viernes, 26 de abril de 2013

Hal Stone: Novela ilustrada


Estaba leyendo El ladrón que citaba a Kipling, de Lawrence Block. Me gustó tanto la cubierta, una fotografía en blanco y negro del anochecer desde un puente de Nueva York, con las Torres Gemelas al fondo, que le hice una copia y la imprimí para ponerla en una estantería de mi librería. Es muy atractiva, una fotografía de esas que recuerdan las primeras fotografías urbanas de Alvin Langdon Coburn, las luces reflejándose sobre el asfalto húmedo, los faros de los coches, las nubes del fondo...  me gustaba todo, me hacía volar. Todo tenía su explicación, cuando me hice lector compulsivo y desordenado una de las cosas que más me llamaba la atención era la cubierta de los libros.

Esta mañana parecía que estaba siguiendo una trama del personaje de Block, el astuto ladrón y librero Berni Rhodenbarr, pero la verdad es que estaba perdido por las calles del centro de Madrid, estaba totalmente desorientado, hasta que llegué a la calle Pelayo, donde a pesar de todo seguía perdido. La acera estaba húmeda, como si la acabasen de baldear, y el asfalto limpio. Es lo que tiene pasear por Chueca, la limpieza. Me entretuve mirando el escaparate de una tienda, no sé si de un anticuario o de una galería, donde había un enorme sillón de orejas de cuero marrón desgastado. Distraído seguí sin saber hacia dónde iba. Cambié de acera un par de veces. Llegué a la altura del número 47. Desde la acera de enfrente distinguí una galería de arte: Pelayo47. La galería tiene una especie de expositor en la entrada, donde dejan los tarjetones de la exposición: Novela ilustrada. Cogí uno y tras dudar un instante toqué el timbre. Casi de inmediato se abrió el resorte eléctrico del resbalón. Es un local pequeño. Frente a la puerta, sentada mirando la pantalla de un ordenador portátil, una mujer de mediana edad, atractiva.

- Buenos días - dije al entrar.
- Buenos días.
- ¿Puedo echar un vistazo?
- Si claro, tome -me dijo alargándome un tarjetón como el que había cogido en la entrada. Le dije que ya tenía uno y me puse a mirar los cuadros.

Las obras eran dibujos que ilustraban novelas en tinta negra y gouache amarillo. ¡Amarillo! Se podían ver las anotaciones, las marcas de lápiz, la firma, huellas de dedos... no cabía duda de que eran originales. Eran dibujos originales de Hal Stone que sirvieron para ilustrar novelas de escritores como Peter B. Kyne, Baynard Kendrich Elizabeth Cadell, Allan V. Elston o Agatha Christie, según pude leer en el tarjetón. A excepción a la última no conocía a ninguno. Los trabajos, que comprendían desde 1958 a 1972, me recordaban escenas de anuncios de los primeros televisores, personajes con sombrero, mujeres posando con aspiradoras o lavadoras, las películas de Bonanza, un vaquero sostiene un revolver en primer plano, a Eliot Ness y sus Intocables... Intenté recordar el nombre del policía corrupto amigo de Rhodenbarr pero me fue imposible. Al volver la vista hacia atrás comprobé que había dejado mis huellas sobre el suelo resplandeciente de tarima flotante. Estuve a punto de disculparme pero no lo hice.

- ¿Son todos originales?
- Por supuesto! -me dijo desde su mesa la señorita- Son todo originales. Sólo trabajamos con originales.

Lo pregunté para asegurarme y porque junto a la puerta de entrada estaban los precios, tres cifras bajas. Estuvimos charlando un rato aún, sobre las ediciones, la edad del autor que murió a los 92 años, lo difícil que está la vida y esas cosas sin importancia. Al salir me propuse averiguar la identidad de aquellos escritores, los sus personajes de sus historias y sobre todo saber algo más de Hal Stone. Esto último no lo conseguí.


Novela Ilustrada, de Hal Stone, en Galería Pelayo47, en la calle Pelayo, 47 de Madrid,

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