miércoles, 12 de junio de 2013

Feria del Libro, Oh mi general!

-Oh, general, mi general. Otro año aquí.

Este año por Príncipe de Vergara, Alcalá y entro al Retiro por  O'Donnell. Hace una tarde de viento desapacible y amenaza a lo lejos una nube, negra como la boca de un lobo. La Feria del Libro, en el paseo de coches del Retiro, a cierta hora de la tarde y de la mañana, se convierte en una especie de feria de vanidades, un escaparate de ídolos ingeniosos, autores famosos y autores aburridos; unos que esperan y se cansan de firmar libros, y otros que bostezan viendo pasar a cientos de personas ignorantes de lo que han escrito.

Llevo una pequeña lista de 2 libros, son ésos que nunca encuentro, y luego acabo llevándome lo que no había venido a comprar. Es el sino de bibliófilo, decía Baroja, enfermedad incurable. La Feria tiene un diseño que me recuerda a una aguja, una hilera de casetas que al final se abre en forma de ojo y te trae de nuevo al mismo sitio en donde te habías separado.

Bajo hasta el inicio de ese ojo, mirando a derecha e izquierda todos esos personajes que firman hoy. José Ribagorda, Ildefonso Falcones, muy amable, Juan Cruz, más abajo el protagonista de este año y de casi todos, Antonio Muñoz Molina. Fotografío a Falcones, a su lado Reverte, pero no es Javier, así que continúo hacia abajo. Paro en una caseta y ojeo un libro: "La última película" en el que se basa la película de Bogdanovich. Demasiado caro, aunque está muy bien editado, además no tengo tanto dinero en ese momento. Me detengo más adelante en Hiperión. "¿Cómo van las cosas?" "¡Cómo van a ir, mal!. Muchas visitas, mucho curioseo, pero poca venta" "¡Dame uno ligero para leer en el metro en el viaje de vuelta!". Ligero ligero, me acerca uno de Benjamín Prado. "Parecen epigramas"; "No, son aforismos". "No me gusta. Después de Pascal no sé si podré". Me decido por un librito de Stevenson: "Éste es el tipo de literatura que me gusta cuando tengo dolor de muelas." le escribe en una carta a Conan Doyle allá por 1893.

Camino del final del ojo de aguja, me cruzo con Albert Espinosa en medio del paseo. Lo saludo. Es un chico encantador. Le recuerdo lo emotivo de la serie "Pulseras Rojas". Me despido de él junto a una carpa blanca.

Miro a mi izquierda y veo a un hombre que camina solo, ensimismado y mirando hacia atrás como inquieto. Me parece Jaime Urrutia. Preparo la cámara. Al otro lado de la carpa veo a un equipo de TVE y su comentarista Carlos del Amor. Dudo un instante y guardo la cámara. Los reporteros de TVE desaparecen detrás de la lona blanca. Vuelvo sobre mis pasos y saludo. "¿Jaime Urrutia?" No quiere fotos, me dice mientras enciende un cigarrillo. Los años no pasan en vano para las estrellas. No soy de la prensa ni voy a publicarlas, las quiero sólo para mí. "Me caes simpático" me dice. Hablamos un rato. Es del 58. Yo también. Quizá eso lo anima . "Venga, puedes hacerme las fotos". "Lo que realmente me gusta son las letras de tus temas". Canturreamos "La culpa fue del Cha-cha-cha". Da una profunda calada al cigarrillo y posa junto a la carpa de lona blanca. "Tengo 55 años" me dice. Aparece una chica rubia, lo coge del brazo, me mira y le dice algo al oído. "Vamos" dice empujándolo. "Voy a los libros. La música se olvida, pero lo que se escribe siempre queda" comenta mientras se aleja arrastrado por la rubia. Aún no lo sabía, pero en el librito de Stevenson leí ya de vuelta: "El tiempo no nos da a conocer sus pasos a través de signos perceptibles y explícitos; nos despertamos para encontrarnos que se ha ido; algo sacude a un hombre por el codo y aquél se ve envejecido en una semana o en un año."

Seguí mi camino y volví a encontrarme con el equipo de TVE. Les hice un gesto; no había ningún problema en fotografiarlos. Me acerqué a una caseta. "¡Qué maravilla, Alfonso Reyes!" La dependienta sonrió. Ella no sabía muy bien qué se había publicado de Reyes. "Canela pura" le dije. Me quedé el librito: américa en el pensamiento de alfonso reyes. Más arriba estaba José Luis Alvite. Le pedí que me firmara un ejemplar. Stevenson y Reyes no me habían firmado, además ya es un problema después de tantos años muertos los dos. Hablamos de Tía Pepita, "sí que existe, es un personaje real" y de las angustias y las fobias de la infancia. "El lunes volveré a leer tu columna". Me estrecha la mano y nos despedimos.

Se levanta una brisa con olor a humedad. Comienza a lloviznar. Esquivo a un grupo de chicos que toca la gaita y acabo de nuevo frente a la estatua del general envuelto su la capa; de gesto satisfecho, el caballo cabecea.

-Oh general, mi general, casi parafraseando a Whitman. Hasta el año que viene.





1 comentario:

  1. Creo que voy a dejar de leerte por hoy. Menguo con cada una de tus entradas. De aquí a nada se me presentará el espíritu de Matheson para pedirme que protagonice la segunda parte de su novela: "The Shrinking Woman". Un abrazo.

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