viernes, 30 de agosto de 2013

Harmonia Mundi: Nuits d'été, Hector Berlioz

En la calle Sagasta, bajando desde la glorieta de Bilbao, unas veces después de tomar un café en el Comercial; otras subiendo desde Alonso Martínez, a mitad de la calle estaba Harmonía Mundi, una tienda pequeña que debía ser del sello de discos. Como digo, la tienda era pequeña, estrecha, difícilmente cabían dos personas entre los estantes de discos. La dependienta, una chica menuda, era delicioso tratar con ella, siempre tenía una respuesta oportuna y amable a cualquier pregunta. No es que hablase mucho con ella, pero daba confianza.

Solía ir allí con el programa del Auditorio Nacional ya aprendido y le consultaba cualquier obra antes de ir a escucharla, o simplemente pedía el disco si la obra ya la había escuchado. Una tarde, incluso, otro comprador me reprendió cuando dije que me costaba encontrar la 2ª Sinfonía de Mendelssohn y la chica, muy decidida, salió en mi defensa; al parecer algunos melómanos son muy apasionados en lo suyo. La cuestión es que la tienda ha cerrado, el mundo de la música y del disco ha cambiado mucho y ahora casi todo se compra a través de internet o en grandes almacenes, y estas tiendas en definitiva han ido cerrándose una tras otra.

No sé si decir que lo siento por la casa de discos, porque seguirá vendiendo de una forma u otra; o por la dependienta que probablemente ya tenga otro empleo u otro puesto en la compañía, sobre todo lo siento por mi y por aquellos que nos acercábamos, programa en mano, para interesarnos por una obra. De aquella tienda compré obras de Monteverdi, Haydn, Telemann, HaendelPiazzola o Nino Rota, de todo un poco, obras que uno se pregunta si las podrá comprar o comentar sabiendo qué compra; obras tan singulares como la de Telemann, Tafelmusik, música compuesta para ser tocada mientras se comía.

Todo esto viene a colación, no porque ayer pasara frente a la tienda cerrada, las letras arrancadas de la fachada, donde ahora hay una tienda de moda, sino por un disco que nunca he acertado a oír en su estación: Nuits d'été, de Hector Berlioz, una obra que siempre he querido oír bajo la parra de mi corral una noche de verano, mientras contemplo a Casiopea sobre el campanario de la iglesia de Mingorría. Son, según la explicación de la contraportada, "Seis melodías para mezzo-soprano y orquesta sobre poemas de Théophile Gautier". A mi en particular me encanta el tema Le spectre de la rose, de una dulzura inexplicable, también Sur les lagunes, muy dramático, y el lirismo de L'ile inconnuee. El disco se completa con la obra Herminie "Escena lírica para soprano y orquesta". Pero no escribo esto para analizar los temas, primero porque no sabría hacerlo, y segundo porque sólo acertaría a poner los adjetivos que me sugieren tanta belleza, sino como colofón a estos días de estío y recordar que siempre hay cosas que se nos quedan en el tintero y para mí una de ellas ha sido ésta.

Ahora se acaba el verano y, sobre todo en Mingorría, hace demasiado frío para escucharla de noche en el corral, pero sin duda el próximo o al siguiente verano la oiré, y entonces me acordaré de la dependienta menuda que me hablaba de Monteverdi y de Piazzola, de la pasión de Josep Pons por el tango, del vals del Gatopardo de Nino Rota, o la peculiaridad de la voz del contratenor en Il duello amoroso de Haendel.

2 comentarios:

  1. Todavía puedes hacerlo, bajo la parra o bajo la luna y las estrellas

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  2. Eso espero, aunque habrá que esperar al siguiente verano

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