lunes, 1 de julio de 2013

El discurso de Laura

Esta historia ocurrió un par de años después de haberse muerto Franco, cuando hubo una explosión de creatividad y libertad que creíamos infinita. Si cierro los ojos, aún puedo escucharlos:
-Este es maricón porque es cojo. -dijo en voz baja Paulino mirando de soslayo a Gregorio que se alejaba calle arriba.
-¡Anda!, ¿y tú por qué? -le espetó Carmen.
-Yo nací así, cariño. -Lo dijo sin mirarla.Volvió a centrarse en el boceto para su Regenta. Había dibujado unas ventanas góticas ojivales que filtraban un haz de luz iluminando la escena desde la izquierda; el suelo ajedrezado, en el centro una mujer de espaldas proyectaba su sombra hasta salirse del cuaderno; peinado y vestido siglo XIX. -Un día la representaremos en Santa María del Mar. ¡No! Mejor en la Señora del Pino. Sí, ahí mejor, en Nuestra Señora del Pino.
Nunca supe por qué Paulino le tenía manía a Gregorio y nunca intenté averiguarlo. Carmen, dependienta de una pastelería de Puerta del Ángel era la concordia:
-Vale, que tiene un color así, como cetrino, pero es buen chico -concluyó sobre Gregorio y dio el último sorbo al café con leche.

Paulino era alto, moreno, delgado e "insultantemente guapo", decía Carmen. Vicente era amigo de Paulino, tenían las misma edad, también le gustaban los hombres "vaya suerte tiene una con estos dos" decía con cierta resignación la pastelera. Vicente, aficionado a la fotografía, tenía un pequeño laboratorio de revelado en su casa y allí pasamos más de una tarde de domingo. También venía Pedro, al que no se le conocían tendencias ni más arte que hablar, nos amenizaba los largos ratos de revelado de Vicente  inventando diálogos en francés y cantando, sentado en una silla como Marlene Dietrich, coplas en francés que él mismo componía. Aquel mundo, al que llegué por casualidad, giraba entorno a Paulino, epicentro de todas las cosas.
Solíamos ir a Els Quatre Gats a rememorar el diseño que Picasso hizo de la carta del bar y admirar las reproducciones de los cuadros de Nonell, Ramón Casas, Mir, Utrillo y Rusiñol, porque era donde a Paulino le gustaba meterse buscando las musas. Alguna tarde bajábamos las Ramblas. Pasada la calle Hospital había un bar mínimo donde servían absenta. Allí, arrinconados en la lúgubre estrechez, entre la mesa y las sillas desvencijadas, con olor a humedad y óxido, en un ambiente propicio para una novela de Mendoza, Paulino soñaba y se complacía creyéndose en los trasfondos de Montmartre. Mientras, yo dibujaba en mi cuaderno y apuntaba historias inverosímiles, y me entretenía mirando de tanto en tanto una lucecita verde que había detrás del mostrador y que iluminaba difícilmente la caja registradora.
-La gente, me dijo, escribe en inglés para parecer más fina. ¡Qué tontería! Si hay más gente que escribe en inglés que en español en el mundo.
-Yo, le dije sin dejar de dibujar, escribo alguna vez en latín. Por cierto, me tienes que dejar El Mesías, estoy escribiendo un cuento y quiero que el protagonista cante algo de Hendel, porque el protagonista escucha a Hendel.

Los días de verano íbamos a la playa. Madrugábamos y cogíamos el tren en San Andrés. Solíamos parar en El Garraf o en Sitges. Él se tumbaba embadurnado de bronceador y se quedaba las horas al sol, rara vez se metía en el agua. Alguna vez nos acompañaba Carmen, la pastelera, que nos hacía el trayecto de lo más ameno. Nos contaba que les escribía los carteles a los pobres que pedían en el Paseo de Gracia o, de repente, exclamaba mirando a un bañista “¡por Dios, qué guapo!”; entonces Paulino sonreía, “lleva ahí casi media hora”.
A los desayunos de media mañana, se acercaba de vez en cuando Laura. Laura era una chica menuda y nerviosa, con cara de ángel, parecía una Santa Isabel pintada por Leonardo. Muy radical, feminista y exaltada, se sentaba justo al lado de Javier, un chico de fantasías orgiásticas.
-Lo que le pasa es que está colada por Paulino -me dijo Carmen.
-No creo, es lesbiana, al menos eso dice.
-Por Dios que cosas!
Yo había terminado un cuento al que le había puesto música de Strauss y Pink Floyd. Paulino se ilusionó con la obrita y quiso ponerle movimiento, como si fuese un ballet, y dicho y hecho empezó a coser mallas, tutús, encajes y rasos que perecía propio de una escena escrita por Mujica Lainez.
-¡Qué asco! -Decía Laura abominando de los desnudos-; ¡En pelotas! Gritaba Javier, ¡qué dionisiaco! ¡no me lo pierdo!
A veces también venía Gregorio, ""¡Se llama como el protagonista de  la Metamorfosis de Kafka". Nunca me arrepentiré lo suficiente de haber hecho ese comentario. Gregorio era un chico más bien tristón y algo lúgubre que unido a su cojera, a ese color cetrino que decía Carmen ,y la manía de Paulino contra él, consiguió cierto estigma satánico del que me sentí culpable en cierta medida. Pero lo que realmente nos preocupaba a todos era el discurso de Laura, radical y agresivo. Ella sentía que su condición feminista y su sexualidad eran el centro de su vida y no comprendía que entre nosotros todo eso nos daba igual. 
Empezamos los ensayos, que eran lo más divertido de todo. Paulino bailaba vestido con sus tutús y sus trajes de papel de seda. “!Con ustedes Paulino Paulova!” anunciaba Vicente; mientras, yo fundía a duras penas la música de un casete y un tocadiscos. Pedro recitaba la obra y aprovechaba cualquier corte para recitarlo en francés. Para todos era una fiesta y para Laura, un motivo más de indignación.
Una mañana, después de nuestro desayuno comunal, Laura se marchó ofuscada por no sé qué asunto, en su motocicleta calle Platería arriba. En el semáforo con Layetana un taxi le dio un golpecito por detrás a la motocicleta, con tan mala fortuna que cayeron la moto y ella encima. La manilla del freno se le clavó en el pómulo ensartándose por dentro en el ojo derecho arrancándolo de cuajo. Estuvo ingresaba dos semanas. Nunca estaba sola. Cuando regresó, unas veces lo hacía con un ojo de cristal, otras con un parche de pirata, esquiva unas veces, otras más sociable y casi siempre muy callada.
El accidente de Laura trastocó las reuniones del grupo hasta que lentamente volvimos a la rutina de siempre. Una mañana Paulino se presentó con los tutús en una bolsa y decidimos hacer nuestra representación en casa de Pedro.
El sábado estábamos montando la representación. Sobre la mesa el tocadiscos y el casete. Pedro a mi lado sentado a lo Dietrich. Al otro lado Vicente con trípode, cámara y flash, midiendo la luz. Paulino entraba y salía del pasillo con los nervios propios de un actor del Liceo. Laura se acercó a él y le pidió hacer el papel de chica que no iba a hacer nadie.
-¡Perfecto! Laura va a actuar conmigo -gritó Paulino entusiasmado.
Nuestro público, muy atento: Gregorio, oscuro y lúgubre, fumando e inquieto parecía estar posando para Otto Dix, y a su lado Carmen, quieta como el palo de una escoba. Se atenuó la luz y sonó Así habló Zaratustra. A una señal mía, Pedro comenzó a recitar.  Paulino salió a escena y el primer flash de Vicente iluminó todo. Unos minutos después, cuando sonó una campanilla en el Zaratustra salió Laura, vestida con una falda de papel de seda roja, descalza y el torso desnudo. La pequeña cicatriz de su pómulo derecho brilló por un momento debajo del parche oscuro como si fuese una lágrima.

El taxi me dejó frente a una puerta de una verja de hierro fundido entreabierta. Para llegar al sanatorio había que subir una pequeña cuesta entre una fronda espesa de enormes plátanos, encinas, zarzas, enredaderas y pinos. La enfermera me hizo esperar unos minutos. El edificio parecía tener docientos años, limpio y sin brillo. Paulino salió vestido con una bata verde y una mascarilla que le cubría la boca y la nariz.
-Parece mentira, el único que no fuma y mira ¡tuberculosis! Ya me queda poco. La semana que viene me han dicho que me dan el alta. ¡Mira Carmen quién ha venido a verme! -Al instante apareció la pastelera- ¿Cuánto hace que no nos vemos? ¿Un año? ¿Sabes quién se acaba de ir? Laurita. Está muy mal, muy delgada, sí, muy delgada, cada día habla menos, y ese parche... Anda Carmen, saca esos pastelitos...

La fotografía es una  representación de Au Moulin de la Galette, de Ramón Casas.

1 comentario:

  1. Una excelente evocación del pasado, con personajes conocidos y otros no...

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