jueves, 11 de julio de 2013

Paisajes, Bodegones y Desnudos: Renato González


Hacía dos días que había acabado la primavera, una primavera lluviosa y fría, y el verano se presentó casi de golpe, sin tránsito, sin tregua, había dejado de llover, el cielo se despejaba en una inmensa plancha de zinc, la luna subía como pedazo de oblea y el aire zumbaba en tropelío desenfrenado de saetas. Recitando a Mariano Azuela llegué, bajando por la Carrera de San Jerónimo, desangelada de sombras, al Instituto de México. Allí hay una muestra del pintor Renato González, muy en la línea de esa exquisita pintura mexicana que tanto me atrae, obras cargadas de personajes, que dan vida a la vida y color a muerte, siempre presente, para recordar que sólo somos seres vivos en puro tránsito. Más allá podría ir, como dice en el catálogo Roger Von Gunten, el ser humano, por lo general, prefiere valerse de su poder en vez de su potencia; no crea sino fabrica, manipula o de plano saquea a un mundo, que si bien es suyo, no le pertenece.


Nada más entrar hay un cuadro a la derecha de tonos azules y rojos, los que prediominan en la muestra: La chayote, un óleo con dos desnudos en la frontera entre la realidad y los sueños, a su lado un caballo de cabeza roja pleno de dramatismo, se superpone en varios planos atravesados de color; y conforme avanza la muestra los lienzos comienzan a cargarse de símbolos, los bodegones de una única fruta y al fondo, un enigmático minotauro.

Ronda uno buscando los significados que quizás son todos indescifrables. Las 15 obras, suficientes para deleitarse en la soledad y el silencio de la sala, rebosan drama y poesía, paisajes y naturaleza que giran en torno a la pugna del azul de los sueños y un dramático y encendido color rojo.

En uno de los cuadros hay un gran cayado que recuerda a Dalí, y en el centro un hoyo, una tumba guardada por un perro y en su interior una calavera mínima, una blanca y descarnada calavera: es como si uno quisiera demostrar la profundidad del mar con un vaso de agua salada en la mano. La muerte siempre presente.

A su lado la vida, el tríptico Buscando a mamá, Renato González usa la línea (el verbo usar está mal empleado, Renato inventa): el árbol, el cuerpo, la madre y la fecundidad, el juego apasionado y los objetos que lo contienen; la madre que todo lo representa, el germen de la vida. Y hasta aquí es hasta donde me guía y cito en parte el pequeño catálogo. Pero recuerdo un texto de Rulfo, el retrato de Dolores, madre de uno de los Páramo: Sentí el retrato de mi madre guardado en la bolsa de la camisa, calentándome el corazón, como si ella también sudara. Era un retrato viejo, carcomido en los bordes; pero fue el único que conocí de ella. Me lo había encontrado en el armario de la cocina, dentro de una cazuela llena de hierbas: hojas de toronjil, flores de Castilla, ramas de ruda. Desde entonces lo guardé. Era el único. Mi madre siempre fue enemiga de retratarse. Decía que los retratos eran cosa de brujería. Y así parecía ser; porque el suyo estaba lleno de agujeros como de aguja, y en dirección del corazón tenía uno muy grande donde bien podía caber el dedo del corazón.

Paisajes, bodegones y desnudos, de Renato Álvarez, en el Instituto de México en España, Carrera de San Jerónimo, 46,  frente al Congreso, hasta el 25 de julio de 2013


No hay comentarios:

Publicar un comentario