lunes, 30 de septiembre de 2013

Levando anclas





Cierre por traslado: levando anclas. Son cosas que pasan y uno a veces no se entera hasta que el vecino se marcha. Este lunes deben entregar el local. No sé cuánto tiempo han estado ahí. Yo me he enterado por la exposición que han hecho porque se marchan, unos ya se han ido, otros se trasladan a zonas más propicias, a La Latina donde huele a Reina Sofía, a galerías de empaque, a proyectos vivos y también a cadáver de proyectos agotados.

Y es que estos sitios tienen un olor especial y un sabor espeso que se pega al paladar, sabor agrio a cigarrillo recién liado y a trago de cerveza no tan amarga. Aquí ninguno es nadie, nadie firma sus cuadros y algún día serán, esperan, ser conocidos y vivir de lo que hacen. Entonces tendrán a alguien detrás que les diga que firmen ese cuadro y qué precio tiene la obra; mientras, viven de la calle, vienen de la calle y se exponen donde casi nadie puede verlos, pero les queda la ingenuidad y la frescura del trabajo hecho con libertad, sin prisas y sin más etiquetas que su propia intuición. Ya vendrá quien les diga qué son y dónde se engloban. Qué maravilla!

 Ahora clavan su obra en la pared, aprovechan el paspartú que encontraron en el contenedor, un marco abandonado, un baldosín partido, clavetean las tablas de un andamio y juegan a lo que mejor saben jugar, a crear; se ríen y sus risas se oyen por toda la sala en la que hay dos instalaciones: una cafetera con su taza y un ejército de soldados de papel, y abajo, muy pequeñita, a ras de suelo, una estatua de la libertad pegada en la puerta del almacén, unas botellas vacías, restos del naufragio y del adiós, y parte de la arqueología urbana en un fregadero ahora lleno de hielo con latas de cerveza no tan fría, y en las paredes pañuelos, serigrafías, acuarelas, acrílicos, ...

"Éste, no es mío, es de Hugo; aquél, de Pablo, inmenso, grande, tiene mucho trabajo... ¿mío? Esos baldosines y aquella acuarela. Aproveché el paspartú que... ah!, me llamo Luis". Me saluda, me da la mano y continúa hablando con una visita que también ha acudido al cierre.

Lentos desmontan la sala, el almacén va vaciándose y las paredes desnudándose, en la calle comienza a caer el agua fina de la primera lluvia del otoño. Sonríen mientras van y vienen del almacén: "no es un adiós, es hasta luego. Allí, en el nuevo taller nos veremos casi todos". Allí nos veremos.

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