viernes, 28 de junio de 2013

Pequineses: Luis Baylón

En la inauguración todo parece tan lleno de gente y ruido que uno no se centra prácticamente en las obras, y lo que es más difícil, casi no puedes hablar tranquilamente sobre ellas. Esta, Pequineses, de Luis Baylón me pareció muy sugerente desde el principio porque muestra los lados de dos formas de vida, dos sistemas económicos o dos formas de entender la vida. Uno anclado en la tradición, lo artesanal, una vida marcada por la pausa, el silencio, que no sé porqué se debe traducir en pobreza, quizá porque no sabemos percibir esa no necesidad de los personajes tan repleta de espiritualidad. La tradición les basta para vivir sin necesitar más de lo que tienen, ni buscan más de lo que necesitan. En el otro plato de la balanza , el mundo moderno, la opulencia, el consumo, la necesidad imperiosa de ostentación, las prisas y la apariencia.

Es la dualidad que está en las gafas de Dior y el coche de marca, un Mercedes, la modernidad que quiere arrinconar a la bicicleta, esa bicicleta que está apoyada en la pared o sobre la que reposa el pájaro desafiante; también está en el plato de pasta consumido sorbo a sorbo sin prisa,  y el gesto de cansancio de los cocineros en la calle iluminada de neones; está incluso en esa llamada innecesaria por teléfono o la pose mediática, frente a la mirada aburrida del gato sobre la esterilla.

"Las bicicletas, me dice Diego, son muy recurridas en la fotografía". Hay dos bicicletas en la la exposición, una es protagonista de la obra, está parada frente a una cortina tendida al sol; la otra, secundaria, soporta a un cuervo que parece querer jugar con el timbre, y entre ambas un niño haciendo pompas de jabón.

Ver las imágenes de China, de estos pequineses, es un contraste de culturas entre la bicicleta y el automóvil, al que le falta el tránsito burgués. Hay una fotografía muy hermosa. Está hecha desde dentro del automóvil, un taxi quizás, y se ve, frente al conductor, la figura de una pagoda en la noche recortada la silueta por bombillas. Al lado de esta fotografía hay otra de una niña tocando el violín, la caja del violín abierta frente a ella esperando una propina; y más allá un niño asomado a la ventanilla de un coche, con el gesto serio de un adulto.

Las fotografías se tomaron antes y después de las Olimpiadas de Pekín me recuerda alguien. El autor, Luis, pasa a mi lado. Le saludo. "Vamos a la calle que aquí no se puede fumar". Charlamos un rato. En la calle hace calor. Una mujer se acerca, se saludan y comienzan a charlar. En el interior una pareja de niños miran atentos las fotografías. Es esperanzador verlos.

Los habitantes de la aldea llevaban una vida sedentaria y cuando debían decidirse a partir, consultaban primero el calendario, a fin de cerciorarse de que el día elegido para el viaje era favorable. Si lo era, partían, pero no antes de haber hecho una visita al Dios de la Fortuna. Aquella tarde, en la casa de té, se reunieron tranquilamente algunos jóvenes que se tenían por liberales y que la gente de ideas conservadoras consideraba extravagantes destinados a hundir en la ruina a sus familias. Es la tradición y sus protagonistas como los narra Lu Hsun en "La lámpara eterna".

Con estos recuerdos recorrí unos días después la sala, recuperando una a una las sensaciones del primer día de inauguración, el barullo de gente entrando y saliendo, saludos, abrazos, sonrisas, miradas perdidas, una copa de vino y ahora, más relajado, viendo las fotografías que hice el primer día, me apetece contarlo sosegadamente.


La exposición Pequineses, de Luis Baylón, podéis verla en la galería Espacio Foto, en la calle Viriato, 53 de Madrid. Hasta el 26 de julio de 2013, en el evento PhotoEspaña 2013.






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