. "Muchacho no entres en el kudzu. Ahí vive una serpiente y cuando se enfada se mete la cola en la boca, se hace un aro y echa a rodar detrás de ti".Y hasta el día de hoy no puedo ver un kudzu sin pensar en serpientes en aro".

Al final una última fotografía de Christenberry y su perro de cuando era niño, de 1939. Quizá había otra, pero yo no la vi, me entretuve mirando la colección de letreros herrumbrosos, agujereados de perdigones y las maquetas minuciosas de alguno de los edificios que fotografía: un granero, una iglesia, una casa, y la instalación The Klan Room, que te sorprende al inicio, con el violento estigma del Ku Klux Klan.

William Christenberry, en Fundación Mapfre, Avda. General Perón, 40 de Madrid. Hasta el 24 de noviembre.
Las fotografías, como no dejan hacer fotos en el interior, son del catálogo y de los carteles de la calle.
http://www.exposicionesmapfrearte.com/christenberry/es/

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